Jorge Nuñez López es publicista, Leandro Lillo Aguilera es Licenciado en Historia de la Universidad de Chile, estudió un Master de Recursos Humanos, hoy trabaja en Prodrilling S.A. Natalia Tranchino es profesora de Lingüística en Inglés en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile. De Li Chong se sabe que es gordo, que estudió Derecho y que ha colaborado en The Clinic. Han dado múltiples entrevistas sobre su sitio de “humor” History in Tofo, que tiene cuenta en Facebook, Twitter e Instagram.

Se jactan de “romperla en internet”  imitando a otra cuenta History in Pictures, haciendo memes o simplemente sacando de contexto imágenes y textos, pequeñas frases en “espanglish” donde se ridiculiza a personajes públicos. Por lo general, son mujeres sus víctimas. Los medios alaban lo “genios que son” (The Clinic, CNN Chile). 

LO QUE PASÓ HOY

Sucede que se me acaba el humor cuando me violentan, perdón por la honestidad. No me gusta que se burlen de mí, me duele. Me duele, porque no recuerdo momento de mi vida en que no haya sido violentada solo por el hecho de existir (desde el Jardín Infantil en adelante), por hacer lo que hago, comunicar, por tener un cuerpo gordo y comunicar, por tener un cuerpo gordo y ser mujer, por tener un cuerpo gordo, ser mujer y saber de música. Pareciera que todas aquellas dimensiones son falencias, porque la sociedad me lo cobra una y otra vez, hasta el punto de no tener memoria de poder hacer mi pega tranquila, como tampoco de poder intervenir públicamente sin considerar el efecto colateral que son los troll, ahora llamados bots. Los mismos que han hecho de los memes un producto cultural usado para la violencia agresivo-pasiva, burla, ridiculización y estigmatización de diferentes cuerpos, situaciones, condiciones de clase y/o de salud, incluso. No sólo sobre mí, sino que sobre abuelas, modelos, personas extravagantes, famosas, pobres, etc. ¿De qué nos reímos cuando nos reímos de alguien?

Hoy llegué a mi trabajo y una compañera me contó que me estaban “hueviando” en este sitio que yo desconocía. Nunca me hacen gracia, es verdad. Se me queda el humor en la casa, cuando me hacen estas pateaduras digitales. Quizá es porque no puedo enajenarme y dejar de pensar que soy yo el objeto de burla. Ser objeto de burla es ser objeto de violencia, que en mi caso es también violencia de género y violencia corporal: es volverme una cosa sobre la que los juicios recaen, un resumidero de mierda, entre la que hay prejuicios, fantasías, estereotipos, discriminaciones, violencias de clase, raza, incluso de edad. Luego de subir el caso a mis stories y de que muchas amigas y compañeras denunciaron los post, éstos fueron bajados, habiendo estado 20 horas online.

UNA CADENA DE VIOLENCIA

Desde el GC “experta en reggaetón” que me inventaron en un reportaje de TVN y -que aún no puedo sacarme de encima, porque es un problema al momento de postular a algo, pues si me googlean, me encontrarán así y se ridiculiza mi trabajo, mi carrera-, hasta las cientos de burlas, acoso y persecución que he sufrido en Portalnet, pero también en El Antro, pasando por Welcome to Chile y El Incógnito. La trayectoria de la violencia sobre mi cuerpo ha sido larga y ancha, como mi cuerpo. Han publicado mis fotos de apps de citas (en las que me va harto bien, para que sepan), han publicado mis redes sociales, también mi dirección, mi rut, fotos con mis (ex) amigas, dejándome no sólo a mí en la intemperie de la rabia, la pena, la angustia, la paranoia y decepción, sino también a mis amigues, a mis redes de apoyo, a mis compañeras, a mi familia. Ellos ven como me patean una y otra vez. Es una tortura constante que no para y que me ha enseñado a reaccionar rápidamente. A abrir excel con datos, por ejemplo, y tener un protocolo inmediato ante la agresión.

Mi primer troll oficial fue un compañero de trabajo, de tiempos inmemoriales, cuando trabajé en Zona de Contacto, hoy lo pueden seguir conociendo como el flaco Nicolás Copano, cuyo hostigamiento gordofóbico y misógino sólo paró cuando publiqué esto.

Este año judicialicé el ciberbullying y acoso del que fui víctima en marzo, lo realicé junto a la Fundación Datos Protegidos. Los responsables de cientos de palabras de odio, risas, fotos mías sacadas de contexto, se negaron a recibir el parte de Carabineros y el caso quedó en nada. La justicia no alcanza a llegar porque no permite notificar por RRSS, el espacio donde estás siendo violentada. Probablemente sea porque tenemos un sistema judicial sin smartphones, un sistema que resguarda los derechos de los victimarios y no de las víctimas, un sistema patriarcal que obliga a las víctimas a argumentar su violación de derechos. Un sistema que no me permite reclamar por el derecho a mi dignidad y por el vivir tranquila; sino que me deja sola, aislada “aguantando”.

NO ES UN HECHO AISLADO

Todo el daño me lo he llevado sola, pero esto que ocurrió hoy no es un hecho aislado: es una cadena de violencia que se despierta cada vez que saco la cabeza sobre el agua, que estoy frente a la pantalla y no detrás. Sea en entrevistas, documentales, poniendo música, haciendo clases, etc. Todo el daño a las mujeres como yo lo recibimos solas, porque sabemos que la justicia no alcanza a legislar en un espacio que habito porque es mi medio de comunicación, porque soy comunicadora, porque allí está mi trabajo. Sabemos que la justicia nos está fallando una y mil veces. Está retrasada, no entiende de Facebook, ni de Twitter, aún menos de Instagram.

Mientras amigas y conocidas me enviaban datos de los autores del “chiste”, aprendí que los conocidos, los amigos que comparto con mis agresores los defienden a ellos, los cuidan de mi “funa”. ¡Qué curioso lo que pasa en este país donde quienes cometen delitos, son las víctimas! Me suena tanto a Punta Peuco. Cuando las verdaderas víctimas se oponen, dicen que no y se defienden, aparece un resguardo patriarcal y fascista que nos cuestiona la agresión a la víctima. El mismo “cuidado”, la misma “mesura” que  pregunta si acaso “no habrá hecho algo” para que “le pasara eso”. El “algo habrá hecho” se explica solo: la víctima sería la culpable de su propia agresión.

El movimiento feminista dice que, cuando no hay justicia, hay funa (*). Y es el último recurso, el recurso moral. Aquí hay una funa, porque tengo miedo. Porque me niego a naturalizar la violencia que ejercen sobre mí. Violencia a manos de personas que comparten en medios donde yo he colaborado, como Li Chong en The Clinic. Me niego a pensar que hay académicas que hacen clases en la Chile y participan en esta clase de cosas, como Natalia Tranchino. Me niego a pensar en que hay historiadores que hoy trabajan de RRHH, como Leonardo Lillo, y que tienen estos criterios de juicios sobre las personas o abogados escabulléndose de responsabilidades legales al no nombrarme, al falsear mi nombre, dando a entender que yo soy un hombre gordo con lentes (tal y como es Li Chong). Pero ojo, que en su caso no es chistoso y en el mío sí, porque soy mujer. Abajo de eso hay misoginia y gordofobia, que es violencia simbólica y patriarcal. Y me duele, porque es injusto, porque pesa más que mi cuerpo, porque me toca bancarme la agresión gratuita y me toca perder tiempo y energía en defenderme. Me toca andar y desandar todo para verlo claro, para no dejar que la rabia me inunde y obligarme a pensar fríamente. Me toca desconectarme de lo que siento para controlarlo, para no llorar, para no dejarme vencer. Me toca dejar de sentir lo que me es legítimo sentir y no estoy de acuerdo. Por eso esta funa, porque me niego.

Cada meme que se burla de mí, es una noche menos de descanso, es una cuchillada anónima y otras no tanto, que me van haciendo solo por existir, por no gustarles (¿por qué debiera gustarles?), por ser gorda, usar lentes y ser mujer. Pero ya no tengo miedo. Sé que no hay consuelo, ni esperanza, ni futuro posible si el humor sigue estando amparado por un país donde reina la impunidad. Cuando no hay justicia, hay funa. Y esta es de ustedes, machirulos de izquierda.

(*) Funa: lo comprendo como un acto público de repudio contra una (o más) persona(s) que comete una mala acción o un crimen.

Author

Escritora y comunicadora. Autora de Ciertos Ruidos, nuevas tribus urbanas chilenas" (Planeta, 2009), Patio 29, la democracia imaginaria (Animita Cartonera, 2007) y del poemario Piñata (2011, Auto). Investiga sobre feminismo y música urbana, pinta acuarelas y cuida las plantas.