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La soledad, la cuarentena, Animal Crossing y los videojuegos

La soledad, la cuarentena, Animal Crossing y los videojuegos

Animal Crossing New Horizons

Mi historia con los videojuegos no difiere mucho del trato general hacia las mujeres en un hobby (y por qué no decirlo, mundo) principalmente dominado por hombres. Cuando niña tenía un Super Nintendo, y una especie de amigo al que le daba vergüenza admitir que era mi amigo porque se juntaba solo con niños. Con los tres míseros cartuchos que tenía, este amigo (saludos dondequiera que estés, Sebastián) me consiguió prestados todos los juegos posibles.

Yo era una niña enfermiza. Pasé más tiempo en hospitales y en mi cama que en el colegio, y en mis pulmones de niña asmática la actividad física estaba derechamente prohibida. Viví rodeada de casi puros adultos, que pese a su infinito amor, se distanciaban y esfumaban en su edad y sus problemas de adultos de mis problemas de niña, de bullying y sobre todo, soledad. La soledad que aplacaba (sin mucho éxito) en mi Super Nintendo, en mi computador y en la lectura. Quizás era una soledad privilegiada. Quizás no.

En el universo de los gamers, para mí están los jugadores solitarios y los sociales. Los sociales, impulsados por internet, lograron interactuar con otras personas a través de (en mis tiempos) entregas como Age of Empires, Ragnarok Online, Starcraft, etc. Y estaba yo: con miedo a la vida social, un buen día llegué a través de los emuladores a RPGs como The Legend of Zelda, Chrono Trigger, Illusion of Mana, Terranigma, Final Fantasy, etc. También jugaba plataformas, como Yoshi’s Island, Sonic 2, los clásicos Donkey Kong, el Cold Shadow. Era una jugadora solitaria, en definitiva.

El año 2001, Nintendo estrenó el juego Animal Crossing para la consola Nintendo 64 en Japón (consola que nunca tuve, a todo esto, porque mis papás me prohibieron las consolas por jugar prácticamente todo el día). Es un juego de simulación de vida, donde el jugador es un humano que vive en un pueblo con vecinos animales antropomórficos. En él, el humano administra de forma económica y estructural el pueblo, realizando modificaciones, adornando, y llevando a cabo actividades como pescar, cazar bichos, juntar piezas para el museo, recolectar fruta, entre otras. Todo esto en tiempo real. Además, tiene una modalidad de juego online, donde puedes visitar a alguien a través de internet, interactuando con su pueblo.

Cuando logré vencer el yugo de mis papás y su miedo a que básicamente arruinara mi vida jugando, me regalaron una Nintendo 3DS. Mi mejor amiga me recomendó Animal Crossing: New Leaf y lo compré el año 2016, cuatro años después de su estreno. Jugué y me involucré bastante con mi pueblo y sus actividades, pero debido a que no conocía a muchas personas que lo jugaran y a mi ansiedad social, lo dejé ahí juntando polvo.

Este 2020 vino lo obvio: el estreno de Animal Crossing: New Horizons (donde, a diferencia de los juegos anteriores, administras una isla) que rompió récords. El juego incluso fue denominado “fenómeno” por el New York Times y NBC News aseguró que era el refugio que necesitábamos en tiempos de COVID19. Rompió récords de ventas en Japón, superando a Pokémon Sword/Shield y en el mundo, donde destronó a las entregas anteriores de Animal Crossing. Y ahí estaba yo, un 10 de abril (unas semanas después de su estreno) con el juego en mis manos.

En un día entendí que el New Horizons había absorbido mi vida. En menos de un mes llevaba más de 200 horas de juego (incluso escribí en mi blog sobre lo que me decía mi psicóloga respecto a mi vicio), y evoqué mi propia historia, pero con un componente que se sumaba agresivamente a la ecuación: la soledad se había ido.

Para poder sacar provecho al New Horizons necesitas sí o sí entregarte a la modalidad online: vender cosas a otras personas, visitar islas, comprar nabos e ir a otro lugar a venderlos para sacar ganancias, intercambiar objetos, aprender recetas para crear cosas, adoptar vecinos nuevos, resolver simples dudas, etc. Me sumergí en comunidades de ventas y de interacción en torno al juego y aprendí (en mi analfabetismo en estas nuevas herramientas sociales) a usar Discord.

La buena onda que hay casi siempre y la voluntad de convertir este juego en algo cooperativo me devolvieron la fe en las personas de este mundillo, encontrando el obvio refugio que en los medios tanto se habla. Pensé también en que muchas mujeres efectivamente juegan Animal Crossing, rompiendo un poco los prejuicios y las hostilidades. Con muchas nos enviamos regalos a través del correo del juego o nos pasamos datos. Lo tomo como una muestra de cariño. 

Hay un sentido de comunidad, impulsado (tal vez) por la cuarentena, por la incertidumbre, por vivir en un mundo idílico fuera de esta realidad de mierda, donde hay riesgo en todas partes. En el mundo de Animal Crossing aprendes a cultivar relaciones y administrar recursos como si estuviéramos afuera, siendo personas (más o menos) funcionales. Mi psicóloga me decía que es una buena forma de aprender a ser adulto.

Animal Crossing: New Horizons para mí sin lugar a dudas será el juego que marcó el año. Tampoco es que sea autoridad sobre el tema, pero quizás sí soy autoridad en algo: en lo que significa realmente estar sola.

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