Por Jocelyn Zavala

“Era intensamente buscada por su familia luego que desapareciera en Quillota el sábado pasado. Su cuerpo fue encontrado con signos de golpes y amarrada de manos”.

Hoy me siento segura.

Nos gusta caminar por la Alameda con este aire de inmunidad, si hasta parece que los pacos a lo tortugas ninja nos protegen de las humillaciones con sus escudos y pistolas que parecen de juguete. Es que “las grandes alamedas por donde pasa el hombre libre” tiene letra chica: una oferta válida para hombre blanco, de preferencia heterosexual, de esos que abundan en  la ciudad en horario de oficina. Pantalones Dockers, cafecito en la mano, mientras juega a conquistar un trozo de esta ciudad en la que es tan sencillo quedarse atrás.

Somos muchos (no muchas); somos tantos, que parecemos unidos por la fuerza del átomo, como cuando sacabas la plastilina de la cajita y amasabas ese mojoncito/arcoíris, luego indivisible, porque la cotidiana escala de grises se tomó sabático y aquí conviven armónicamente un mix de tacones a lo Lady Gaga, lycra, maquillaje sobrecargado, cerveza, quequitos de marihuana y hamburguesas de soya. Bailamos cumbia, sonidos electrónicos y caminamos de la mano.

Nos tomamos fotos, muchas fotos porque todos están indescriptiblemente felices, hoy yo me siento feliz. En esta tregua de cuatro horas cortaron el tránsito y yo me olvido de las miserias, ignoramos incluso a una fogata subversiva, un guiño que nos recuerda apenas que nada es perfecto, incluso aquí nada es perfecto. La masa amorfa multicolor no resiste la mirada microscópica, porque si analizas el detalle se nos ven las heridas. Esta marcha tiene los zapatos rotos.

Esta vez -y solo por un tiempo limitado- todos quieren ser parte del loquerío y hasta los perros vinieron con su disfraz tiernucho diverso; el heterosexual fachito que se codea con los otros fachitos que animan los matinales también vino a la fiesta. El activo piola sin ambiente también hace lo suyo al dejarse besuquear, y para festejar se amarró al espinazo un pañuelo con la bandera dibujada, otros se tiñeron la barba con escarchas y demases, no sabe bien si para celebrar o para pasar piola.

No sea que lo vea el papito y le deje de pagar la carrera profesional.
No sea que me vean los amigos del crossfit y entonces con quién me tomo las piscolas del viernes, y entonces a quién le cuento mis romances imaginarios con minas inexistentes, perrito, papá.

Esta marcha tiene los zapatos rotos. Lo recuerdo porque allá a lo lejos hay una chiquilla que no deja de mirarme. Tenía 23, pero se ve pequeñita, no más de 17 con ese look anacrónico emo, pokemón que a todas confunde.

Camiona hermosa, hasta las niñas más lindas de la ciudad se vieron intimidadas por esa belleza andrógina, por esa presencia de adolescente soberbia, de escolar sin afeitar. Ni esos brazos de gimnasio, ni la nariz perforada para imponer rudeza pudieron protegerte de la tortura, y ahora tu rostro impreso en una laminita tamaño carta, hace que el frío se me cuele por los pies.

Te juro que duele caminar, pesas porque alguien pegó esa imagen tuya a mis espaldas, y debo cargarte todo el camino procurando que en esta parafernalia de año nuevo chino, llegues con el rostro intacto. Y así caminamos juntas mientras me cuentas de la vida en Quillota, del trabajo de las temporeras, de parecer ruda, de ser lesbiana en un pueblo de mierda que no sabe de diferencias, de la tremenda contradicción en tu vida, que de tanto evadir el trabajo de la tierra terminaste en una zanja con la cara y el cuerpo destrozados.

Me pesa tu historia.
Me pesa la conciencia.
Me pesa incluso el carnaval aburguesado de esta procesión maricueca que se piensa New York o San Francisco, porque los auspiciadores se van a ir y volverán con su merchandising que juega a ser abierto a la diversidad, pero volverá mañana con el discurso homofóbico habitual.

La Alameda también volverá con su tráfico insufrible, así como volverán los vendedores de Super8 y todo el comercio ambulante. Volveremos a transitar en filita india sin mirarnos las caras.

Los maricones de la tele volverán a descuerarte en el programa de farándula si te ven mal vestida.

Volverán los besuqueos que no distinguen clases sociales mientras estamos a oscuras.

Volverán las fiestas inclusivas que se reservan derecho de admisión. Todo volverá a ser como antes luego de esta pequeña tregua.

Lo único que no volverá es ese cuerpo, menudo, frágil, el piercing y el jockey al revés regresando sonriente a tu casa.

*Foto: Loreto Ledezma

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Y lloramos si queremos.