Anoche estaba haciendo el programa en la radio, conversando por teléfono con Francisca Valenzuela sobre este estudio de Ruidosa y, entre bloques, sonó ‘Abrazándote’ de Fakuta. Justo en ese momento, pasé a llevar el icono de Photobooth, que está justo al lado de Chrome. Se abrió la aplicación, con mis manos de empanada moví la camarita y salió esta foto. Cuando la miré, pensé  “soy turnia” y también “chucha, cuánto rosado, la Javiera de catorce años me hubiese odiado”.

Crecí con una colección gigante de Barbies, de todas las profesiones y mi pieza era rosada. Siempre lo fue, hasta que me cambié de casa a los 18 años. Siempre me gustaron los vestidos, exigía usarlos cuando era niña y cuando los vestía me subía con ellos a los árboles (me fracturaba y me caía, pero después de recuperarme lo hacía de nuevo), me tiraba al suelo y jugaba con barro. Digamos que nunca me creí princesa, pero tenía mi gusto por la moda muy claro.

Llegó un momento en mi vida en que pasé de amar los vestidos y el rosado a odiarlos. Eso fue cuando empecé a escuchar mucha música, entrando en la adolescencia y la socialización de ella la hacía con mis compañeros de curso, precisamente. Me gustaba todo: el pop, el rap, el punk. Todo.  Me seguía gustando también Christina Aguilera y Britney Spears, pero también tenía cedés piratas de NOFX y compilados con Tool, Placebo, Clan of Xymox o A Perfect Circle. Socializar mis gustos musicales manteniendo códigos que se aceptaban culturalmente como femeninos lo hacía mucho más difícil. Al menos, con ellos, los hombres.

El asunto es que no creían que podía tener una opinión o gusto similar por el mero hecho de usar vestidos o faldas, por tener aros de corazones o un estuche de Hello Kitty. Básicamente, por tener vagina o haber sido criada de una forma específica por haber nacido con ella. Así de estúpido. Y bueno, entrando en la adolescencia, sin las herramientas que tengo ahora, sin saber ponerle nombre a esas barreras, decidí masculinizarme para poder entrar en esas conversaciones. Pantalones más anchos, cinturones de puntas. Y solo algunas faldas. Pensar -o al menos dar a entender en lo público, aunque por dentro fuera una idea que no me terminaba nunca de cerrar- que lo que culturalmente se conocía como femenino era poco profundo.  Así fue por una temporada, afortunadamente, corta.

Creciendo y encontrándome con amigas de gustos similares, me di cuenta que mis opciones estéticas, de entretenimiento, de cultura musical o de perspectivas sobre el mundo incluso no eran incompatibles. Que nada es rígido. Que mis vestidos rosados también los podía usar un amigo si me los pedía prestados, aunque estuviese de 8 a 16.30 en un lugar en el que esa idea era de otro mundo. Que la música de hombrecitos yo también podía hacerla propia (aunque ahora me resulte cada vez menos interesante, con algunas excepciones).

Cuando en el 2004 fui al Femfest, me di cuenta de un mundo completamente diferente al que yo conocí mientras crecía (un poco progresista en la casa, especialmente machista en el colegio). El Femfest tiene toda la culpa de direccionar mis intereses, mis batallas y mi profesión. Vi que habían mujeres vestidas con faldas de flores haciéndole sonido a una con pantalones y bototos de milico. Que los hombres también se maquillaban si querían. Que podías juntar a tus amigas y hacer una banda porque sí. Que podías hablar de música con muchas personas con entusiasmo y no sentir que estabas rindiendo una prueba para entrar a un club exclusivo (más adulta, me di cuenta que el círculo de periodistas de música, casi todos hombres, era volver un poco a eso).

Cuando fui por primera vez al Femfest, sentí que había recuperado algo que había perdido. Esa alegría que demostraba mi papá cuando yo era chica y me ponía un casete en la radio, que en mis compañeros de colegio no existía. Era una prueba tras otra, una evaluación que terminaba cuando acababa la canción y que comenzaba cuando sonaba el primer compás de la siguiente. Con el Femfest recuperé la socialización de la música desde el amor hacia ella, desde el amor hacia otros. Porque compartir música es amor, finalmente.

Quedaban dos minutos de ‘Abrazándote’ de Fakuta y todo esto lo pensé en ese intervalo. Mirando la foto. Mi rosado extremo. Que me encanta. Que defendería a muerte si la Javiera de catorce años me viniera a reclamar. Le explicaría algo que ella en el fondo de su ser tiene muy claro, pero que el miedo a ser una extraña en el lugar en el que está la mayor parte de su día no le permite ver. También le diría que sigo escuchando a Britney Spears después de una canción de Tool. Que está todo bien con eso. Que va a aprender a la mala algunas cosas, como por ejemplo, no aguantar que ningún pololo le diga que no es suficiente o que sus gustos son menos importantes. Le aseguraría con mucha convicción en mi rostro que, aunque ese hueón con el que va andar a los 18 escuche buena música, no lo exime de ser un imbécil. Y que él, en pleno conocimiento de su imbecilidad, va a intentar machacarle la autoestima. Que si puede, trate de evitarlo. Si no, aprenderá viviendo, porque a los 23 se va a encontrar con otro peor, pero aún así estará más preparada.

Le diría también que va a conocer a muchas mujeres bacanes, además de su abuela y su mamá. Que va a poder tomar tequila una sola vez en su vida, después no va a ser capaz ni de olerlo. Que cuando empiece a escribir, hombres mayores que ella le van a decir que se dedique a otra cosa, pero que tiene que seguir. Que sí lo va a poder hacer, aunque tenga que trabajar el doble que los hombres de su edad. Que va a tener que demostrar algunas cosas que a ellos jamás le van a exigir. También que va a tener que trabajar muchas horas del día, sin descanso muchas veces, va a pasar años sin vacaciones, pero que va a ser feliz con lo que hace.

Que va a perder el terror que le tiene a los gatos y va a llegar todos los días a su casa muy ansiosa de abrazar a los dos que adoptó, junto al mejor compañero que se puede tener. Que se va a rodear de gente linda y también de gente fea que por unos segundos sí parece gente linda, pero que eso le hará aprender cosas. Le aseguraré también que antes de los treinta va a cumplir su sueño. Va a escribir dos libros sobre los dos temas que más le gustan, uno es la música, el otro (que aún no lo tiene claro), sobre las mujeres.

También le voy a decir que va a tener el pelo rosado. Y que le va a encantar.

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Discos por sobre ahorros en el banco. En Twitter: @javieratapiaf

  • Camola Alarcón

    <3