No siempre es fácil. Sobre todo cuando una viene de una familia católica-apostólica-romana, como dice mi mamá. No es fácil cuando el abuelo más más más cercano -y amado- es diácono y cuando, al final del día, las monjas con las que he compartido y que van a tomar once con mi mamá, igual me caen re bien.

Pero no puedo hacerme la lesa: no puedo no decir algo sobre la visita del Papa.

“La dignidad no se toca; se cuida, se custodia, se acaricia. Nadie puede ser privado de la dignidad”, dijo el Papa en la cárcel de mujeres que visitó en Santiago.

No pretendo ahondar en la relación, incidencia y responsabilidad que tiene la Iglesia Católica sobre la sociedad patriarcal en la que vivimos y sobre la culpa de las muchas desigualdades de género que nos oprimen todos los días, porque se podría escribir un libro de varios tomos sobre eso. Pero sí quiero decir: ¿me estás hueviando?

¿Qué es eso de decir que la dignidad no se toca? ¿Desde qué lugar el Papa Francisco dice que nadie puede ser privado de la dignidad? No sólo mencionar el apoyo irrestricto al obispo Barros, acusado de encubrir a Karadima -además de declarar a la prensa que las acusaciones eran calumnias DOS días después de haber pedido perdón por los abusos sexuales a menores por parte de sacerdotes-, sino también las recriminaciones en su contra por parte de organizaciones de defensa de los derechos humanos que lo indican como delator de dos sacerdotes a la dictadura militar argentina. Sacerdotes que fueron secuestrados y torturados en la ex ESMA, uno de los principales centros clandestinos de detención y tortura del régimen.

¿Qué es eso de decir que la dignidad no se toca? ¿Es broma? Si justamente es él el que prefiere ver a una mujer morir por un embarazo extremadamente complejo a practicarle un aborto seguro. Digno. Es la Iglesia Católica la que prefiere condenar a una mujer a vivir con el recuerdo de una violación -un momento donde se pierde toda dignidad-, prefiere mantenerla en su rol de complemento y no darle -por ningún motivo- su propio valor por ser persona.

¿Qué es eso de decir que la dignidad no se toca? Sobre todo cuando, según su entendimiento, las mujeres estamos atadas a un rol, que se debe evitar referirse a nosotras sólo por la función que cumplimos en la sociedad ,“sin tener en cuenta que la mujer, en la humanidad, cumple una misión que va más allá y que no puede ofrecer ningún hombre: el hombre no trae la armonía, la trae ella (…) que nos enseña a valorar, a amar con ternura, y que hace que el mundo sea una cosa hermosa” (febrero, 2017).

No es digno, de ninguna manera y en ningún nivel, estar atada/condenada a ser de una forma, a entregar algo que -tal vez- no quiero/puedo entregar, ser algo que no quiero ser. Una vida digna es una vida justa, con educación y salud como derecho, con igualdad, donde a las personas se les trate como tales y no según su sexo, género o de qué familia vienen o de cuánto dinero tengan. Pero sabemos que no. Al turismo social, le sumamos también el turismo religioso en Maipú. Mientras pasa todo eso, las mujeres pobres y madres en un Chile machista, están en la cárcel y sus hijos quedan, entonces, a la intemperie, abandonados a criarse en el mismo ambiente, sin posibilidad de romper el círculo. Así se lo recordó la capellana Nelly León al papa: “En Chile se encarcela la pobreza”. Y así es, nomás.

Con esto y más, una va entendiendo cuáles son las aproximaciones de la iglesia. Como esto: “¿Cuántos chicos tenés? «No, no tenemos, porque, claro, nos gusta salir de vacaciones, ir a turismo, quiero comprarme una quinta». El lujo y el confort, y los hijos quedan y, cuando quisiste tener uno, ya se te pasó la hora. Qué daño que hace eso, ¿eh?”. No, fíjese: daño hacen los padres que no quieren a sus hijos, esos padres que no vieron otro camino que el de tener descendencia, sin una decisión propia y reflexionada, transformándose sólo en un paso más en la vida. Eso sí hace daño.

¿Y sobre la esterilidad? En la homilía de la Casa Santa Marta el 19 de diciembre pasado, el Papa me condenó: “Es verdad, el diablo quiere la esterilidad (física, espiritual y material)”. Pero estoy tranquila (?), rezó por mi: “Ven Señor, llena la cuna, llena mi corazón y empújame a dar vida, a ser fecundo”.

¿Qué le digo? Conmigo no, papurri.

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Periodista, maniática y lectora compulsiva. Feminismo, revolución y educación. Papas fritas, siempre.