Viví hasta que tuve un año en un país pequeño y desconocido donde las familias podían tener solo un hijo a causa de la sobrepoblación. Cuando nacían gemelos o mellizos, la familia optaba por uno, casi siempre el primero, porque se sabía que iba a ser más fuerte. Creo que en China pasaba lo mismo. A los mellizos no elegidos nos cuidaban en hogares del estado hasta que cumplíamos el año de edad y después nos colgaban en un paquete amarrado a un globo de papel que se elevaba con la llama de una vela. Dependía del azar donde caía luego el bebé. Algunos desaparecían, otros aterrizaban en el agua y otros descendían lentamente en algún pueblo a las afueras de la ciudad. Yo llegué al hogar de dos coleccionistas de arte lesbianas que huían de la maternidad como si fuera la peste negra. Aún así, me quisieron de un modo especial y me criaron hasta que cumplí los 7 años y me vine a vivir a Chile con una familia de apellido González.

Ser persona es una pelea eterna con la gravedad y ser niña en Temuco es vivir con una muralla rosada infinita que nos separa de los demás. Siempre me acuerdo del Juan Carlos Paiva, un compañero que sufría de ataques de asma durante las clases y tenían que sacarlo los profesores en brazos a la calle mientras llegaba el médico. Juan Carlos siempre andaba con un inhalador y una vez cazó un murciélago en el colegio y lo guardó en una bolsa de Kapo de mora. Siempre pensé que ese niño iba a morir joven pero resultó que ahora es jefe de una prima mía González y vive en Santiago.

Juan Carlos siempre se enamoraba de niñas que no le hacían caso y dejaban sus regalos abandonados en los furgones escolares. Cabezas de aserrín de niños a los que le crecía pasto en vez de pelo, chocolates amargos, brújulas y cartas. Los tomates también eran regalos que se perdían en buses rurales. A veces me acuerdo de lo mentiroso que era Juan Carlos y me arrepiento de haberle mentido tantas veces a mis padres chilenos porque ahora que soy adulta y puedo tener mis hijos propios, no quiero tenerlos para que no me mientan.

El suelo en la Araucanía es verde y el tiempo disponible para pasar la etapa, como en los videojuegos, siempre es el mismo. Juan Carlos juega Mario Bros en inspectoría mientras espera a su mamá y yo me aburro en clase de religión porque hablan de la vida eterna y cosas que no me interesan. El colegio se llena de bichos voladores y me divierto poniéndoles nombre. Chitara, Tuxedo Mask, Buffy o Candy porque no soy muy original con lo de los nombres. Pienso que si pudiera elegir quisiera ser una mosca para poder entrar a las casas a escuchar conversaciones. Morir sería un gran panorama si uno supiera que se va a reencarnar inmediatamente en una mosca para poder ir a lugares y saber qué dice la gente cuando uno ya no está.

Juan Carlos se enamora de Melody Troncoso y sufre en silencio. Las niñas lloran de risa cuando lo ven triste. El colegio se llena de gatos, vacas y ejercicios para la memoria. La infancia decanta lentamente, siempre sobreexponiéndonos. Juan Carlos endiosa a las mujeres y sueña con ir a los cumpleaños. Su madre tiene un local de papas fritas y depilación. Yo sueño que me tengo que hacer un trasplante de corazón y mi mamá biológica busca uno en una fosa común refrigerada. Las monjas nos enseñan que la felicidad está sobrevalorada y que el sacrificio espiritual es el único camino.

Gracias por lo malo, gracias por lo horrible. Yo llevo la rueda, tú llevas los relojes, pero no podemos dormir. Antes el sur estaba lleno de trenes que ahora ya no existen. Juan Carlos crece y se enamora de una mujer parecida a Melody Troncoso que se llama Fabiola Moreno y que al igual que él, fue bautizada por los evangélicos en el lago Calafquén. Hablan del sexo con palabras que escuchamos en el colegio como Acostarse o Tener Relaciones. El asma es una enfermedad de los pulmones que inflama las vías respiratorias y las vuelve más angostas, lo que provoca silbidos al respirar y González es el apellido más común en Chile. Juan Carlos y Fabiola se compran un perro y lo nombran Speedy pero no en honor a mí. Cuando se separan ella se queda con el animal y él la demanda legalmente.

Viví hasta que tuve un año en un país pequeño y desconocido donde las vacas y los perros eran respetados por igual. Viví después muchos años en la novena región y cuando recién llegué a Santiago sentía nostalgia de Londres, aunque nunca he estado en Londres. Siempre echo de menos cosas que nunca he presenciado; el papel higiénico en los árboles después de la fiesta, las ceremonias del té, la incineración de los abuelos y el momento del rescate después de la balacera. Aún así, sé que hay pocas cosas tan importantes como vivir la noche larga despierta y ver el amanecer entero antes de dormir. Son muchas las cosas que he aprendido en treinta y cuatro años de vida. Quiero dedicarle ahora estos recuerdos que he escrito a todas las enfermeras que me cuidaron y a todos los profesores que me hicieron bullying por ser inteligente. Gracias por lo malo, gracias por lo horrible. Los hombres lloran por sus madres y las raíces se consumen por completo.

*Portada: Cristina Daura

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Es escritora y música. Puedes leerla y reír mucho en Cómo cuidar un pato, esa maravilla publicada por Overol y también escuchar sus canciones en todos los rincones del internet. Léela todos los martes acá, en su columna semanal.