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Nos salvará la empatía que el sistema nos quita: arte, cultura y pandemia

Nos salvará la empatía que el sistema nos quita: arte, cultura y pandemia

¿Cómo puede ser posible para una sociedad que vive con el peso de 40 años de neoliberalismo encima, entender al otro o ponerse en su lugar, si es precisamente esa capacidad la que el sistema nos bloquea?

Empatía es una palabra que escucho a diario en las noticias, leo en Twitter y re-leo en los diarios. Hoy, frente al COVID-19 en Chile, el gobierno apunta en la mayoría de sus discursos a la responsabilidad individual y a esa “empatía” que suponen que debemos tener todos y todas las ciudadanas para prevenir la propagación del virus, manteniendo distancia social y quedándonos en nuestras casas, dejando absolutamente a nuestro criterio la salud de la población. Esto resulta al menos confuso, considerando que ha llegado tarde con las medidas de cuarentena y las levanta de un día para otro en comunas donde el contagio ha aumentado exponencialmente (Puente Alto en tan solo una semana triplicó sus casos llegando a 239 contagiados), quitándole a muchos trabajadores la posibilidad de aislarse y cuidar al resto. 

Con esto, no quiero decir que no tengamos efectivamente esa responsabilidad individual. Pero también me pregunto ¿cómo puede ser posible para una sociedad que vive con el peso de 40 años de neoliberalismo encima, entender al otro o ponerse en su lugar, si es precisamente esa capacidad la que el sistema nos bloquea? Hoy, cuando necesitamos más que nunca confiar en los demás y cuidarnos entre todos, se nos hace visible lo difícil que es para los y las chilenas actuar desde ese lugar.

No resulta extraño que muchos se alarmen (o incluso mofen) cuando se propone en el Congreso “ley seca”, porque si ya cuesta ponerte en el lugar de un otro, cuando ese otro es una mujer, pareciera realmente imposible. Las llamadas a Carabineros por violencia de género han aumentado 70% durante la pandemia, cifra que deja fuera un importante margen de mujeres que todavía no se atreven a pedir ayuda. En estas situaciones el alcohol tiende a ser un agravante. Pero no, eso no todos lo pueden ver, precisamente por esa falta de empatía.

Si bien la élite es aún más incapaz de ponerse en el lugar del otro, porque el sistema económico-social neoliberal, con todo lo que este implica (formas de relacionarnos, bienes a los que accedemos, acumulación desmesurada por parte de los poderosos etc.) les ha permitido estar en relación de poder frente al resto de la sociedad, nadie puede quedar ajeno a la destrucción del tejido social profunda que se ha implementado en nuestro país. Pese a nuestros esfuerzos por construir desde lo colectivo, vivimos en un sistema que, a través de mecanismos formales como, por ejemplo, la Constitución, nos exige actuar desde lo individual, salvarnos solos, no mirar para el lado. En definitiva, no entender la importancia y el valor de la otredad. 

Me parece triste y condenable el papel que juegan esas personas que aún siendo COVID-19 positivo, se pasean por las calles y espacios de abastecimiento de servicios básicos muy sueltos de cuerpo, pero no me extraña esta conducta. Al contrario, me resulta absolutamente coherente con este Chile, donde el neoliberalismo se nos metió por los poros, imponiendo lo individual por sobre lo colectivo como un mantra. Donde la educación de mercado jamás fomentó en nosotros las mal llamadas “habilidades blandas”, donde la cultura, un vehículo de emociones y trabajo grupal no es un derecho, sino un privilegio. Vivimos en un país profundamente desigual, la cancha no está rayada de la misma forma para todos, por lo que es imposible exigir empatía nacional como medida de prevención, porque si hay algo que no es propio del sistema en el que vivimos, es precisamente LA EMPATÍA.  

Hoy, en medio de esta pandemia, la situación es crítica, porque ni la gente quiere cuidar a los demás, ni el gobierno poner reglas de cuarentena que nos obliguen a quedarnos en casa, lo que dentro del corto plazo no tiene una proyección prometedora. Pero si pensamos a largo plazo ¿qué se puede hacer para modificar esta realidad individualista? ¿Qué ámbitos de la sociedad nos permitirían ser más empáticos?

Sobre lo anterior, y un poco a modo de respuesta, me parece importantísimo remarcar el rol que cumplen las instituciones culturales que hoy están viendo cómo sobrevivir, a sabiendas de que cuando toca hacer recortes son las primeras afectadas y no es coincidencia. Estas instituciones, que en diferentes niveles se han encargado de educar y volver sensibles esos espacios relegados a los aprendizajes formales, son hoy una luz de esperanza, principalmente en el arduo trabajo de reconstrucción de relaciones con los otros, la habilidad de escucharnos, de compartir un trabajo colectivo. Hablo de esas que se han reinventado para llegar a nuestras casas a través de plataformas digitales ayudándonos a escapar virtualmente de el hastío del encierro y a reflexionar con la variada oferta de contenido que entregan, todo creado, producido y pensado por los y las artistas, los mismos a los que no queremos pagarles un peso por su trabajo. Y no solo a las instituciones, por cierto, también a todos esos creadores y creadoras que hoy están aportando a superar las vicisitudes del aislamiento desde sus cuentas de Instagram u otras plataformas.

En las circunstancias actuales es cuando se puede ver más evidentemente que las sociedades exitosas no solo se conforman de una economía creciente, porque cuando nos enfrentamos a crisis como la crisis sanitaria que estamos viviendo ahora, es necesario que la sociedad también esté educada, civil y emocionalmente, de lo contrario, sucede lo que vemos hoy: una profunda desconexión de algunos con la realidad de otros y una sociedad llena de individualidades que prefieren salvarse solos antes de salvarnos juntos. Si bien la cultura no es la única salvación para esa sociedad tan desconectada de sus pares, me parece fundamental para construir una sociedad capaz de mirar al otro y ponerse en su lugar, algo que ahora podemos entender que no es una simple romanización de lo común y la empatía, sino que es una posición política, una necesidad transversal para avanzar en conjunto (hoy incluso, para salvarnos), porque de otra forma no se puede más. 

El domingo el presidente, Sebastián Piñera, dijo en El Mercurio: “Hay muchas lecciones que sacar del coronavirus: primero que una sociedad no funciona cuando todo el mundo siente que tiene puros derechos y no reconoce ningún deber. (…) Luego, que somos una comunidad y no una sola suma de individuos”. La primera parte de la declaración apunta nuevamente a la responsabilidad individual de cada uno (esa en la que tanto confían como para levantar cuarentenas a diestra y siniestra). La segunda, apunta, sin vergüenza, precisamente a todo lo opuesto a lo que encarna el sistema neoliberal y también su propia figura. Nos habla de comunidad, cuando su gestión jamás ha sido para todos, sino para los más ricos, cuando sus planes de solvencia económica solo se sustentan en créditos, que a los que no somos parte de la élite, nos tendrán endeudados hasta el fin de los tiempos (como ya ocurrió con el CAE), cuando deja nuestra supervivencia a la suerte de la banca y con ello, se niega a gobernar nuevamente.

Creo, al igual que él, que tenemos que sacar muchas lecciones del coronavirus:  primero, que nuestro sistema es débil en lo social y no garantiza nada para los que no tenemos una billetera abultada y una casa en la playa. Segundo, que es fundamental que lo común se imponga a lo individual y no solo en lo discursivo, que sea una política social, que sea parte de la nueva constitución y que se cuele en las leyes que tengan que ver con el trabajo, la salud y la educación. Tercero, que no podemos dejar en el olvido o restarle importancia a esas disciplinas culturales que nos conectan con nuestro lado más humano, porque finalmente solo esa conexión con los otros nos salvará de cualquier crisis.

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