Los sábados son los días que espero con ansias. No porque durante la semana no sea feliz, sino porque es un día sinónimo de oportunidad. De oportunidad con el resto de las personas para que podamos ser lo que queramos. Podemos ser diurnos, nocturnos, glotones o borrachos y, a nadie le importa, el mundo sigue girando igual.

Este sábado –como casi todos los sábados hace siete meses- la Tierra giraba a mi favor. Almuerzo familiar con personas que no son mi familia pero se siente como tal; con niñas jugando, que dicen que mi nivel de enternecimiento es proporcional a los años que voy cumpliendo o –también- a la falta de generaciones nuevas en mi familia biológica. Llamadas por Skype a personas que no son mi familia pero que se siente como tal, fotos de niños felices de vacaciones en Bélgica, anuncios de matrimonio de gente linda que conocí en verano mientras acá era invierno. Tal vez vayamos a la ópera esta semana, me avisan.

Bajar por las escaleras del edificio antiguo después de comer, augura una tarde que sólo puede mejorar, con las niñas y los hermanos. Hermanos que son iguales. Talentosos y brillantes, cada uno en lo suyo. Las niñas quieren ir al parque y yo quiero seguir comiendo y paseando porque estoy contenta, así que nos despedimos.

La terraza del café del Biógrafo es un lugar perfecto para continuar con el día en que podemos ser lo que queremos ser. Hay sol –se está escondiendo- pero está. Existe. Y eso es lo importante, que el sol existe, que tú existes, que yo existo. Que estás conmigo y que en nuestra mesa hay un cheesecake de chocolate que vamos a compartir.

Mientras me devoro el pastel con la alegría que me caracteriza cuando veo chocolate, conversamos sobre los políticos, sobre la percepción que tienen las personas acá en Chile sobre lo público y sobre todo lo que me deprime cuando vemos las noticias. Y sé que estoy enamorada porque cuando lo hablamos, tengo la esperanza de que existe una solución.

Te pido que caminemos, porque caminar contigo siempre es una alegría y llegamos a una feria de discos. Entramos al ataque, pero la velocidad y las ganas van desvaneciéndose, porque esos vinilos los vimos a la cuarta parte del precio hace un par de meses ¿Por qué me quieren robar con las cosas que me hacen feliz? Me odio aceptando cabizbaja que me paguen poco, que mi plata se vaya a un sistema de previsión que previene a viejos asquerosos y no a mí. Pero los discos me hacen feliz ¿por qué me hacen esto?

Mejor nos vamos. Aunque me duele el estómago esta noche quiero ser joven y bailar mucho. Mis amigas van a ir a la Blondie a una fiesta de los noventa, donde van a presentarse los dobles de los Backstreet Boys y eso me parece un momento perfecto, mientras bailo tomando pisquito. Me gusta el pisquito. Y me da pena la gente que dice que el noventa es una década de mierda, porque tienen razón. Es una década de zombies que comienzan a comprar todo el discurso del liberalismo borrego. Es el momento en que comienzan a creer que está bien pagar la canasta básica del supermercado con tarjetas de crédito. Pero yo en los noventa tenía menos de diez años y mi trabajo era jugar, ir al colegio y tomar once con pan con palta y mi abuelita, viendo los Power Rangers. Era correr los muebles de su sala de estar para ensayar la transformación de Sailor Júpiter (me encantaba que la envolviera un átomo) y después invitar a mis amigas a bailar Wannabe. No pueden quitarme eso.

En el taxi rumbo a la casa siento que me dan escalofríos y mi estómago está reclamando por algo. Por supuesto, ya sé lo que pasa. Llevo cuatro semanas enfermándome por lo que hago bien y lo que hago mal. Ya no sabemos qué está pasando. Llego, me tiro en la cama y veo que la bola de espejos que me iba a iluminar hoy, se siente cada vez más lejana. Yo quería ser reina de la noche.

En posición fetal me arrepiento de haber engullido ese pastel y me voy adormilando mientras tú me abrazas y me hablas de cosas que vas leyendo. Duermo un rato y me doy cuenta que el dolor se fue. Quiero celebrar, pero ya es de madrugada y no alcanzamos a llegar a bailar. Igual, tenemos hambre.

Te pones mis pantuflas para ir a buscar todos los afiches de comida a domicilio que subimos desde la entrada del edificio, cada vez que podemos. “Quiero arroz”, te digo. Pienso en cocinarlo yo, pero ya se nos acabó. Hecatombe. Esperamos que los amigos chinos no hayan cerrado. Llamamos y los teléfonos nos hacen la guerra. O los mismos amigos chinos. No nos quieren contestar. Es tarde, el reloj avanza y no nos quieren dar amor. Amor con sabor a mongoliana con ají escabechado.

Una cosa es sentir que la vida se te va en contra día a día, desde que quieres subir al Metro y no puedes, hasta cuando ves que tus amigos ya no existen. Otra muy diferente, es cuando quieres comer y te lo niegan. “Vístete, vamos a comprar allá”, te digo. Algo que aún no entiendo es que ese acto te enternece y salimos.

Salimos a Irarrázaval y bajamos por Seminario. Odio que sea tan oscuro, porque me da miedo que nos pase algo y ya no pueda salir a buscar comida contigo. Soy cazadora recolectora, te digo cuando vamos a la feria.

Llegamos a Santa Isabel y el chino amigo está cerrado. Esto se transformó en un desafío más grande que entablar una conversación dentro del bullicio del Bar de René, así que te pido que caminemos hacia arriba. En Infante hay otro restorán de comida china. No nos resulta, así que vamos por ahí hasta llegar a Bilbao y todo está muerto. No hay nada. Se me ocurre que si caminamos hacia La Terraza, en Plaza Italia, podemos conseguir platos con arroz. Siempre que iba tarde a comer completos ahí, habían señores que pedían platos majestuosos de sensual carne al jugo, con arroz y papas fritas. Me brillan los ojos y me dices que mi empresa de conquista te enternece, de nuevo. Te haría un mixtape dedicado sólo para ti en esta noche.

Nos sentamos en la barra de La Terraza. Pedimos para llevar porque nos encanta comer sentados en la cama viendo la tele. Pienso que lo logramos, cuando uno de los tíos meseros nos dice que ya no queda arroz. Me viene la desilusión, pero como es sábado, también el sentimiento de oportunidad.

Te arrastro a Casa de Cena.

Me encanta saber que ese edificio con entrada de motel me ofrece platos de verdad hasta las cinco de la mañana, cuando yo quiera. Todo es tan motel, que cuando abro la puerta, hay un señor besuqueándose con una colombiana celestial. Quizás van de salida a un motel de verdad.

Nos sentamos y nos retiran las copas, porque tú tomas Coca Cola y yo cerveza con limón. Acá ningún plato es una broma y eso me gusta, porque no estamos para eso. Mientras espero mi plateada con arroz y tú –vegetariano amable- tu ración de puré de papas con champiñones salteados, el señor canoso quizás detectó mi cara de hambre, porque llega con sopaipillas, empanadas, pan caliente, pebre y mantequilla. “Tome, mi reina”. «Dijo reina», pienso. Lo logré.

Alrededor está vacío, pero poco a poco comienza a entrar gente. Primero una pareja joven. Él me mira, porque yo me quedo estática admirando su pelo largo y brillante, como lo tuve hace años. Después, entran dos hombres de treinta y algo. No quiero escuchar su conversación, pero están gritando. Piden cervezas y hablan sobre Walker Martínez. Uno de ellos se me hace cara conocida. Creo que era parte del comando de Michelle Bachelet. De esos cabros que trabajaban en los galpones de Barrio Italia. Luego, mi sospecha se confirma cuando llega una mujer, amiga de amigos míos, que también trabajaba ahí. Eso sí, no nos saludamos.

Lo importante es que llega nuestra comida y un señor comienza a cantar boleros con una guitarra viejita pero efectiva. Toca uno que siempre quise aprender pero no me daban los dedos por ser cortos y duros. Lo miro fijo, te cuento que nunca lo pude tocar y tú me agarras la mano y me das un beso. Me gusta que te guste todo de mí. Hasta lo que no puedo hacer.

Como soy la reina de la noche, el tío canoso vuelve y me dice “¿quiere que le traiga más jugo de plateada?”. Yo estoy celebrando. Se acabó el arroz, pero no hay nada más majestuoso –además de estar contigo- que untar la carne deshilachada en su jugo.

Después de terminar la segunda canción lo aplaudo, porque nadie lo hizo en la primera, pero también estoy aplaudiendo por otras cosas. Aplaudo porque estamos comiendo, porque estás, porque existes, porque yo existo, porque el mundo sigue girando y nosotros tenemos la oportunidad de ser lo que queremos ser. Porque es sábado. Porque soy la reina de la noche.

Y te hice una lista.

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Discos por sobre ahorros en el banco. En Twitter: @javieratapiaf