Sentir culpa y sentir vergüenza. Creo que antes de sentirme a gusto con quien soy o estar contenta con mi cuerpo, aprendí a sentirme culpable y avergonzada. Ahora mismo, mientras escribo esto, siento una profunda vergüenza que intento ocultar, por estar escribiendo algo tan personal, que a nadie le importa.

Cuando tenía doce años, mi colegio, que era de puras mujeres y de monjas, hizo que todo mi curso se confesara. Me acuerdo que estuve toda la semana pensando en el tema, en cómo decirle al hombre con sotana que se sentaría frente a mí, que cuando discutía con mi mamá le respondía mal y que antes de dormir pensaba en el Jim Morrison sin polera que estaba en el póster de mi pieza.

Llegó el día y recuerdo que mientras esperaba mi turno, arrodillada en unos de los asientos de la iglesia, veía cómo mis compañeras salían llorando y se alejaban de nosotras para rezar tres ave maría o un padrenuestro en caso de que el “pecado” fuera muy grande.

Solo así “dios” nos perdonaría.

Me acuerdo que entre nosotras nos mirábamos y, sin quererlo, nos imaginábamos lo peor de las que tardaban más tiempo que otras en rezar. En realidad, a mis 10 años, solo esperaba no ser tan pecadora como ellas, tan inmoral como ellas, tan culpable como ellas.

Nosotras siempre hemos sido las culpables: por cómo nos vestimos, por exageradas, amargadas, graves, por ser feas y gordas. Porque esta sociedad patriarcal no solo te obliga a cumplir con estándares de belleza específicos, sino que además te exige ser deseada por ellos, corresponderles y no enviarlos a la “friendzone”, esa nefasta palabra que debería extinguirse.

Hannah Gadsby, en su especial de Netflix, habla de su historia de vida y cuenta que para tener “permiso” de contarla se “echaba para abajo”, y afirma que “el autodesprecio para alguien que ya está marginada no es humildad, es humillación”.

Escucharla me hizo sentir menos sola, me hizo sentir acompañada, más fuerte y con menos miedo. Cuando era chica y también un poco más grande, sufría por ser mujer, sentía que jamás podría ser escritora porque eso es algo que hacían los hombres, no tenía referentes mujeres que escribieran, mis tías solo me preguntaban por qué no me maquillaba, por qué no pololeaba y por qué no sabía cocinar.

Ser mujer era una subcategoría. Las expectativas no estaban puestas en nosotras y el mayor éxito al que podíamos aspirar era a ser flacas para tener un pololo. Cada cierto tiempo, aún escucho las palabras que un nutricionista me dijo cuando tenía 8 años: “si eres gorda, después cuando empieces a ir a fiestas, ningún niño te sacará a bailar”. Recuerdo cómo esas palabras quedaron grabadas en mi mente y cómo pasé de mirarme al espejo y pensar en nada, a mirarme al espejo y sentir culpa. Sentirme culpable por mis piernas gordas, por lo apretado que me quedaban los pantalones, me acostumbré a sentir culpa de no entrar en el canon de belleza que ellos, los hombres, buscaban. Sí, a mis 8 años.

Hoy, Hannah Gadsby dice que, por primera vez, son los hombres blancos y heterosexuales los que pertenecen a una subcategoría. Y qué felicidad siento. Por primera vez son ellos quienes están siendo al fin cuestionados por sus prácticas, por sus abusos, por su poder, por hacer lo que quieran porque PUEDEN.

Ahora, después de años de hacer daño y aprovecharse de su posición de privilegio, están siendo acusados y aún así tienen el descaro para calificar esto como una “caza de brujas” o como un “linchamiento público”.

No sean barsas.

Ya no retrocederemos. Esto es solo recién el comienzo de una lucha que lleva años y que no parará, porque ya nos dimos cuenta de que nosotras no somos las culpables y no somos quienes tienen que sentirse avergonzadas.

Como dice Hannah Gadsby, “no hay nada más fuerte que una mujer rota que se ha construido a sí misma” y esa misma fuerza es la que usaremos para continuar alzando la voz, unirnos entre nosotras y acabar con la impunidad de tantos que siguen por ahí.

Author

Periodista y feminista. En Twitter soy @bbelenignacia y en Instagram, @belenpuntoycoma.