Había llegado hace poco del ginecólogo a la pega. Cada vez que voy al ginecólogo, me acompaña una incertidumbre que me aprieta la guata. O a veces me dan mini taquicardias de lo nerviosa que me pongo, pero siempre prefiero ir sola. Me siento más segura.

Luego de las típicas preguntas de las compañeras al llegar, fui al baño a lavarme la cara. Cuando regresé a mi oficina, dejé la puerta -inconscientemente- semiabierta y escuché desde el pasillo “pobrecita, tan jovencita y estéril”.

Me quedé en silencio, pensando en qué me hacía sentir ese comentario sobre mí y en el cómo debería reaccionar. Ni mi ginecólogo, ni el médico especialista en medicina reproductiva, habían mencionado la palabra estéril. Nunca. En diferentes niveles, claro, todos habían sido más bien positivos a la posibilidad de ser mamá. Si es que así lo decido, claro.

A primeras, el comentario me resbaló. Finalmente, daba lo mismo lo que pensara ella o cualquiera de mis compañeras; lo único que importaba era cómo yo me sentía. Y estaba, dentro de todo, tranquila.

Con el pasar de las horas empecé a preguntarme por qué mi compañera me había tratado de pobrecita. ¿Tenía que sentir pena por mí? ¿Estaba siendo muy superficial en mi reacción? Si hizo ese comentario, supongo que es porque debe creer que definitivamente la maternidad es algo que busco y que esa búsqueda se vio truncada.

¿Por qué asumir que todas las mujeres buscamos la maternidad?

Primero, ser estéril no es nada. Por sí mismo, no es bueno ni malo. Su valoración depende -o debiera depender- de las proyecciones del individuo. Acá el primer problema: hoy, para muchas mujeres, la maternidad no es una opción, es algo que eventualmente traerán los años. No es una decisión libre, consciente y que sea parte de un proyecto de vida; porque no nos educaron así, nos metieron la idea en la cabeza de que sí o sí, sin alternativa, tenemos que parir. La maternidad es muchas veces percibida más como una etapa de paso que como una alternativa.

Intentar salir de esa adoctrinamiento no es fácil; primero, porque es necesario entender personal y honestamente que ser madre sí es una decisión -otro grado de dificultad de la decisión es cuando se considera estar en pareja-; segundo, porque, obviamente, el entorno inmediato te cuestiona.

El cuestionamiento es tanto que una vez, dentro de mi círculo más más cercano, alguien me sugirió considerar la opción de congelar óvulos, porque alguna vez mi pareja podía querer tener hijos y yo, en un acto de amor, iba a ceder. Y no. Me niego a creer que está bien -y normal- que el motivo de ser madre se relacione con la pareja y su felicidad, y no con una misma, en su autonomía, porque significa perpetuar el estereotipo del rol de la mujer.

Varios estudios (entre ellos Martínez, Paterna, Yago, 2004) lo dicen: las mujeres que no son madres aprenden qué es lo que se debe más o menos hacer, cómo ser y qué situaciones se vivirán durante la maternidad, sin haber pasado por la experiencia. ¿Qué significa esto? Que aprendemos en base a lo que se espera de nosotras, según el estereotipo que nos corresponda.

Y así, mi útero se transformó en comentario de pasillo, en un útero comunitario, del que todos opinaron, con sonrisas más o menos compasivas. Ya me fui de esa oficina, pero me impactó tanto lo que se dijo, que tuve que ponerle a estas columnas “Jovencita y estéril”. Porque ni siquiera fue un acto sororo entre mujeres, algo de compañeras; fue de tristeza porque yo no iba, según esta persona, a poder cumplir para lo que nací.

*Imagen: Rogier van der Weyden – Visitation

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Periodista, maniática y lectora compulsiva. Feminismo, revolución y educación. Papas fritas, siempre.