Por Paula M.

Sucedió de madrugada. Llegué a la casa y vi ropa de hombre, botellas de vino vacías y escuché ruido. Supe que mi amiga cuyo nombre no diré estaba con su novio. Tampoco voy a decir mi nombre y no es por vergüenza, es porque aún hay víctimas no reconocidas en este caso. Necesito protegerla a ella, pero no le tengo miedo a él. Se llama Pablo, tiene 40 años, tres hijos, trabaja en el audiovisual. La persona que intentará agredirte es así: un padre, un hermano, un amigo. Un hombre común. En este caso fue el novio de mi amiga. Alguien en quien nunca confié, por quien siempre sentí miedo y asco. Pero darle crédito a ella fue restarme crédito a mí. Porque pese a que salen hace dos años, sus amigas lo vimos solo un par de veces. Porque ella nunca nos contó nada respecto a él, porque ella no frecuenta los círculos de él ni él los de ella. Porque son innumerables veces las que la dejó plantada. Porque pese a lo que ella decía era evidente que él interés de él es puramente sexual.

La primera vez que me hizo un ruido extraño fue hace ocho meses cuando estábamos en una fiesta. Ella se emborrachó al punto de no poder estar de pie sin tropezar, y comenzó a llamarlo. Tuve que quitarle el celular y llevármela a la casa. Fue la primera vez que hablamos de esto. De lo mal que la hacía sentir. Le dije que terminaran, pero ella no dejó de buscarlo. Una vez me dijo que lo invitaría a cenar y mientras yo iba saliendo la encontré guardando la carne que había preparado diciendo con un tono de no me importa realmente que él no iba a ir. Le dije que saliera conmigo, y esto pasó muchas veces. Pero de nuevo me guardé mi opinión más sincera por darle crédito a ella. Decir: mi amiga no es tonta, ella sabe.

Hace dos meses salimos de un evento a las 9 de la noche, ella nos había confesado que a Pablo le tocaba estar con sus hijos, pero iba a buscar a alguien más que los cuidara para reunirse con ella. Dijo que sabía que estaba mal pero le encantaba. A nosotras nos pareció mal también pero le seguimos el juego. Pasaron las horas y dejó de hablar de él. Salimos y buscamos un lugar para comer. Ella miraba insistentemente el celular. Se terminó la comida, la cerveza e íbamos por el tercer cigarro cuando mi amiga K le pregunta directamente qué estábamos haciendo, si acaso estábamos haciendo hora junto a ella. Estuvimos hasta las 2 de la madrugada acompañándola en la calle, quemando cigarros hasta que Pablo la fue a buscar. Esa vez a ambas nos hizo demasiado ruido la situación, pero de nuevo le dimos crédito.

Tuve ocasión de compartir con Pablo una noche que fue a la casa. Compró mucho vino y no me pareció una mala persona. Pero de nuevo el ruido. Mientras hablaba miró el tatuaje que tengo en la muñeca y me tomó el brazo para decirme lo lindo que era. Yo sentí un coqueteo extraño, le aparté el brazo y le dije no me toques. Al otro día lo comentamos con mi amiga, quien usó la misma palabra: coqueteo, pero lo vimos como una forma en que él buscó “caerme bien”.

La penúltima vez que él durmió en la casa yo desperté y encontré mi puerta abierta. Se lo comenté a ella pero yo misma no le di importancia. Dije debo haber ido a mear y no la cerré a la vuelta.

El sábado salí todo el día, fui a una feria de fanzines donde le compré una ilustración a ella. Llegué a la casa de madrugada y escuché que estaban follando, así que metí ruido a propósito para que supieran que no estaban solos. Mi amiga salió a saludarme y vi en su cara lo ebria que estaba. Me dijo algo incoherente como “qué bueno que llegaste porque no sabía dónde estabas”. No dije nada, pero pensé ¿y si quería saber dónde estaba, por qué no me escribió?

Comí y chatee con amigxs que estaban despiertos a esa hora y me fui a dormir.
De pronto desperté de la nada. Segundos después abrieron mi puerta. Pablo estaba en calzoncillos de pie en el umbral, mirándome. Me cagué de miedo, aún me demoré unos segundos más en decirle quien era yo, y que se fuera. Emitió un sonido y cerró la puerta. Mi primer pensamiento fue qué raro, ya no le voy a regalar la postal a mi amiga.

Hay muchas formas de contar esta historia. Han pasado tres días pero pasé del “me pasó algo raro”, a “me pasó algo feo” a “pasó algo malo”.

Del “abrieron mi puerta por error” a “intentaron entrar a mi pieza”.

La mañana siguiente desperté sintiéndome rara. Supe que él seguía en la casa y me sentí incómoda. Abrí el chat y conté la situación a tres amigas. Todas lo encontraron raro, y decidí decirlo, aunque una amiga me dijo que lo dijera “como talla”.

Cuando sentí que se levantaron, me levanté también. Estaba con un pijama de short y me lo cambié por uno de pantalón. Sentí que debía “taparme” para hablar con él, para que no pensara de ninguna forma que le quería mostrar mi cuerpo.

Los encontré en la cocina tostando pan. Saludé y dirigiéndome a él dije “anoche abriste mi puerta”. Él dijo “¿qué? No, ¿a qué hora? ¿me confundí?”. Lo miré y le devolví la pregunta: “no sé, ¿te confundiste? ¿es porque yo y mi amiga somos muy parecidas? No hay tantas puertas en esta casa, ¿qué estabas buscando?”. Me dijo que nada y me pidió disculpas. Yo volví a mi pieza, cerré la puerta y empecé a llorar. Estaba tiritando. Rato después volvió a pedirme disculpas diciendo que no se acordaba. Una vez que se fue mi amiga me preguntó qué había pasado y me pidió disculpas también y pese a que en ese momento pensé que ya estábamos bien, era evidente que no.

Veía los comentarios de las amigas con quien estaba compartiendo esto en el chat: ¿qué? ¿por qué fue? ¿se confundió? ¿quién se confunde tanto? Y si estaba tan ebrio que no sabe dónde está parado, ¿no es eso grave también?. Y también esos intentos de explicarlo: los hombres hacen eso. ¿Tienes llave en tu puerta?

¿Eso debía hacer? ¿Encerrarme la próxima vez que viniera? Me dije: sí, eso haría. Si él volviera a dormir aquí yo trancaría mi puerta.

En estas horas he hablado con mi amiga dos veces más, la primera le confesé llorando que no estaba bien, que sentía mucho miedo y que no quería volver a verlo más. Anoche hablamos de nuevo y se lo dije más claro: él no puede volver a esta casa. Necesito que me creas por completo porque él dice que no se acuerda y eso quiere decir que la única que lo vivió soy yo, pero no es así, él estaba ahí, de pie, despierto. He hablado profundamente el tema con dos amigas cercanas diciéndoles: necesito perspectiva, quiero saber si estoy exagerando. Pero, si lo inventé, ¿por qué tengo una imagen tan clara de un hombre semidesnudo de pie frente a mi puerta completamente abierta observándome en la oscuridad?

No le creo que no se acuerde ni que haya estado confundido. Ni yo ni mi amiga sabemos si realmente se levantó al baño. Creo que miente. Creo que abrir mi puerta no fue un error. Sé que intentó cambiarse de pieza. Sé que quizo violarme. Y me aterra pensar qué podría haber pasado si yo no hubiera despertado antes.

Nunca pierdas la capacidad de asombrarte. Tampoco pienses que tener la razón te convierte en ganadora de algo. Ahora sé que intuí el peligro y fui capaz de salvarme.

Tristemente mi amiga aún no es capaz de verlo así. Ella tiene una relación tóxica con un sujeto del que no sabemos casi nada. Ahora sabemos esto.

La última vez que hablamos le dije vivimos un intento de cambiazo, él es peligroso y es probable que tú también estés en peligro. Es necesario que digas que él no va a entrar más en esta casa.

Ella aún no está de acuerdo con esto y me duele profundamente ver que no comprenda la gravedad de la situación. Me preocupa ver el control que él ejerce sobre ella. Trato de entender lo duro que debe ser ya que la persona que tiene el vínculo amoroso es ella. Ya le di todo el crédito, ahora necesito darme crédito a mi misma. No solo debemos decir ni una menos, sino también: ni una víctima más.

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Y lloramos si queremos.