Me refiero a la ropa, amikas jjjj. En general la ropa de mujer está dividida en dos categoría: lolah (gente joven) y mujers (señoras). Pero también existe una categoría media oculta, por ahí, en una esquina: la ropa de TALLAS ESPECIALES. Ya les había comentado la aventura de comprar ropa de tallas ESPECIALES, así que no voy a profundizar en esa materia, pero sí quiero contarles cómo fue cuando pude salir del rincón y empezar a mirar las cosas de lola y señora (sin sobrepeso, por supuesto, una señora yogui de Cachagua forrá en Rapdosia y Dimensión Azul).

Gente no preocupada de su pensión porque ya tienen millones.

Tímidamente fui buceando por la ropa. La mayoría de las hueás eran lindas o tenían una forma interesante. Quería todo y lo quería ahora, pero de solo pensar en el probador se me apretaba el corchete y recordaba los miles de intentos fallidos en que ni siquiera podía pasar un brazo por la manga. Ni hablar de los jeans, ese ítem no existe en mi closet desde que estaba en el liceo (mushosaños).

Al final no compré nada. No quería ir sola, me daba nervio, hasta que la situación se hizo insostenible: la ropa de invierno me estaba empezando a quedar tan grande que ya se veía un poco mal, como sin forma.

Así que le pedí a una amiga que me acompaña a comprar un abrigo. Por primera vez en la vida podía elegir según el diseño de la ropa en vez del tamaño. Antes el único criterio era: me cabe o no me cabe. En esos momentos estaba en talla L, que es súper encontrable. Los abrigos me entraban bien, así que ahora me preocupaba del largo, la forma de la solapa, los colores, botones, etc.

Hasta que encontramos el perfecto en forma y estilo. Lo elegí en negro porque combina con todo y no tengo plata para tener de distintos colores y andar combinando. Me lo puse altiro y boté el otro abrigo a la basura porque estaba roto pa’ la corneta, el pobre diablo.

Esa semana usé el abrigo todos los días y me sentía soñá. Hasta que empecé a notar que siempre tenía muchos pelos, aparte de los de mi gata, y cada vez era más. Como tenía el pelo largo (más abajo de los omóplatos) era como un plato de tallarines de pelo en el cuello del abrigo. “Me estai hueviando”, pensé cagada de miedo. Sabía que se me iba a caer el pelo con la baja de peso, pero nunca pensé que tanto.

¿Y qué tanto colors con el pelo? El pelo es de la única cosa de la que me podía preocupar, opinar y lucir transversalmente siendo gorda, porque estaba excluida de las conversaciones sobre ropa y ni hablar de conseguirme un vestido para un matrimonio o prestar uno. Al mundo del cuidado del pelo no le importa si eres gorda o flaca, por lo que en ese mundo me sentía bacán. Jugando con el largo, colores, peinados de mi pelo me sentía bacán y había acumulado tanto conocimiento del tema que hasta hice un blog (ahora muerto) que se llamaba La Pelo de Choclo.

Ahora mi pelo estaba débil, sin brillo y con menos volumen. A tres meses de la cirugía se me cayó la mitad del pelo y he bajado casi 25 kilos. Es bacán y también me asusto, porque siento que me estoy derritiendo en vivo y en directo. Entre que no reconozco mis brazos y toco huesos que no sabía que existían (¿clavículas, qué chucha es eso?).

La cosa es que estaba dejando la cagá en la ducha, como pueden ver en este ejemplo para nada exagerado y 100% real:

Una tarde, reflexionando en profundidad en mi escritorio de la pega y viendo cómo mi teclado, silla y abrigo estaban llenos de pelos, miré a la Charo y le dije: “hueona quiero ir a la peluquería hoy mismo a cortarme esta hueá de pelo”. Como buena amiga la Charo apañó, entendiendo la urgencia de una decisión de ese tipo: si le daba más vueltas no me iba a cortar el pelo.

¿Qué cresta máquina se hizo en el pelo?, ¿le habrán dejado la cagá?, ¿cómo reacciona la pipol con nuevo look y una persona que se derrite frente a sus ojos? Todo esto y más en la próxima Columna Obesa.

Author

Papillas de por vida, gatos y feminismo. Periodista corcheteada.