Fotos: Naiomi Olguín López / Ilustración: Daniela Gaule

Hace unas semanas, en esta ciudad gélida y desconsiderada, supimos que el feminismo ya no podría estar a la moda. Durante el otoño del 2018 germinaron los discursos sobre la Ola Feminista, las tetas encapuchadas al aire, las poleras del retail relevando la “femenidad” como si eso fuese sinónimo de feminismo y los boletos de los stand up feminazi hicieron sold out. Con ello aparecieron los talleres de enmascaramiento, de cómic, de lectura y los esforzados protocolos universitarios.

Demasiado pronto llegó el invierno y la Coordinadora de Feministas en Lucha convocó a una marcha por el aborto libre para el 25 de julio. Tras un año de haber conseguido la despenalización del aborto en tres causales, ridículas argumentaciones pro vida y resabios de dictadura colándose en el Tribunal Constitucional, la nueva convocatoria irradió toda la fuerza arrebatada tras las movilizaciones estudiantiles y los femicidios de trabajadoras, adultas y niñas que pasaron semana tras semana por TV.

Nos reunimos en el GAM con las amigas de la Red Chilena contra la Violencia, la Comisión de Género del Colegio de Periodistas y el colectivo Falda Corta. Nos unimos al mar de pañoletas verdes, incienso, pancartas, vendedores de chela en lata, bombones de marihuana, niños a cuestas de sus madres y padres, pocos colas. En una turba, de más de 50 mil asistentes sólo en la capital, dejamos los gritos llenos de rabia, frío y cansancio a mitad de semana, el miedo, la rebeldía, la esperanza se vuelcan en la calle. Al terminar de marchar en las cercanías de Los Héroes supimos que tres mujeres fueron apuñaladas por encapuchados, los mismos que prendieron barricadas y quisieron entrar a un ChileExpress. 

Apareció también en escena un río de sangre fétida al frente de Universidad Católica, armado con vísceras de animales que recordaban los gatos desmembrados y utilizados en en dictadura. Esta última performance se la adjudicó un grupo neonazi llamados Movimiento Social Patriota. Colectivo que no sería “ni de derecha, ni de izquierda” sino que profesarían algo así como el liberalismo nacional. Algo así como skinheads metrosexuales con plata y ansiedad de fama que siguen a José Antonio Kast, líder del neofascismo en internet. Mismos trogloditas que dicen alimentar animales en la calle, mientras cuelgan tallarines diciendo que “Daniela Vega es hombre” o que “Pedófilo muerto, problema resuelto” sobre bultos que simulan ser obispos colgados al más puro estilo del amedrentamiento narco mexicano.

El parte de Carabineros que llegó a manos del Ministro Andrés Chadwick sobre el apuñalamiento de tres compañeras, venían los nombres de las mujeres heridas, las mismas quienes pidieron expresamente no quedar expuestas a la locura de los neonazis y la irresponsabilidad de las instituciones y prensa. Pero nada de eso se resguardó. La prensa las buscó, entrevistó y reaccionó de manera ligerísima ante delitos que en otros lugares del planeta serían considerado terrorismo. En las conversaciones del tú a tú -con amigas- hemos sostenido la preocupación sobre cómo cuidarnos, cómo ganar temas en las pautas para proteger a las mujeres, para no revictimizarlas, cómo generar redes informales y sororidad explícita.

Hablamos de cuidarnos en un país donde las feministas recibieron palizas por Carabineros luego del pañuelazo en el Consulado de Argentina para apoyar el debate trasandino de este 8A. País hermano, donde ganó el aborto clandestino por sobre el aborto libre, donde también ganaron las palizas en la calle y la moral cristiana sobre nuestro cuerpo. Hablamos de protegernos en un contexto donde colgarte el pañuelo te expone a una pateadura, te vuelve en un blanco para la violencia. Necesitamos formación y conducción política, avanzar de un modo programado y coordinado. Para cuidarnos, necesitamos organizarnos, consultarnos y deliberar autónomamente desde una mirada contextual, sin tapar el sol con un dedo, sin tapar la violencia patriarcal e institucional como lo hace Revolución Democrática. Las pañoletas verdes necesitamos una vanguardia política alejada de los viejos vicios de la misma y esto se realizará sin ceder espacio a la corrupción, a las reputaciones propias o de los compañeres, a los “bienes superiores”, sin reproducir esta histórica impunidad que nos tiene hasta las tetas. Nos merecemos ser protagonistas de una historia que no puede -nunca más- pasarnos por encima.

Esta columna se llamará Gata Fiera y buscará ampliar la perspectiva feminista desde esos arañazos que dejaron el 25 de julio y 8 de agosto, noches en que la impunidad de este país amenazó de muerte a las feministas de verde. Palizas con las que Chile nos dió la razón.

Author

Escritora y comunicadora. Autora de Ciertos Ruidos, nuevas tribus urbanas chilenas" (Planeta, 2009), Patio 29, la democracia imaginaria (Animita Cartonera, 2007) y del poemario Piñata (2011, Auto). Investiga sobre feminismo y música urbana, pinta acuarelas y cuida las plantas.