Me acuerdo que todo partió el último miércoles de abril del 2015. Llevaba varios días con la regla; no disminuía el sangrado y no se me pasaba el dolor -ese dolor bien de mierda cuando sientes como si alguien te metiera la mano hasta el útero, lo tomara, lo girara y lo tirara hacia abajo. Así de literal-.

Estaba viviendo y trabajando en Pitrufquén, que queda a unos 50 minutos del centro de Temuco en micro, y ese día entraba temprano al trabajo. Tras varios amagues, no logré levantarme. Los días anteriores había tomado muchos analgésicos para sobrevivir, pero ese miércoles simplemente no pude.

Una de mis compañeras de casa, me llevó hasta una recinto de salud en Temuco. Aunque durante el camino íbamos conversando, sentía que se me iba la consciencia, dejaba de escuchar lo que pasaba, se me perdía la vista y sólo sentía el dolor. Lo vivía. Intentaba respirar profundo, concentrarme en otras cosas y trataba de recordar cualquier otra técnica de relajación, de esas que nunca en la vida me han funcionado. Me hacía cariño en el vientre enviándole un doble mensaje: con mi mano intentaba contenerlo, decirle que resistiera; mientras que con mi cabeza le decía que se dejara de hueviar, que era suficiente.

No me acuerdo cuánto rato tuve que esperar para que me atendieran en urgencias, pero creo que no fue tanto. Luego de que me vio el médico general -quien me examinó para ver si tenía apendicitis sin preguntar si tenía o no apéndice (no tengo)-, vino el ginecólogo. Me hizo un exámen físico general y, finalmente, me hizo una ecografía transvaginal. Me acuerdo que me dolió infinito esa ecografía. Siempre ese examen incomoda, pero esta me dolió como si me hubiera apuñalado el útero. El médico fue bien bruto para hacerla y le importó bien poco. Aunque se lo haya hecho saber, me respondió con su puro silencio.

“¿Ves esa pelota que está ahí?”, preguntó mostrándome la pantalla. No respondí. “Eso es un tumor. Piensa que tu ovario es del tamaño de una almendra, este tumor es del tamaño de tu puño”. Seguí sin responder, pero apreté los dientes. “Yo no lo veo bueno: usted tiene cáncer y tengo que operar urgente”. Cáncer. Cáncer. No reaccioné a esa palabra. No sentí nada, en realidad. Hasta se me olvidó lo agresivo del examen. Me dediqué primero a pestañear un poco más rápido de lo habitual, para luego decirle que, antes de operarme, me gustaría conversar con mi familia.

Salí rápido de urgencias, me senté en unas escaleras y llamé a mi papá. Luego conversé con mi mamá. Y las preguntas surgieron inmediatamente: ¿qué examen te hizo? ¿Y se puede saber si es cáncer sólo con una ecografía? ¿No te dijo nada más? ¿Esa es la única opción de diagnóstico?

Por suerte, justo ese mismo fin de semana -que era largo- viajaba a Santiago. Sirvió para bajar la ansiedad de todos. El sábado, otro médico me vio, me pidió otra ecografía y exámenes de sangre. El lunes siguiente, tuve mi diagnóstico (serio y bien hecho): endometriosis.

Siempre me acuerdo del ginecólogo que me vio en Temuco, de lo irresponsable que fue en su diagnóstico y lo agresivo que fue su necesidad de operarme inmediatamente. Luego de mucho tiempo me acordé del dolor que me infligió cuando me hizo la ecografía y que no cambió su forma de tomarme ese examen cuando le dije que me estaba doliendo muchísimo.

Ese doctor violó mi derecho como paciente; no sólo ignoró mi dolor, si no que tampoco cumplió con su deber como profesional de explicarme el procedimiento, de cómo crestamadre había llegado a ese diagnóstico que hizo sufrir más a mi padres que a mi, ni si es que habían posibilidades de bajar el nivel de dolor.

Desconozco si es algo que le pasa a todas las mujeres, pero me costó mucho encontrar una o un ginecólogo con el que me sintiera segura. El médico, sobre todo el especialista, tiende a ser vertical con las personas, a tener una especie de paternalismo que ni se acerca al interés. Es algo súper jerárquico, donde -en este caso- él tuvo en el minuto todo poder sobre mi, sobre todo teórico -porque de medicina no sé nada-, abusó de ese poder y una ahí, vulnerable, mientras era examinada con las piernas abiertas.

¿La ironía de todo esto? Ese mismo día, mientras caminaba por Av. Alemania para ir a tomar la micro para devolverme a Pitrufquén, me llamó mi mejor amiga, Andrea. Le conté que tenía un tumor y que debía operarme. Ella me contó que estaba embarazada.

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Periodista, maniática y lectora compulsiva. Feminismo, revolución y educación. Papas fritas, siempre.