Antes de empezar a leer, pensé que este libro era un compendio vacío de anécdotas sexuales. Que Confesiones de una Soltera era el diario de vida de una ninfómana. Y quizá también es eso, pero de la forma más política, chistosa e inteligente que se puede narrar. Porque Paola Molina no es una vagina desechable y sumisa usada por hombres desconocidos, es una mujer que sabe que el sexo es poder. Y ese poder es usado de una forma muy desgarradora: como un escape para sentirse menos sola.

Después de leer a Paola, pienso que aunque nuestros libros y biografías son diferentes, igual pertenecen al mismo universo precario y femenino. Esta es una novela de formación, que relata lo que significa crecer en una población periférica, viviendo de allegada, caminando por pasajes que huelen a pichí y sintiendo vergüenza del origen. Es un libro que habla de la familia como el origen de todas las violencias.

Separé las piezas de este libro para poder analizarlas y encontré seis dimensiones que les quiero compartir.

1. Un libro pueblo

Paola Molina sabe perfectamente la diferencia entre decir y mostrar. No es lo mismo escribir: “Ingrid Olderock era una vieja mala”, que decir “Ingrid Olderock entrenaba perros policiales para violar a presas políticas”. No es lo mismo decir “mi infancia fue pobre y precaria”, que decir “esto lo descubrí en una micro amarilla” o “Hasta que no pudo encalillarse para pagar un dentista, mi mamá sonrió con la mano tapada” o “La María José tenía papás con plata, era la única con ampliación de segundo piso en la cuadra”.

Son pequeños detalles, destellos que fluyen de forma natural en sus frases, que nos sitúan en colegios donde las niñas juegan a la ouija con hojas de cuaderno, en pasajes donde los papás salen a regar sin polera, en mujeres que se van con su pinche después de la disco a comprar sopaipillas en un carrito cerca del Río Mapocho. Éste es un libro que nos recuerda que la clase no es una tribu urbana, sino algo que nos pasa. Y Paola se posiciona en la trinchera de la lucha de clases. Está lleno de niños que en vez de salir de vacaciones, se emocionan porque van a la tele. De gente que cuando va por primera vez al barrio alto, piensa que Lo Barnechea está tan arriba “que hay que bajar a tomar la micro en trineo”.

En esta prosa se luce la forma más astuta de hacer crítica de clase.

2. Un libro política y pop

Otra dimensión en la que sintonicé con Paola es en el cruce entre el pop y la política. Me encanta cuando se logra eso. Y Confesiones de una Soltera está lleno. Desde los nombres de los capítulos, que sintetizan muy bien el adultocentrismo al decir “La dictadura de la infancia”, hasta frases lúcidas que ya publiqué en Twitter, como “Los 90 nos dejaron mucho pop y pocos cuestionamientos estructurales”.

Aparecen las historias de Sabatini, que es el mismo universo Noesnalaferia que a las nostálgicas de los 90 nos encanta revivir. Paola habla de esa guerra interna que separaba las casas chilenas entre las que veían la teleserie del siete o las del trece. Escribe Paola: “Había besos, pero no como los de TVN, recatados y pequeños como el Chile de la época”. Y también hay guiños cochinos, brillantes, a la herida que todavía divide a este país. Escribe Paola: “Lo espero tan abierta que podríamos haber marchado ahí en vez de usar las grandes alamedas”. Y después: “culiamos sin condón, porque soy hueona, porque soy ansiosa, porque en mi colegio no me enseñaron sexualidad y porque Pinochet al final tiene la culpa de todo”.

Y es verdad, aunque crecimos en “democracia”, sabemos que Pinochet siempre tiene la culpa de todo.

3. Un libro conchasumadre que eres chistosa

Hay algo que nos distancia como autoras con Paola. A mí las cosas me indignan tanto que sólo puedo escribir textos emo políticos. Ella, en cambio, es capaz de hacer humor en la miseria. Me recuerda a Voces de Chernóbil, cuando Svetlana Aléxievich cuenta las bromas que hacían los hombres sobre la caída del pene después de padecer la radioactividad. Reírnos de lo más cruel es una forma de distender el ambiente. Una vez leí un texto de un preso en Cuatro Álamos, que decía que estando detenidos hacían teatro porque “estar triste es estar preso dos veces”.

La tía Maritza está sola un día viernes, en el living, tomando un trago. La escena roza la soledad más miserable. Y una Paola niña se pregunta: “¿Por qué chucha alguien carretea sola viendo Informe Especial?”. O cuenta de la vez que entró a un cumpleaños ajeno a los 11 años y se dio cuenta sólo cuando le cantaron cumpleaños feliz a una señora de 50. O dice: “Mi flujo es tan abundante que en lugar de una copita necesita un florero menstrual”. Y después “Si se me pierde adentro una copita talla M es porque tengo la vagina del porte de la cueva de Los Pincheira”.

Es tan chistosa Paola Molina, pero en el fondo pienso que es porque está muy triste. Aristóteles escribió: “con las mismas letras se puede escribir una tragedia o una comedia”. El absurdo y esta vida llena de golpes nos puede tirar al suelo. Pero Paola prefiere reírse. Y la admiro por eso.

4. Un libro feminista

No me gusta pasarle el feministómetro a nadie. Una amiga dice que el feminismo es cuestionar las relaciones de poder entre los géneros. Yo pienso que sí, pero también pienso que el feminismo es reconocerse machista y comenzar la rehabilitación. Es transitar por lógicas violentas a otras de resistencia, cuidado y colaboración.

En este libro se reconoce el sexo como una circunstancia política. La Solte sabe eso mismo que dice Frank Underwood en House of Cards: todo se trata sobre sexo, excepto el sexo; el sexo se trata de poder. Y una de las primeras intuiciones de la narradora es que el machismo enseña a las mujeres a usar el sexo para complacer a los hombres y no a sí mismas. Lo piensa cuando descubre la revista Cosmopolitan y escribe:

“Esa fue la primera vez que tuve noción de que para agradarle a un hombre había que hacer cosas, había que seguir pasos, había que estar linda según un parámetro universal, había que mostrar teta, había que esperarlo maquillada y candente. Esa revista me mostró la palabra sexy. Y, por un momento, quise ser parte de esa mierda”.

La Solte viene de un hogar tan quebrado que utiliza el sexo como escape. Muchos de estos polvos son forzados y se dieron solo porque la protagonista ofreció una chupada a cambio de un par de horas lejos de su casa. En el extracto más impresionante de todo el libro, la Solte se confiesa y cuenta justamente esto, que aprendió a tirar como transacción de otra cosa que no tiene nada que ver con el placer propio. Y esa es una traición tan grande. Dice la Solte:

“Ahí la cosa no cambió tanto, porque tiré para no decir que no, para no ser pesada, para no hacerlos sentir mal, para pagar la cita a la que me habían invitado. Tiré porque ya estaba en su casa y sería descortés dejarlo con ganas. Tiré para gustarle a alguien y unas pocas para ser liberal. Tiré para no llegar a mi casa algunas noches y otras porque en teoría el compañero era mino y popular. Tiré de ebria con el que me joteara o me hiciera sentir especial, tiré a veces sin estar segura, pero sentía que había que aperrar. Ahora recuerdo esas veces como autoviolaciones, pero la vida se pone más sabia a medida que vamos juntando llantos en la ducha, cistitis por gente que no importa, por cachas malas, por hombres que luego de eyacular no te siguieron estimulando o cuando te das cuenta que por tirártelo no necesariamente le vas a gustar. Luego te aburres y un día decides dejar de usar las cachas para enamorar, para buscar atención y encuentras que el único parámetro a la hora de culiar es estar mojada”.

Al pasar los años, esa transacción sumisa desaparece, se cuestiona y ahí comienza la novela de formación, cuando la narradora se analiza y espera rehabilitarse de eso que ella misma ha tolerado. Entonces aparecen otras historias e imágenes, como su amistad con “la cuica más sucia que conoce”. Y vemos cómo surgen otras formas de resistir a la soledad y a la dependencia de afectos, vemos la sororidad o solidaridad entre mujeres, que es el más bello ejercicio de feminismo. Dice Molina sobre esta amistad: “sentimos que ambas usamos nuestro talento para mimar a la otra” y “me gustaba estar acompañada por alguien que conocía mis pesadillas”. A falta de hombres comprensivos, llegan a la vida de la autora compañeras con las que compartirse vulnerable sin ser abusadas por eso. Y en un mundo machista, esa parece la única resistencia.

6. Un libro igual te amo mamá

No sé dónde leí que cuando una sana el rollo con su familia entonces se sana por completo. También leí que crecer es dejar de quejarse de la infancia. Jorge González escribió: todo el mundo dice que vive sufriendo como nadie más, cuéntame una historia original. Todas las infancias fueron difíciles. La de Paola, caminando sola a la casa después del colegio, siendo molestada porque su mamá es fea o porque es guacha, y también la vida de esos mismos niños, cuyos papás les pegaban con la correa porque son mariquitas o por cualquier cosa.

Son niñas abandonadas porque su familia tiene que trabajar demasiado, trabajan cuidando a los hijos o a las familias cuicas, descuidando la suya, porque las nanas no tienen nanas. Y pese a todo, a la mamá se la quiere siempre, aunque no tenga dientes y aunque no esté nunca y aunque cuando esté lo haga mal. Y en una mezcla de resentimiento de clase y de amor, en los episodios en que su mamá se está muriendo, Paola escribe:

“El hospital ya no parecía un lugar para sanarse, sino un depósito de cuerpos vulnerables que nadie sabe si estarán frescos para navidad (…) ojalá la fecha de vencimiento sea como la de los yogures o las cremas, que siempre duran más”. Y luego: “Quiero que estemos en una clínica para que el doctor nos hable con más tiempo”. Y yo pensé: a nadie que se lo estén cagando sabe que no se lo están cagando. Ninguna persona a la que le han robado la dignidad es ingenuo en el trato indigno.

Todo este análisis me hizo pensar que Paola Molina es la Lena Dunham de Maipú, la Tina Fey de la pobla. Escribe con sangre, que es la única literatura que vale la pena, esa que se hace el harakiri, que ha sufrido de verdad y no es cuica, ni complaciente ni aséptica. Es una sensibilidad que se sabe tan precaria, con tantas carencias, que hasta el afecto es algo por lo que hay que luchar y en esa desesperación —porque la necesidad genera dependencia— esta chiquilla tranza su culo lacio, como diría Lemebel, con tal de tener un poco más de compañía.

Me encantó este libro porque nos duele lo mismo, porque venimos de la misma periferia y ahora estamos acá, las dos, publicando nuestras vidas. Paola Molina es la hermana escritora que estaba esperando.

Vida culiá hermosa, háganla película.

Author

Periodista y autora de Quiltras