Por Matilde Jael

Es difícil describir cómo es que empieza una pasión tan grande como la siento por el fútbol. Recuerdo que en vez de ver cualquier película, yo prefería jugar a la pelota. Y ver horas y horas de fútbol, veía todas las repeticiones de los partidos, no importando el equipo, ni la liga. Incluso antes de aprenderme el nombre completo de mi papá, ya sabía que el segundo apellido de Marcelo Salas era Melinao.

Me encantaría decir que mi papá fue de esos que me llevaba seguido al estadio o al Caracol Azul a conocer algún jugador de la U. Equipo que él mismo nos inculcó a mis hermanos y a mí desde el nacimiento. Pero el bolsillo no daba para tanto.

Cada navidad le regalaban la indumentaria completa de la U a mis hermanos, aunque fuese “pirata”. Pero para mi hermana y yo no había porque “eso no era para las niñitas”. Nunca olvidaré que un día mientras veía un partido de Liverpool, una tía me cambió el canal porque eso no era para las señoritas. Muchas veces se rieron de mí por tener libros de fútbol, diciendo que para conocer el tema “se nace, no se hace y se nace hombre”. O cuando antes de decir cualquier cosa me hacían callar porque “las mujeres no saben de fútbol”.

En ese afán por buscar un lugar donde no sentirme excluida, llegué al estadio.  Pero no tardé en darme cuenta de la gran segregación que existía.  “Madres”, “Monjas”, “Zorras” eran y son algunos de los apodos de una barra hacia la otra, que son sinónimo de ofensa, de burla y de humillación hacia el rival.

Pasó el tiempo y pensé que en internet por fin podría dar mi opinión sin que terminaran ofendiéndome o mandándome a la cocina. Pero como respuesta sólo tuve comentarios como “Este perfil es súper falso. Las minas no cachan de fútbol”, “Es súper fake las mujeres no saben ni quién es el árbitro”, “No lo sé Rick, parece falso”, entre otras frases.

Muchas veces me dijeron que era un hombre escondido “en un perfil de mina”. Porque según sus propias palabras una mujer no puede saber lo que es un volante de contención, un libero o un defensa central. Una mujer no puede saber que el Real Madrid tiene once títulos de la Champions y es el único equipo que ha logrado ganar la “orejona” dos veces consecutivas. Una mujer no puede saber nada de eso, “porque nació mujer”.

Si bien existen canales que han intentado incluir a las mujeres en sus espacios, por ejemplo, el programa televisivo “En el nombre del fútbol”, al incorporar a la periodista Grace Lazcano como panelista, tuvieron que pasar once años desde su primera emisión de para lograrlo. En muchos espacios de televisión, radio y medios escritos, aún se conforman con poner un cuerpo bonito a leer las noticias o mostrar los “chascarros” de las ligas del mundo.

Basta con mirar Fox Sports Radio, en donde Gisella Bargar es la única mujer comentarista. Y su función es leer los tweets de los usuarios. Así también, en muchos otros programas. Incluso en televisión abierta son muy pocas las mujeres y las que llegan a tener esa oportunidad, su única función es leer, ya sea noticias o tweets. No opinar, no comentar, simplemente leer, porque al parecer no importa si sabes mucho o poco de fútbol, porque de todas formas las personas seguirán creyendo que llegaste allí por encamarte con alguien, no por tus conocimientos, ni por tu dominio en el área.

Me da rabia y me decepciona que esta segregación siga ocurriendo. Me impresiona la pasividad imperante de la sociedad chilena como si fuera súper normal. Como si fuese algo que ni siquiera es digno de ser denunciado. Pero en este mundo mal llamado “de hombres”, nosotras también tenemos mucho que decir.

Tengo ganas de gritar que el fútbol es maravilloso, que te hace soñar, vibrar, reír, llorar. No cambiaría por nada la emoción de los mundiales, la verticalidad e intensidad de la Premier League, la excelencia y la calidad de Liga de Campeones. El fútbol clásico y táctico de la liga española. Los días gloriosos de antaño de la Serie A y la disciplina de la Bundesliga.

Al final, ni la gente, ni el programa, ni los grandes ejecutivos, comprenderán que podemos hacer mucho más que leer 140 caracteres.

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Y lloramos si queremos.