Antes de la operación, a principios de marzo, estaba pesando 120 kilos y midiendo 1.73 cm, es decir, tenía un Índice de Masa Corporal de 40 y una maravillosa obesidad tipo 3 (mórbida). Básicamente, era gigante y súper consciente serlo.

Todos los días era un tema el espacio que ocupaba en el mundo. Y esto es porque el mundo me recordaba que no había espacio para mí: en la hora punta del metro, en el bus, en el avión (claramente no viajo en business), en el probador, cuando estás en un grupo de amigos que dicen “pero si demás nos apretamos todos en un taxi” y sabes que tú te vas a ir en el asiento de adelante porque atrás se van acomodando los más delgados o las sillas rotas del comedor de las amigas y suman y siguen las situaciones incómodas. Ahora que estoy bajando de peso, harto ha cambiado la cosa po, cabritas.

Algunas columnas atrás me pregunté qué chucha es ser gorda porque he visto como tratan de gordas a mujeres que yo veo delgadas y viceversa. Mi psicóloga me contó que ser “flaca”, con el ideal de belleza que se persigue, es estar bajo peso, es decir, pesar menos kilos de los que se recomiendan para tu altura. Ahora que he ido bajando de peso mega rápido y acercándome a el famoso estándar de belleza me he dado cuenta de que ya no puedo hacer, o tengo que hacer de forma distinta, ciertas cosas en la vida diaria, incluso algo tan simple como ser buena onda, ¡pero qué chucha!

Estoy acostumbrada a ser súper amena con la gente que trabaja en atención al cliente, porque he estado en su lugar y es una pega súper ruda. De verdad que te caga mucho la onda atender a alguien que te trata mal o como a una máquina, onda, es UNA PERSONA la que te está atendiendo, por lo que siempre trata de ser lo más correcta y amena posible. El asunto es que ahora que estoy bajando de peso se interpreta la buena onda como un coqueteo por la chucha.

“Hola, cuánto cuesta el kilo de tomates”.

La hueá es más rara que la mierda. Tampoco es que me pase siempre y ande rompiendo corazones en todas las bencineras de Chile, pero cuando pasa es como WTF. Me doy cuenta con el tono de voz y, lo peor de todo, cuando me pasan el vuelto como que me rozan la mano y…

MEGA EWWW. Estoy pasando de una invisibilidad a una visibilidad de cosificación que no me gusta nada. También me pasa cuando me arreglo la camiseta de polar, un artículo indispensable para mi cuerpo porque, tal como predijo el doctor, este ha sido mi peor invierno. Estoy siempre cagada de frío y, como muchas sabemos, a las camisetas les gusta subirse y quedar como sostén, cuando la necesitamos para abrigar la guata. Cuando eso pasaba me metía la mano debajo del vestido, mostrando los tutitos con calzas negras, y tiraba de la camiseta hasta dejarla en su lugar. Un movimiento muy poco glamoroso que pasaba desapercibido. Pero ahora sentía la miradas de hombres, que se detenían a mirar mi hazaña. Ahora la hueá se sube y se queda ahí. Y me da frío en la guata. Y prefiero eso a que me miren por la chucha.

No sé cómo manejar esta nueva posición “atractiva” que tengo en el mundo, pero sé que no me gusta. En la primera Columna Obesa les contaba acerca del acoso sexual callejero que me pasaba teniendo sobrepeso u obesidad: el fetiche sexual (“ahhh gordita rica le agarraría los techecas y prrrrrrrrrrr”, “me gustan rellenitas”) y el del EWWWW (“cacha el ropero de tres cuerpos”, “la loca deforme”). Debería poner más atención a cómo me hablan o miran en la calle para contarles en este espacio, pero me da pánico. Uso audífonos con aislación de sonido y jamás hago contacto visual. Camino incómoda y con miedo.

De hecho me saco el sombrero con la chiquilla que se toma selfies con sus acosadores callejeros para visibilizar el problema, ¿la vieron?:

¡Y los hueones son súper care raja! Salen felices, sonriendo, incluso tocándole el hombro como buena onda y ella evidentemente molesta. Pero a ellos les importa un pico si te importa, porque no eres más que una cosa para su placer y diversión.

También me ha pasado cuando tomo Uber. En muchos países se recomienda que al usar Uber te sientes adelante, de copiloto, para pasar piola que estás usando un servicio de transporte de pasajeros no autorizado. Antes no tenía ningún problema en irme conversando, cagada de la risa y todo, pero ahora me miran las piernas y otras presas, cosa que antes no pasaba. Incomodidad por todo lados.

Si bien me he sentido súper rara y un poco sola en este proceso (sola en el sentido de que no muchas cercanas se han hecho esta operación) encontré un grupo de apoyo para personas que se han hecho cirugía bariátrica y me llevé muchísimas sorpresas, ¡la próxima semana les contaré todo!

Author

Papillas de por vida, gatos y feminismo. Periodista corcheteada.

  • Astrid Lara Bell

    Había una película donde hablaban de la gordita que ahora era flaca, que era mucho más simpática que la que siempre fue flaca y que por eso era más llevadera para los hombres. 🙄 Lo que más me preocupo de tu relato es tu reacción tímida y retraída. Es cuestión de tiempo que te acostumbres a tu nuevo cuerpo porque sí, lamentablemente acá el acoso callejero es un hecho y hay que andar a la defensiva. Te recomiendo que te quites ese miedo ya que esas personas que acosan sienten el temor y a esas personas suelen molestar. Hay talleres de defensa personal. Llevar un gas pimienta, no se cualquier cosa que te haga sentir más segura.Y hay que estar a la defensiva, cómo me decía mi mamá “es preferible quedar como loca antes que te pase algo”. También te ayude algún taller de lenguaje corporal, digo como para entender las señales que envía tu cuerpo. En fin, me encanta leerte, te admiro. ❤️ Un beso grande y ánimos!!!

    • María De Los Angeles

      O: Jamás había pensado en un taller de lenguaje corporal! Pero por otra parte, es realmente desagradable darse cuenta que te están mirando presas que no corresponde. En el verano hice mi practica en una empresa donde el 90% de las personas que trabajan ahí son hombres y solo en una ocasión me sentí observada. Después de ese día, jamás volví a ponerme el vestido con el que andaba y creo que hasta se me perdió 🙁

  • Cami Navarrete

    KE JEVI, VECINA. Yo que viví el proceso al revés (de flaca a gorda) me di cuenta también cómo me iba volviendo invisible e “indeseada”. Molestaba en todas partes. Me sentía como el hoyo porque cuando engordé, hubo gente que olvidó mi nombre, OLVIDARON MI NOMBRE! Y no es como que sea un nombre difícil. Pero bueno, son las cosas que pasan cuando el cuerpo pasa por sobre la persona.
    Aparte, me dio depresión volver a Chile después de haber estado 10 días en Bolivia, donde el acoso callejero casi no existe (al menos a mí no me acosaron ni me dijeron cochinás, y fue TAN LIBERADOR).
    Besitos cordiales, cuando quiera tomamo once (que puede ser té con té porque volví enferma de la guata)