Es difícil ser feminista en un mundo patriarcal. No sólo porque el mundo es violento y opresor con las mujeres (y con otras identidades) y una se pasa la vida demostrando que puede ser más que tetas y poto o que puede llorar a morir y después tener el temple para resolver problemas complejos. Es difícil porque cuando una es feminista le pone nombre a esas violencias y las cuestiona. Y es agotador encontrar desigualdad en todos lados. Una pierde amistades. Arruina almuerzos familiares. Se odia en el pasado. Es difícil porque una quiere transformarlo todo al tiro, pero los cambios son lentos y cuando parece que damos un paso, este sistema devuelve zarpazos de opresión que hacen sentir que todavía falta mucho. Es difícil porque dan ganas de no equivocarse nunca, de rehabilitarse rápido del machismo, pero una no se sana sólo con nombrarse feminista, una combate por dentro lo mismo que combate hacia afuera.

Es difícil porque como decían en la Matrix, la ignorancia es dicha. “Muchas mujeres se resisten al feminismo porque es una agonía ser consciente de la misoginia”, escribió Andrea Dworkin. Nosotras ya estamos ahí, reconocemos el machismo en más lugares de los que quisiéramos. Esa es la parte fea de todo esto.

Una vez leía un post en Everyday Feminism, que en español se llama algo así como “20 recordatorios que cada feminista necesita (Pero que nadie nos dice)”. Lloré cuando lo leí. Ahora lo releo y dice tantas verdades. Nos decía: eres valiente, estás haciendo lo correcto, es caleta de pega, sal de Twitter a veces, es normal equivocarse, no vas a cambiar todas las mentes, pero si cambias una, ya valió la pena. Y al final remataba con algo que una casi nunca escucha: gracias.

Pienso eso ahora, gracias feministas del pasado y del presente. Qué mejor es nuestra vida gracias a ustedes. Qué mejor es mi vida desde que conocí a mis primeras amigas feministas. Cuando pienso en ellas, pienso en las mujeres más guapas, poderosas e inteligentes que he conocido. El feminismo tiene buena mano. Con ellas, cambié el chip. Con ellas aprendí que puede existir colaboración entre mujeres y no sólo competencia por quién es la más bonita. Aprendí a entender a mi mamá, a mi abuela; y logré perdonarlas y perdonarme. Aprendí a no juzgar a quienes no tienen conciencia de género. A solidarizar lo que sé para mostrarle a más gente otros mundos posibles.

Esa es la parte bonita.

Otra cosa bonita es que esto es viral. El feminismo se contagia. Si cambié yo, que como una imbécil taché de puta a la “wena Naty”, ¿cómo no va a cambiar el mundo? Cuando pienso en lo que hemos logrado en nosotras, en nuestros círculos, en esta especie de nueva oleada feminista que vivimos, se me llena el cuerpo de esperanza. Siento que me drogo de felicidad. Sé que al final vamos a triunfar, que vamos a cambiar las cifras y nuestras relaciones humanas y nuestros cuerpos y nuestra vida. Y ahí es cuando me da orgullo ser amiga y ser parte de las feministas de los años dos mil.

Patti Smith escribió una vez sobre los 70: “Cuando pienso en esos años, pienso en una gran película en la que tuve un papel. Un pequeño papel. Un papel que nunca tendré de nuevo”. Eso siento de mí, de ustedes, de nosotras. Ya tengo nostalgia del presente. Sé que los cambios se empujan por voluntades, por personas que sacan la voz, que se sacan la cresta, que piensan y con sus ideas reconstruyen la realidad. Las admiro por eso. Como dijo Hernán Casciari sobre el movimiento #NiUnaMenos: nuestras nietas van a estar muy orgullosas de nosotras.

Ilustración: Maritza Piña

Author

Periodista y autora de Quiltras

  • valentina mancilla espinoza

    Me hiciste llorar, wachita. No te conozco y agradezco mucho que hayas escrito estas palabras!

  • Carolina Avendaño

    Me llego al corazon! Leer esto sirve para respirar profundo y seguir avanzando con ganas, explicando, corrigiendo, tratando de mover este mundo pesado y patriarcal <3