El otro día pensaba, qué alivio que en Chile la mujer no se cambia el apellido al de su esposo, como lo hacen los gringos. Sería como pasar de ser propiedad de mi papá a ser propiedad de mi pareja. Qué bueno también, me decía, que los apellidos compuestos parecen arcaísmos y ya nadie los usa. Qué horrible ser una “Arolas Uribe de Apellido de mi Pololo”, es muy anuncio de propiedad. Los apellidos hablan del origen. Nuestros apellidos son el registro final de dos personas distintas que se unieron un momento. El apellido de mi papá al lado del apellido de mi mamá en la composición de mi nombre, es la inscripción de mi historia familiar sobre mi cuerpo, como si yo fuera un texto flotante que cargara esa unión.

Después pensé que sería mejor poner el apellido de la mujer primero, en vez del masculino. Como una reivindicación. Ahí me di cuenta de que el primer apellido de mi mamá es el apellido de mi abuelo y que su segundo apellido, el de mi abuela, es el de mi bisabuelo. Descubrí con horror y tristeza que no hay apellidos femeninos. Si una se pone a rastrear, los apellidos de las mujeres siempre son el apellido de otro hombre.

Sentí que, aunque tengo nombre, no tengo origen. Existo coyunturalmente como persona, pero si quisiera ahondar en la identidad de las mujeres que me precedieron, de mis madres prístinas, los apellidos serían un lugar vacío, un espacio donde lo femenino está exiliado. Otro espacio donde las mujeres no existimos.

Más pena me dio cuando, leyendo una biografía de Malcolm X, entendí esa equis en su nombre. El texto decía que después de sumarse a la Nación del Islam, Malcolm abandonó su apellido anglosajón (Little), porque era considerado un apellido de esclavos. Como los africanos esclavizados eran desprovistos de su apellido original y rebautizados con el de sus nuevos dueños en Estados Unidos, Malcolm lo sustituyó por el signo matemático de la incógnita: la X.

Las mujeres y los esclavos se cambian el apellido por el de un hombre que es su dueño. La historia de las mujeres, su cuerpo y su registro, son anécdotas condenadas a desaparecer. El otro día escribía sobre la reivindicación de mi biblioteca, que me di cuenta de que tenía sólo libros de autores hombres y que ahora quería empezar a leer mujeres. Tuve esperanza en el equilibrio entre las personas. Pero ahora, pensando en el apellido, se me acaba un poco la alegría. Aunque llene mi biblioteca de Marjane Satrapi, Alma Guillermoprieto y Violeta Parra, el despojo sexista y político que sufrimos en los apellidos es una injusticia que no sé cómo cambiar.

Es fuerte lo simbólico. Es verdad eso de que las palabras construyen realidad. No queda otra que hacer la revolución femenina no desde la sangre o las cabezas que ruedan (por favor no), sino desde el lenguaje. A ver cómo nos inventamos apellidos y palabras para nosotras, allí donde, por ahora, no existen o no nos representan.

  • Sumi

    Deberíamos empezar aboliendo el título de “señorita” para mujeres no casadas. Esto sí me parece algo súper simbólico, que una antes de ser esposa de alguien y ser validada por un hombre, no la toman tan en serio y el trato es con diminutivo. En cambio, “señorito” para hombres solo lo usaríamos de forma despectiva.

  • Mailen

    Te apoyo, Sumi. Yo tuve una profe (una seca) que me contaba que cuando le preguntaban eso, decía: ‘Dígame Doña; cambia algo el que esté casada o soltera?’. Y sí po, toda la razón.