Abrí muy poco los ojos e intenté hacerme bolita. El dolor que tenía en el vientre era terrible y sentía que esa posición era la mejor forma para solucionarlo, pero apenas levanté mis piernas y las acerqué hacia mi pecho, llegaron dos personas -creo que eran dos- para detenerme y sujetar mis piernas para que me mantuviera estirada. En mi semi-inconsciencia post-operatoria, les peleé e insistí. No gané.

Reconocí la sala de recuperación inmediatamente, pero no tenía alguna noción de cuánto tiempo había estado ahí. El último recuerdo que tenía era que me habían pedido contar desde 10 a 1 para luego perderme en la anestesia. No sé si pasé más allá del 8.

Me dormí otra vez y desperté en otra pieza, con mi mamá sentada en un sillón cercano mirando su teléfono. Me contó que la operación por la endometriosis había salido bien y que en cualquier momento vendría el médico a conversar con nosotras.

Mi mamá había salido no sé dónde cuando el médico llegó a revisarme. “¿Cómo viviste con esa endometriosis todos estos años?”, fue lo primero que me preguntó. Me explicó que en las ecografías que me habían hecho, no se dimensionó bien lo grave de la enfermedad, que no sabía cómo había aguantado tanto, que debí sentir mucho dolor por varios años y que habían partes de mí que estaban “tan tomadas” por la endometriosis, que no pudieron salvarlas, así que las sacaron, como por ejemplo, mi trompa de falopio.

Me contó que la operación salió bien, que “quemaron” todo, pero que habían dos sin embargo. El primero, que tenía que tener claro que era una enfermedad crónica y degenerativa y que podía volver a aparecer, y que en caso de querer ser mamá, iba a necesitar ayuda de algún tratamiento.

Y fin. Se fue y seguí en mi rutina de convaleciente. Nada de lo que me dijo me hizo ruido -quizá porque nada podía hacer contra las consecuencias que me mencionó- hasta que, cuando empecé a contar, mi entorno se empezó a mostrar muy preocupado por mí. Que cómo me sentía con lo de no poder ser “mamá naturalmente”, si me sentía triste, que no tuviera miedo o -lo típico y menos empático- “ay, una amiga mía le dijeron lo mismo y ahora tiene tres hijos”.

Al principio me extrañaba, pero cuando me di cuenta que era más y más gente que prácticamente me daba sus condolencias, empecé a cuestionar mi capacidad de entender lo que estaba pasando.

Ahí me quebré, en el terror de quizá no estar dimensionando lo que realmente significaba lo dicho por el médico para mi vida. Y por la cresta que es pesado llorar con tanta angustia, con tanta confusión y, en ciertas ocasiones, sin entender el motivo. Sobre todo, porque nadie me explicó nada: ni el médico, ni el entorno. Sólo tenía claro que, al parecer, tenía que preocuparme, pero no tanto.

De este episodio quiero resaltar dos cosas: la primera, tiene que ver con la no información de la enfermedad; y la segunda, con la  normalización del dolor.

Te sacan literalmente un pedazo de ti y es “ya, listo, váyase”. Y es que no. Es una locura que crean que una operación así, como la mía, la paciente reaccione con normalidad y siga su vida. Los golpes que vinieron después habrían sido mucho más simples si hubiera tenido la información que necesitaba. Porque no bastó sólo con guglear.

Cuando me explicaron qué era la endometriosis me dijeron que imaginara que el endometrio era una especie de pasto que, además de crecer en el útero, a mí me crecía en otras partes también, donde no correspondía. Y sería. Se acabó mi educación sobre qué era lo que tenía. Ah, además Dr. House me la explicó un poco porque tenía una paciente con la enfermedad (temporada 5, capítulo 14).

Nadie me contó que la endometriosis puede incluso incapacitar a la mujer en su época reproductiva, en el ámbito social y laboral por los horribles dolores que suele sufrir durante la menstruación (el 78% de las pacientes con endometriosis dice haber faltado al trabajo por este motivo), en lo sexual por los dolores durante el coito, y en el reproductivo porque la vuelve infértil. Sí, infértil. ¿Qué pasa en el cuerpo de la mujer con endometriosis y su operación? Se distorsiona anatómicamente, sufre de disminución de reserva de óvulos y calidad ovocitaria, se altera el transporte de los gametos y la contractibilidad del útero, entre otras cosas. ¿Cómo es posible que me lo hayan explicado sólo como un pasto que hay que remover?

¿Y saben qué es lo más cuático de todo? Es que entre el 10 y el 15% de las mujeres tiene endometriosis y que el diagnóstico se demora en promedio ocho años y haber pasado por al menos cinco médicos distintos.

Y aquí viene la pregunta final: ¿qué es lo que pasa con nosotras y con la sociedad que normalizamos tanto el dolor? Tanto como para vivir años con eso. No puede ser normal, de ninguna manera, que no nos preocupe quedar inválidas cuando nos llega la regla o que duela durante las relaciones sexuales. No entiendo cómo el tratamiento se piensa sólo farmacológico y no psicológico. Porque así estuve, años soportando el dolor, porque, me gustara o no, era parte de ser mujer. Porque tengo útero.

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Periodista, maniática y lectora compulsiva. Feminismo, revolución y educación. Papas fritas, siempre.