Yo no soy seca en nada. Antes era seca para los dulces, pero desde que me corchetié la guata siento que me quitaron la alegría de comer. Lo que no se me quitó fue la alegría de tomar, pero tampoco soy seca en eso.

Cuando llegué y David (otro corcheteado) me vio, le planté un beso. Supongo que eso se hace cuando estai coqueteando y es la séptima cita después de muchas que van a venir. Él me miró y como que sonrió. No caché bien así que me puse nerviosa y hablé todo el camino hasta el bar. En el bar seguí hablando, hiper ventilando, siendo muy graciosa y “espontánea”, con ganas de matarlo si no me daba alguna señal.

 La incertidumbre es el peor de los caos cotidianos porque una nunca sabe qué terreno está pisando. David es un bacán, un rudo, un resiliente y me dijo que le gusto, que le encanto, pero que hay un pero y es que todavía está pegado con la ex.

Me curé  y le entregué su regalo de cumpleaños. Puras tonteras que compré en el Drugstore. La cosa es que cuando se vino el silencio inevitable porque me quedé sin tema, le di un beso. No sé si fue un buen beso, pero le puse ganas y él lo respondió. Se rió, me dijo cosas, mi muñeca me habló. De ahí agarramos un buen rato. Se nos acabó el copete y nos fuimos. Como era día de semana yo iba a tomar un taxi nomás, pero saliendo del lugar metí la pata a un hoyo y me caí. Cuando estaba cayendo en cámara lenta hice un repaso mental de todo lo que había pasado hasta el momento. Muchos besos, muchas ganas, mucho copete, poca comida y regalos. Terminé de caer y escuché de nuevo su voz diciendo (en mi cabeza) “es que no estoy listo para una relación” y me dio mucha lata. Me rompí la rodilla, pero me paré y seguí caminando, conversando mucho, llenando los silencios.

Llegamos al parque y él se sacó uno. Nos lo fumamos y agarramos un poco más. Yo pensaba “si yo tuviera los testículos, me estarían doliendo”, pero David no me agarró nada extra, ni una pechuga y filo, me senté y miré los autos que pasaban un rato. Cuando él se incorporó caminamos otro poco, le tiré otras tallas, por alguna cosa le hice burla y paré un taxi. Él se despidió de beso y yo le mandé un mensaje por WhatsApp diciéndole que me daba mucha rabia que me gustara tanto.

Desperté todavía un poco ida y caché que él había leído el mensaje, pero no lo respondió. No dijo nada, ni siquiera se rió. Me di vuelta en la cama y me dolió la rodilla. La toqué y tenía sangre fresca, miré la silla del lado y mis pantalones estaban rotos. Ni idea cómo le pagué al taxista. Era miércoles en la mañana, típicos bocinazos a las 8 am en Providencia y una fecha de caducidad clara para algo que nunca partió. Semana culiá, termínate luego.

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26, Santiago. Hace un año y medio se corcheteó la guata para no volver a tocar los postres. Los extraña, rabea, pero en secreto le encanta que la talla M (y la S grande) le quede buena.