*Por Arelis Uribe

Hace un tiempo le dediqué una columna a Cayuqueo, “Sólo por ser mujeres: el machismo en las crónicas de Pedro Cayuqueo”, y la escribí con bronca, porque cuando leí su libro “Sólo por ser Indios”, me di cuenta de tres cosas: uno, hacía comentarios fomes e innecesarios sobre las mujeres y su cuerpo, para hacerse el simpático. Dos, cuando remembraba los tiempos dorados en los que Chile y el pueblo mapuche tenían relaciones diplomáticas, esa forma de hacer política siempre la protagonizaban hombres. Y tres, al acuñar el español, Cayuqueo asimiló los patriarcales modos de esta lengua, en la que todo lo general y neutral se denomina varón.

Entonces no me aguanté la rabia y la pena y me puse a escribir.

A la columna le fue bien, harta gente adhirió. Incluso hubo personas que me mandaron mails para seguir dándole al tema, como una profesora mapuche argentina y una ilustradora chilena que me pidió una entrevista. Hablé harto con esa ilustradora. En uno de sus correos me envió una lista de preguntas y una de ellas me dejó mal. “¿Cuáles son tus escritores favoritos?”. Al principio empecé a responder feliz, enumeré varios escritores: Bolaño, Zambra, Cortázar, Irving, Kerouac, Cervantes, Orwell, en fin, tiré como veinte nombres. De repente me di cuenta de que eran todos hombres. Me paré del computador y me puse a revisar el librero. Mierda, pensé, más del noventa por ciento de mis libros son de autores hombres. Qué poco paritario es mi consumo cultural.

Me sentí horrible. Descubrí que soy cómplice pasiva del collage de la exclusión.

Siempre colecciono cosas. Junto esas monedas de diez pesos en las que sale el ángel de la liberación marxista de Pinochet (numismática se llama ese vicio extraño), me gusta coleccionar citas de libros (ese otro se llama florilegio) y también juntaba, mentalmente, espacios en los que las mujeres estaban excluidas e invisibilizadas. Nunca pensé que mis gustos literarios podrían ser objeto de mi propia colección.

A mi collage donde Gabriela Mistral es la única mujer en los billetes chilenos, Bachelet es la primera presidenta en cientos de republicanos años y los héroes de la patria son todos varones, tuve que sumarle la preponderancia de autores masculinos en mi biblioteca personal.

Entonces me propuse no ser machista conmigo misma y abrirme a las voces femeninas opacadas. Sumar a la lista de grandes escritoras, como la Marjane Satrapi autora de Persépolis, la chilena María José Viera-Gallo, la Marguerite Duras o la cronista Alma Guillermoprieto –que en uno de sus libros habla sobre el acoso sexual callejero que vivía en Cuba-, otras mujeres que narran desde la particularidad de ser mujer –parir, menstruar y tener pechos nos hace particulares– pero desde reflexiones universales y profundas.

Después de achacarme por mi conducta inconsciente, que reproduce la exclusión femenina de este orden patriarcal, me alegré, porque mi biblioteca es mía y, como tal, es un espacio donde la discriminación positiva tiene incidencia. Ésa es mi nueva meta: leer propiciando la igualdad. No permitir que las palabras sean otro espacio de maltrato, mucho menos contra mi propio género. La paridad comienza por casa.