Hace unas semanas terminé de leer “La historia fue otra”, de Carmen Hertz. Me gustó mucho como ejercicio de memoria, como compilación de los últimos cincuenta años de la historia de Chile. Últimamente me interesa mucho la literatura íntima, muy de la vida privada, a través de la que se puede recorrer la historia colectiva e incluso universal. Eso de “habla de ti y hablarás del mundo”. Tal cual lo que pasa al recorrer la vida de Hertz, una mujer que no sé de dónde saca garra para ser tan incansable.

Un gran aporte del libro es que es un gesto político. Al fin alguien aprovecha su tribuna y saca la voz y reconoce a los fusileros como héroes que lucharon por liberar al país del dictador. “Sólo aquí en Chile los que combatieron por la libertad son tildados de terroristas”, dice Hertz. O el rol del MIR, del PC y de la gente de las poblaciones resistiendo contra el régimen. También la pega que hicieron los abogados y los periodistas para documentar todo, jugándose el pellejo, con la esperanza de tener justicia algún día. Y además, Hertz le pega palos duros y necesarios a la Concertación, por cómplice y ratona. Por traicionar a quienes lucharon en dictadura y por financiar con plata pública los abogados que intentaban liberar a Pinochet en Londres. Una vergüenza moral la Concerta.

Aunque la voz narrativa es dura y algo técnica y a veces los cierres de capítulos se sienten como olas que no revientan, igual hay recuerdos y escenas poderosísimas, como el momento en que detienen a Carlos Berger y ella dice que lo mira y que él le habla con los ojos y ella lo único que puede hacer es chillar parada en medio de la calle. O estas frases, tan limpias y duras: “Mi hijo me preguntó por primera vez por qué había muerto su papá cuando tenía cuatro años”. “Teníamos conciencia de que aunque nos fuera mal en los tribunales había que recoger hasta el último detalle, porque alguna vez volvería a haber justicia”. “Hay temas en la vida que permanecen en silencio, porque el silencio actúa como una capa de protección”.

Se me apretó todo con pasajes como cuando recuerda que los milicos sacaban de las poblaciones para detener a “hombres mayores de 14 años”. ¿Qué hombres? A los 14 años son niños, por la chucha, NIÑOS. O cuando Hertz habla de cuánto creía en el cambio social a través de la participación política. “Yo estaba convencida de que íbamos a cambiar el mundo”, “La política lo marcaba todo en la vida”. Así me siento hoy, con el corazón tan puesto en el feminismo. Me da susto y pena. Espero que el futuro no sea más machista, como sí siento que la vida en Chile es más individualista hoy, después de la dictadura.

Sobre la perspectiva de género, hay dos partes del libro que destaqué con lápiz mina. Cuando Hertz reconoce que “era medio machista el MIR. En la comisión política, de partida, en ese momento, no había una sola mujer” y cuando enumera las marchas y las agrupaciones de resistencia y muchas de ellas estaban lideradas por mujeres. Hubo marchas de mujeres cada 8 de marzo en los 80. Fueron mujeres las que fundaron las agrupaciones de familiares de detenidos desaparecidos y de ejecutados. Las viudas de los degollados se paraban en la Alameda una vez a la semana a recordar a sus muertos. Hubo movimientos políticos de mujeres en dictadura. Amo esa visibilización, tan justa: que se sepa que ellas también lucharon.

Me encantó el libro porque me encanta aprender y leyendo descubrí cosas que no sabía, como que Hertz fue abogada de los fusileros y que Carlos Berger fundó la revista Ramona. También disfruté muchísimo anécdotas que dan ganas de reportear para crónicas, como que la Valentina Tereshkova estuvo en Chile y piloteó un avión de LAN o que cuando Guillermo Calderón estudiaba en el liceo le gritó vieja conchatumadre a Lucía Hiriart.

Lo único que me incomodó leyendo fue lo cuico que es el mundo al que pertenece Hertz. Que su familia le haya regalado un terreno en Los Domínicos siendo muy joven o que haya vivido muchas veces en departamentos en barrios pitucos porque sus parientes se los cedían. Eso antes de la dictadura. También me chocó que a veces Hertz se quejara de andar en autos feos o haya destacado mucho cuando trabajó en una oficina “estupenda” y elegante, nada que ver con los “cuchitriles” de la Vicaría. Los viajes y la vida de embajadora me dieron cosa, porque nunca deja de impresionarme cómo vive la gente con plata.

Lo reconfortante es que Hertz se hace cargo de su privilegio de clase y lo transparenta. Su historia es la muestra de esa frase cliché que me encanta: no importa de dónde vienes, sino por la causa que luchas.

Al terminar el libro sólo se reafirma la admiración por esta mujer poderosa. Lo valiente que fue siempre, lo hábil e inteligente, moviéndose con una voluntad tremenda, en un mundo tan facho y tan de hombres. Y además, recordando todo con tanto humor. El último párrafo es máximo, siempre riéndose de ella, de que se pasó la vida peleando en los tribunales y que es allí donde ella intuye que va a terminar. Una bacán.

Author

Periodista y autora de Quiltras