Desde que aparecieron las primeras acusaciones hacia Harvey Weinstein y luego la campaña #MeToo me he llenado de sentimientos encontrados. Y cada vez que me sentaba a escribir acababa borrando lo que tenía, porque no terminaba por explicar realmente lo que quería decir.

Un día desperté y vi que una actriz famosa había hecho un llamado a compartir experiencias de acoso y abuso sexual con el hashtag #MeToo. Esta campaña viral, que se expandió por todo el mundo y llenó durante varias jornadas todos nuestros feeds de redes sociales, es algo que había visto antes, pero nunca con tal magnitud. Recuerdo hace años, una activista en México hizo algo similar por Twitter y luego, otra desde Argentina. Ninguna, por supuesto, tuvo la repercusión de esta última.

¿Por qué? Eso es fácil. Se trataba de mujeres “anónimas”, latinas y que, además, lo hacían desde contextos locales y no desde el destape de los abusos de uno de los hombres más poderosos de la industria del cine. La clase y el origen siempre importan, no olvidar.

Comencé a ver cómo mujeres de diferentes países compartían solo el mensaje del hashtag. Otras, por otro lado, compartían con detalles sus experiencias de abuso sexual, mientras otras, sin dar nombres y siendo crípticas, contaban que productores habían hecho esto o aquello, sin nombres. Cada una con su forma, cada una de la forma que podía.

Este tipo de virales creo que ayudan en un solo nivel. Ayudan a las víctimas a sentir un colchón -aunque sea virtual- para poder hablar. El abuso sexual y la violación siguen existiendo por muchos motivos, pero uno de los principales es por el silencio, debido al descrédito y a las pocas ayudas que se pueden recibir de vuelta a la hora de hablar. Por ejemplo, sabemos que en Chile poco y nada se puede hacer si eres abusada, que los tribunales te revictimizan una y otra vez, que tu entorno incluso más próximo te cuestiona.

Es por eso que internet, aunque muchas veces es un peligro para las mujeres, también resulta una herramienta de reunión, de conversación y un espacio para levantar plataformas que el mundo real constantemente te niega.

Pero también detesto el #MeToo. Lo odio, en primer lugar, porque significa una vez más que las mujeres abusadas terminamos haciendo una performance del dolor que sentimos. Una vez más el relato nos pone a nosotras como personajes activos y a los abusadores y violadores como entes y fuerzas que muy pocas veces tienen nombres. Esas nebulosas negras pocas veces tienen rostro y ocupación, porque representan un poder en nuestra industria, porque tu entorno te criticará por darlo a conocer, te dirán irresponsable, te dirán que es falso.

Porque a la gente, en general, en el 2017 aún le cuesta entender que los violadores pueden ser sus amigos, sus padres, sus tíos o sus hermanos. Entonces, frente a ese miedo, se ataca a quien tiene el papel protagónico en el relato: la abusada.

Así, algo que puede resultar liberador para una mujer que fue violentada, pasa a ser una nueva forma de ataque. O ¿acaso no han visto las respuestas que muchas reciben cuando hacen una denuncia en internet? ¿Han leído alguna vez a esas lumbreras que nos hacen clases en las universidades o que escriben columnas? “Ya no se puede hacer ni decir nada”. Uy, ya, si ahora somos todos violadores y abusadores”. Amigo, probablemente sí. Así de terrible es el sistema que tus antepasados han construido.

Estoy a favor de que las mujeres hablen. Ojalá todas las paredes, de todas las ciudades se empapelen no solo con sus palabras y las descripciones de sus abusos. Quiero ver las caras y nombres de los abusadores, antes que los detalles escabrosos. O si no, este tipo de iniciativas solo se transforman en lo mismo que significan para la sociedad, actualmente, las imágenes de bombardeos en Siria: un telón de fondo.

La única forma de que estas campañas virales den algún tipo de resultado y no se vuelquen en contra de las víctimas es desmantelar los sistemas de poder. Y con eso, tomo un avioncito y me traslado a Hollywood.

¿Quiénes tienen el poder en la industria del cine? (Y cualquiera de las otras, pero centrémonos en el cine). Los hombres blancos.

Los hombres como Harvey Weinstein son los que escriben las historias, es decir, son sus imaginarios, sus perspectivas, que después un selecto grupo de mujeres representa. ¿Cómo llegan a representarlas? A través de las audiciones. Audicionar para una película de Hollywood significa buscar la aprobación de estos hombres. Tienes que ser deseada, tienes que ser lo que ellos tienen en su mente.

Esos hombres que les dicen que deben bajar de peso para representar un papel, cambiarse el color del pelo o sonreír más para ser llamada para otras audiciones, son los que luego también moldean el deber ser de las mujeres. Ellos inventan cada uno de los pedacitos que forman el puzzle de la cultura pop y nosotras los consumimos.

Esos hombres como Harvey Weinstein —porque está lejos de ser el único— deshumanizan mujeres, las transforman en cuerpos que ellos moldean de acuerdos a sus fantasías que se transforman más tarde en películas que cuestan millones de dólares. Y que también los retornan. Porque nosotras las consumimos. Y también terminan por deshumanizarnos, porque conscientemente o no, esos son los tipos de mujeres con los que crecemos, los que vemos en la tele, en el cine y en la publicidad. Y son mujeres que están dispuestas a jugar bajo esas reglas.

¿Por qué?

Porque la fama entrega algo que las mujeres conocen muy poco. La fama te valida y entrega cierto poder. En primer lugar, un poder económico con el que puedes vivir con mucha tranquilidad y mantener a tu familia. Esa tranquilidad, supondría una libertad mayor para tomar decisiones. Pero todo es falso, porque esa fama, ese poder y esa libertad solo se mueve en el tablero que ellos han construido. “Puedes sentirte poderosa, pero bajo mis reglas. Cuando te encierro en mi habitación del hotel, tu poder se acaba”.

La única manera de realmente conseguir poder es arrasar con todas las estructuras que ellos han creado. Hacen las películas que vemos, escriben los libros que leemos, nos enseñan que debemos ser de cierta forma y terminamos pensando que si jugamos bajo sus reglas —y nos sentimos feministas— podemos cambiarlo todo desde adentro. Esta es una gran mentira.

¿Quieres actuar en películas? Júntate con tus amigas que escriben y haz una película. ¿Quieres escribir un libro? Escríbelo. Deja de trabajar con ese director que una vez, una amiga actriz te dijo que “la incomodó”. Deja de trabajar con ese productor que te hizo ganar harta plata con el single que sacaste el año pasado, pero que abusó de otra cantante diez años atrás. Dejemos de darles todos en bandeja.

Probablemente, no todas las que tomen este camino serán tan famosa como las actrices que ves recibiendo un Oscar, ni haciendo giras por todo el mundo, pero para ganar a veces también hay que perder. Y el feminismo neoliberal se ha encargado de decirnos que podemos tenerlo todo. Esa es una gran mentira, pero a medias: solo podremos tenerlo todo, cuando acabemos con todo lo que existe, tal y como existe.

*Foto: Emma Watson y Harvey Weinstein

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Discos por sobre ahorros en el banco. En Twitter: @javieratapiaf