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M de mujeres, M de Mon

M de mujeres, M de Mon

Tengo una hija de dos años y diez meses que anoche cenó, se bañó y puso pijama, para estar lista y ver el show de Mon Laferte en el Festival de Viña del Mar. Juntas, más mi compañero, vibramos, aplaudimos, movimos los brazos y gritamos “con todo sino pa qué”. A ratos, se me humedecían los ojos por todo, especialmente por ver a mi hija mirar una pantalla que entregó una imagen hermosa: mujeres sobre un escenario históricamente fascista y machista, resignificándolo como espacio y llenándolo de verdes y morados. Mujeres con el puño en alto, sin miedo, en tribu, genuinas y empoderadas.

Yo crecí con un Festival de Viña en donde en primera fila estaba el dictador con su mujer, Lucía Hiriart. En plena dictadura y con una larga lista de muertes, torturas, desapariciones y exilios, este show era un opio, una distracción, una censura. Crecí viendo cómo los y las animadoras del momento, saludaban al dictador como “suexcelenciaelpresidentedelarepúblicageneralaugustopinochetugarte”, crecí viendo cómo los medios de comunicación festinaban con Ornella Muti cuando abandonó una conferencia de prensa para amamantar a su hija de tres meses (tildándolo de hecho insólito), crecí con la imagen de las misses, las reinas, el escote este, las piernas de tal.

También crecí con mi padre viajando a Viña para trabajar durante esos días. Era la otra parte del festival, la que me gustaba porque podía dormir con mi mamá y escuchar la radio juntas, en la penumbra de la habitación, hasta que nombraran a mi papi y aplaudíamos orgullosas. Crecí esperando el merchandasing de los y las artistas: Mecano, Chayanne, Luis Miguel, Magneto, Emmanuel y no recuerdo quien más. Crecí con dos festivales de Viña: el de Chile y el de mi papá; y dejé de verlo porque de repente me pareció un sinsentido, un show patético que no me representaba en nada, un momento vacío de un país que se caía a pedazos siempre, un país cojo con un show en una ciudad con una alcaldía corrupta. Un show innecesario.

Por eso lo que pasó ayer es histórico, en todos lo niveles. Y creo necesario que lo miremos así, como lo histórico que fue. Una mujer tremendamente talentosa, con una voz que resuena también en la conciencia, que fue capaz de usar un escenario como ese para hablar de la realidad y de la crisis social. Una mujer rodeada de otras que, con sus pañuelos verdes y morados, fueron cuerpo y espíritu, permitiendo que todas las demás, nosotras que veíamos la pantalla, sintiéramos que esto sí ha cambiado ¡Sí ha cambiado! Y si lo ha hecho es porque hemos salido a las calles. Ha cambiado gracias a nuestro poder popular. Y podemos hacer que cambie más y más, hasta que dejen de matarnos, hasta que vivamos con dignidad, hasta que dejemos de sentir temor.

Yo, que crecí viendo un festival añejo, dominado por el patriarcado y el fascismo, solo puedo sentir emoción y orgullo por lo de anoche, porque esas mujeres representan el poder que se viene gestando. Son la semilla, la cosecha, la tribu que mi hija necesita para saber que nunca más sin nosotras, nunca más solas.

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