En esta parte empieza algo así como una escapada romántica de página de cupones: tres días y dos noches de hospitalización. Pero nada hacía presagiar que las primeras seis horas serían el calvario más brígido que he vivido.

Muchas personas me advirtieron que las primeras horas al salir de una anestesia general son súper brígidas y, francamente, esta hueá es como EJE: “hay que vivirlo”. Para l@s que no cachan, el Encuentro de Jóvenes con el Espíritu era una sesión muy bizarra de intensificación de emociones mediante dinámicas extrañas, la cual se mantenía en secreto por sus participantes justificado en el “hay que vivirlo” para que también te metieras y limpiaras tu alma adolescente manfinflera. Por supuesto que no lo BIBÍ, pero como buena copuchenta periodista sabía todo el show pobre que pasaba ahí dentro.

Mi EJE post cirugía fue una hueá infernal. A duras penas abrí los ojos y sentí que me dolía desde la punta partida del pelo hasta los pies. Todo, hueón, todo. No podía respirar bien porque me dolía y tampoco podía decirle a mi pololo que me dieran alguna hueá pa’l dolor.

Recreación no exagerada

Pasados unos minutos, susurré al oído a mi pololo “denme una hueá que me duele todo”, pero lograr que alguna de las personas del equipo de profesionales de la salud (en un par de horas conocidos como conchesumadres) prestara atención, era una misión imposible.

¿Se acuerdan que pagué unos millones locos para tener atención privada? Bueno, lo que nadie te dice es que es todo maravilloso y privado EXCEPTO la sala de recuperación. Esta sala era un espacio común de gente hecha mierda post cirugía, la cual está siendo “súper” vigilada por si les pasa alguna hueá, durante unas horas.

PEEEEEERO, para los ojos del personal del lugar esta era yo:

“Me duele un poquito”

A lo que me respondían:

“Déjate de hueviar, parte 1”

Básicamente, cada vez que necesitaba algo nadie me pescaba. De las seis horas que estuve en la sala de recuperación, sólo una pude estar con mi pololo, que me ayudó a hueviar al equipo de turno. Un personaje muy importante en esta parte es el enfermero pirata: un ser grande, rudo, tatuado y sin alma que, parece, estaba a cargo de la sala de recuperación ese día.

Se acercó el enfermero pirata, después de mucho rato tratando de llamar su atención, y le pedí algo para el dolor a lo que me respondió: “Nononono, esta cuestión es así no más, tiene que aguantarse” y se fue.

En un momento sentí que me estaba ahogando y empecé a hacerle unas señas a mi pololo de ayuda, cuando caché que iba a vomitar. Se venía el vómito y no tenía dónde mierda botarlo, así que ANTES MUERTA QUE SENCILLA CTM, lo afirmé en mi boca para no mancharme. Porque si estos hueones no me pescaban ni en bajá, menos me iban a cambiar de ropa si me manchaba y qué huea más asquerosa que estar manchada con vómito. Ni-ca-gan-do. Esperé a que el enfermero pirata me trajera una weá para vomitar y eso no más te digo.

Cada vez que trataba de dormir, el enfermero pirata gritaba (en realidad estaba siempre gritando hueás como “KEH ALMORZASTE”) o golpeaba mi camilla con algo. Básicamente trataba a todos bien, excepto a mí, la corcheteada.

Cuando caché que el vómito de nuevo era inminente, empecé a aletear para que me trajeran el pote otra vez, pero no me pescaban. Aleteaba y aleteaba hasta que un buen samaritano de unas camillas más allá gritó: AYUDEN A LA NIÑA POR FAVOR. No todos los héroes llevan capa, algunos están en camilla hechos picos igual que una.

El asunto es que pirata se pegó la cachá y me ayudó. También me pasó un algodón para limpiarme, el cual dividí en dos y me hice unos tapones improvisados para los oídos. El ruido del lugar me tenía loca, cada grito se multiplicaba por mil en mi cabeza y los benditos algodones me dieron un poco de alivio. Habían como 6 camillas más, todos echos mierda y raja durmiendo. Excepto una mujer que la habían operado de la vesícula y era parte de mi equipo del vómito. Intercambiamos un par de miradas cómplices de sororidad y dolors.

“Déjate de hueviar, parte 2”

Cambio de turno

Adiós pirata, ¡se acabó tu turno! Un nuevo equipo de personas llegó, muy silencioso, bajaron la luz y uno de los enfermeros se me acercó para saber si necesitaba algo. No podía creer que me preguntaran cómo me sentía y fue tanta la emoción que le dije “bien”. Unos minutos después llegó una enfermera con una invitación: “¿DESEA ORINAR?”, sosteniendo un envase de metal (no me acuerdo cómo se llama y nunca supe). Moví la cabeza hacia los lados y creo que puse pupilas de “gracias”, porque no podía hablar mucho.

Por fin pude dormir un rato, hasta que llegó una voz angelical del cielo que dijo: “la vamos a preparar para llevarla a su habitación, mi niña”.

Esas palabras fueron como una inyección de adrenalina. Quería estar en la pieza, con mi pololo, hablar con mi pipol querida que estaba preocupada. Pusieron una camilla al lado para que me pasara moviéndome como un “gusanito” y creo que fui, por un segundo, un gusano digno del Cirque du Soleil, porque quería puro irme.

Luego empezó el veloz rumbo hacia la habitación. Me acuerdo que estaba ansiosa y con miedo, pero cuando vi que había un rayado en el ascensor que decía “Renca la lleva”, me cagué de la risa (internamente) porque era un intento de alguien por embellecer el mensaje original que decir “Renato penca”.

Hasta que llegué a mi habitación a cumplir con mi “escapada romántica” y descubriría que el diablo viene en forma de jalea.

¿Cuál será el verdadero motivo de enfermero pirata?, ¿existe un odio contra las personas que se atienden en pensionados?, ¿qué tanto color con la jalea? Todo esto y más en el próximo capítulo.

Author

Papillas de por vida, gatos y feminismo. Periodista corcheteada.