Los trastornos del peso ya sean para bajar o para subir, para adormecer el estómago o hacerlo sufrir, son a) autodestructivos, por supuesto, b) un statement en contra de otros statements. Un statement lleno de vergüenza, pero que se escuda en el orgullo de la persona. Sea hombre o mujer. No quiero hablar sólo de mujeres, porque los trastornos masculinos existen y suelen tener las mismas causas que las femeninas.

Me enseñaron que el estómago tiene tantas terminaciones nerviosas como el cerebro, pero a diferencia del cerebro, las personas recibimos las emociones con el estómago. Te enamoras, te duele la guata. Te pones nervioso, te duele la guata. Te emocionas, pasa por la guata. Más allá de bajar de peso, tu relación con lo que comes también pasa por eso. Por adormecer el estómago. Por callarlo, por no permitirle hablarte.

Este tipo de trastornos siempre se tratan de sanar con métodos externos. Con dietas, forzando a la gente comer, inscribiéndolas en el gimnasio, metiéndoles papilla por un tubo. Pero es la racionalización de la emocionalidad lo que hay que atacar. Es ver cuál es la pata coja ahí. No afuera, adentro. En ambos cerebros. Eso, para lograr una vida saludable, digo. Más allá de lograr los objetivos estéticos.

Saludable mental y físicamente. Mentalmente primero, porque al final es lo que creemos, de lo que estamos seguros, lo que va a desembocar en una apariencia. Lo que aprendimos, lo que echó raíces en nuestra forma de ser. No lo que te dicen de fuera. No lo que te tratan de inculcar, sino lo que aprendiste. A veces de golpe, otras veces con un proceso que requiere de ayuda constante y concientización de tu cuerpo.

Está de más decir que los trastornos de la alimentación que afectan tan fuertemente al cuerpo pasando de algo sano a la obesidad o a la anorexia, son formas autodestructivas de decir algo. Como cuando los niños chicos se hacen pipí en la cama y en el fondo es una manifestación inconsciente de un miedo. Llevar tu cuerpo a niveles de riesgo para un lado o para el otro es decirle al mundo que te estás matando porque hay algo que te pasa que ni tú entiendes. Que no lo puedes verbalizar. Que prefieres no saberlo tampoco.

Es un proceso más lento que con las drogas, que permiten la evasión. Que también te adormecen, que también te matan. Comer o no comer es algo que está a la mano y por lo general, es algo que parte con un evento traumático (muchas veces antes de la adolescencia), cuando tenemos menos herramientas para explicarnos a nosotros mismos qué acaba de pasar.

Por lo general, estos trastornos tienen que ver con el miedo al rechazo. O con haberse sentido rechazados, traicionados, haberse sentido perdidos y solos. El miedo al rechazo es la consecuencia de una herida en el autoestima. No queda más que destruirlo y es fácil caer en la despersonalización del cuerpo y ver a otra persona en el espejo en vez de a uno mismo. Pasa colado porque el miedo te lo tapa: El miedo es tu percepción de la realidad. El miedo es lo que no te deja ver otras cosas ni te deja aprender.

También es más fácil quedarse ahí en el miedo. Controlarlo a través del azúcar o la falta de ella. La satisfacción de adormecerse es demasiado grande. De drogarse es demasiado grande. Cuando uno tiene miedo piensa sólo en el miedo. En sobrevivir al miedo. No piensa en el amor propio, no piensa en el amor al resto, no piensa en cosas buenas o malas. Sólo en sobrevivir. Pasa nomás. Es como un Inception y a veces no te diste cuenta y tu percepción de la realidad evolucionó a un punto que es poco saludable, que te está matando, pero eres incapaz de ver otra cosa. No hay otra cosa. No existe. Otra posibilidad no existe. Mientras la anorexia es una venganza, la obesidad es la culpa.

Es cuando uno se da cuenta de algo y asume responsabilidades consigo mismo que uno cambia. Antes es imposible. Hay mucho miedo y por lo tanto mucho que perder.

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26, Santiago. Hace un año y medio se corcheteó la guata para no volver a tocar los postres. Los extraña, rabea, pero en secreto le encanta que la talla M (y la S grande) le quede buena.