Hace dos semanas, en un almuerzo de trabajo, me quedé sola con un cliente, porque las demás ocho personas de la mesa fueron a una reunión. Él ofreció acompañarme mientras terminaba de comer y comenzó a meterme conversa.

Me contó que una vez había tenido un alumno que ahora era mujer. Creyendo que la identidad viene aparejada a la orientación sexual, me dijo que no entendía cómo podía haber hombres que no supieran apreciar la belleza de una mujer desnuda, sentada en una cama, con sus calzoncitos –porque si se sacan todo pierde un poco la gracia-, con el pelo largo y suelto sobre sus pechos –así, como el suyo-, naturales, sin mucho maquillaje –así, como usted-. Me explicó que no había nada más sexy que una mujer a medio vestir, sobre todo si se hacía la difícil, que le daban ganas de arrancar la ropa con los dientes.

Yo escuchaba su monólogo y no podía creer hasta donde llegaba el descaro y la violencia. Este hombre, unos 30 años mayor que yo, que recién venía conociendo, que era cliente de mi empresa, me hablaba de su homofobia y sus deseos sexuales, haciendo directa alusión a mi persona, en un ambiente de trabajo.

Hace un año, en una reunión con una poderosa empresa, me tocó presentar los resultados de un estudio a un grupo de cuatro gerentes y mi jefe. Mientras hablaba, uno de ellos sacó su teléfono y comenzó sutilmente a tomarme fotos a la altura del pecho.

Continué mi presentación mirándolo fijo, desafiándolo a ponerme nerviosa con su actitud machista y violenta. Miré a mi jefe, a los demás, nadie parecía notarlo.

Hace dos años, me tocó ir a otra reunión con los directores de una prestigiosa editorial, a quienes ya conocíamos. Mi rol era tomar nota de los acuerdos, nada muy relevante, así que pienso que olvidaron mi presencia. Al poco rato comenzaron a contarle a mis compañeros varones de la nueva incorporación de la editorial: una mujer, que describieron de pies a cabeza, para luego inventar entre todos una excusa para llamarla a la reunión. Cuando se fue, siguieron comentando sobre ella varios minutos.

También me dieron ganas de tomar nota de eso.

Ahora llevo varios meses aguantando comentarios sobre lo rica, mina, guachita que me veo, por parte de un directivo de mi empresa, porque sabe que participo activamente en el Observatorio Contra el Acoso Callejero. Le parece muy gracioso que tenga una bandera de lucha tan pintoresca y poco relevante para sus estándares.

Cuando camino por la calle y me acosan, respondo con rabia. Siempre respondo, a veces incluso los sigo y los avergüenzo frente a la gente. No me da plancha, me siento empoderada y además responsable de que estas personas al menos piensen dos veces antes de volver a hacerlo. Pero cuando estoy en el trabajo, donde veo día a día a la élite de este país entrando y saliendo de reuniones, no me da el cuero para hacer valer mi voz: ellos están en una posición privilegiada no sólo en términos de género, sino también de poder económico y político. Yo soy una persona común y necesito mi trabajo para vivir, no puedo arriesgarlo, al menos no por ahora. Vuelco mi energía y rabia día a día en mi trabajo en el Observatorio.

Muchas veces he escuchado y leído que los acosadores y los abusadores sexuales son sólo personas de origen popular. Cuán equivocados y equivocadas están. Así como hay delincuentes de cuello y corbata que se coluden o que emiten boletas falsas para hacerse más ricos, también hay machismo y acoso sexual en Lo Curro, Isidora Goyenechea y El Golf.

 

  • Patricia

    El acoso, la grosería, el machismo y falta de respeto entre tipos de cuello y corbata, es aún más desagradable y desestabilizante que la grosería lanzada al boleo en la calle. Entre profesionales, académicos universitarios, médicos en clínicas del barrio alto, etc. Los conozco bien. Fortuna que ya estoy más vieja y ya no trabajo, pero en mi vida profesional vi y soporté más de alguna vez insinuaciones, hasta tiradas de mano de hombres “respetables”, padres de familia y de misa dominical. El machismo y la brutalidad van de la mano del autoritarismo, racismo y clasismo y es mundial, porque viví en un país europeo y también recibí el acoso de tipos desubicados y machistas. Se debe educar en el respeto y la empatía desde la cuna: es un trabajo de las madres y de los padres y también de educadores y maestros.