Cuando llevábamos seis meses de pololeo con Nicolás decidimos casarnos. Eso fue el 2015 y, por primera vez, estaba proyectando mi vida más allá de un mes. Sabía que estaba mal de salud, cansada y que el cuerpo no me estaba acompañando en los planes. Una cirugía de obesidad era algo impensado para mí, hasta que miré el futuro con mi pololo. Empezaron las ganas de vivir más y mejor, de llegar a vieja bien pará y autónoma, como mis abuelas. Pero con la diabetes a la vuelta de la esquina no lo iba a lograr ni cagando.

Expectativa
Realidad

La hueá es que a tres meses de  la operación ya había perdido peso considerablemente, en especial en la cara que se me chupó cuático y, por esa fecha, Nicolás me sorprendió con un anillo de matrimonio para hacerlo oficial mientras estábamos de paseo por nuestro amado Valparaíso. Sabía que en cualquier momento llegaría ese anillo y pensaba en cómo chucha comunicarlo a mi pipol (que es mucha). No quería la típica selfie hueona con la mano y el anillo puesto, sino algo más choro. Pero cuando pasó estaba tan nerviosa y adivinen qué hice: subí a Facebook la selfie hueona de los dos y la mano con el anillo, súper original ja, ja. Lo importante es que salíamos felices y era la forma más simple de avisar que nos casábamos y qué tanta wea.

Todo soñao, hasta que después empezó la psicosis y me imaginaba unos chat de Whatsapp diciendo “mira, a la Pancha le pidieron matrimonio ahora que bajó de peso”. Claro, porque ahora subió mi valor y estoy más cotizá como persona. Me explico: desde que empecé a bajar de peso todos los días (todos los putos días) me dicen lo bien que me veo y que estoy cada día mejor, por lo tanto, aumentó mi valor como persona.

Incluso varias personas me han preguntado (incluyendo a mi mamá) si acaso ahora Nicolás es más celoso porque “te deben mirar más en la calle”. Horrible. De verdad que no puedo digerir (jjjjjjj) realmente lo que significa esto y qué responder en estos casos más que: todo sigue igual.

Pero, ¿todo sigue iguols?

El tema de la pareja es más complejo que la mierda. En primer lugar, porque es una montaña rusa de emociones constante estar bajando de peso de forma abrupta, o como le dicen en la comunidad de las ciencias “síntomas psiquiátricos” como depresión, ansiedad, uso de drogas (jijiji), cambios de comportamiento e ideación suicida, entre otras situaciones. Según este paper todos estos síntomas están relacionados con los cambios emocionales que enfrenta el paciente en su nuevo estado físico y químico.

Es difícil po’, queridis, la situación. Porque si antes era pasto seco ahora soy pa’l pico un poquitín más. Cuando recién llegué a la casa del hospital, Nicolás tomó un rol sobreprotector brígido. Por ejemplo, en el almuerzo yo figuraba con mi consomé de pollo más fome que la ctm y él con una hamburguesa peruana soñadísima con papas fritas. La cirugía que yo me hice no me quita el hambre, sino que me da la sensación de saciedad con la comida mucho más rápido, por lo que comes menos. Entonces estaba recagá de hambre, viendo un plato fome de consomé y, al frente mío, la comida de Nicolás llena de colores, olores y alegría infinta.

-Hueona corcheteá: Dame una papa, porfa.
-Onvre: No.
-Hueona corcheteá: Porfa, te lo ruego, una chiquita.
-Onvre: No.
-Hueona corcheteá (empezando a salivar en exceso y taquicardia): Un mini pedazo de la hamburguesa, pa’ sentirle el sabor no más.
-Onvre: No.
-Hueona corcheteá: ¿En serio no me vas a dar ni un poquito?
-Onvre: No (+ cara de odio).

Luego estas situaciones derivaban en un intenso debate donde yo le reclamaba que no me gustaba que me trataran como niña, agradecía la preocupación y todo, pero le estaba pidiendo un pedazo sólo para sentir el sabor. Esta hueá era muy frustrante y pasaba seguido, así que hablé con mi sicóloga para pedirle una sesión DE PAREJASH para explicar bien el rol de acompañamiento que sea efectivo y sin generar más conflictos.

Y llegó el día de la sesión conjunta, les juro que incluso contaba los minutos que faltaban porque la necesitábamos urgente. La Cristi, en primer lugar, se puso a ahondar en la causa de la rigurosidad de Nicolás conmigo y descubrimos que él creía que si yo probaba un poco de una papa frita o cualquier alimento que no estuviera en la minuta oficial de la nutricionista iba a ocurrir lo siguiente:

Nicolás pensaba que cualquier cosa fuera de lo indicado iba a terminar en una carrera a la clínica o un riesgo vital, por eso su reacción era tan desmedida. Una vez aclarado este miedo, la Cristi fue bien enfática en explicarle que, si bien las parejas tienen un rol súper importante en el apoyo y el camino de la recuperación, este es un proceso personal, de decisiones personales y consecuencias personales. Si yo me como una hueá, me da acidez o la vomito es mi responsabilidad.

Después de la sesión las cosas mejoraron muchísimo y hemos podido vivir el proceso en conjunto y respetando las decisiones personales, en especial el apañe de si vamos a cocinar o pedir algo para comer priorizamos lo más saludable. Así hemos descubierto lugares que tienen ricas ensaladas a domicilio o hamburgueserías que reemplazan el pan por lechuguita.

A ocho meses de la operación el ítem comida está bastante ordenado y claro. Pero el ítem de comprensión del volumen de mi cuerpo es una espiral demencial constante. Por ejemplo cuando voy a comprar ropa sigo escogiendo prendas que hubiera usado pesando 120 kilos, de esas que se acomodan con facilidad a las subidas y bajadas de peso (como los vestidos), pero ir a probarme pantalones o jeans me da nervio máximo. Así que invoqué a las grandes ligas de la internet para ayudarme y en la próxima columna con una invitada especial que me acompañará a probar ropaaaaaaaaaa.

Author

Papillas de por vida, gatos y feminismo. Periodista corcheteada.

  • Refri de Soltera

    Cuando salía con mi prima que se operó yo actuaba igual que tu pololo JAJAJA y pase ene rabias.
    Despues relaje la vena, pero me costó ene.