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Ella, Phoebe y yo

Ella, Phoebe y yo

Hace un tiempo conocí a una hermana que no sabía que tenía. Nadie en mi familia la conocía, excepto claro, nuestro papá. Aunque en realidad ella y yo nos conocimos antes: un día salí de la facultad y la vi caminando por la Alameda. Su andar de incomodidad, como a veces caminamos las personas que nos sentimos acomplejadas con nuestro cuerpo, me decía que solo éramos dos mujeres con muchas cosas en común. Ella tenía 23 –yo 26–, estudiaba letras –yo hacia una práctica en guión– y ambas éramos las primeras personas en ir a la universidad de nuestras respectivas familias, la misma familia por separado. 

Nos juntamos en un café del parque Bustamante. Hablamos dando pequeños pasitos de confianza, revelando detalles de nuestras experiencias de crianza. Pero al pasar los minutos todos esos temas: que desde cuándo su mamá sabía que nosotros existíamos o cómo era la vida en mi casa con dos padres que habían decidido permanecer juntos, pero que no sabían cómo seguir viviendo, fueron irrelevantes. Al terminar el café y unos pedazos de torta deliciosos (primer punto en común, ambas éramos secas para el dulce), hablamos sobre podcasts, sobre Natalia Valdebenito, sobre Confesiones de una Soltera; y antes de despedirnos: sobre Phoebe Waller-Bridge. 

Nunca seguí demasiado los premios Emmy hasta este año, porque estaban dos de mis series favoritas del último tiempo: Barry y Fleabag. Ganó Fleabag en las categorías mejor actriz de comedia, dirección, guión y mejor comedia del año. Para quien no haya visto esta serie, trata sobre una mujer en sus treinta intentando continuar con su vida luego de la muerte de su mejor amiga. Debajo de la anécdota, nos habla de la soledad: “muchos sienten esto y no hablan sobre ello. Estoy completamente sola”, confiesa en el capítulo final de la primera temporada. 

371 días, 19 horas y 26 minutos después, es ella misma quien confirma el concepto que engloba las dos temporadas: “esta es una historia de amor”. ¿Por qué una serie con tan poco gancho comercial sería la revelación de 2019, si es que ya no lo fue en 2016? Lo que hace particular a Fleabag es que promete una historia únicamente desde su punto de vista en cada uno de los seis capítulos que componen las dos temporadas. Esa forma de narrar no es habitual en la industria. Lo normal, pasado el piloto, es alternar las tramas para aumentar el interés de la audiencia con otros personajes y sus conflictos. También se pueden incorporar secretos que el o la protagonista van a saber en otro capítulo, y así. Es entretenido para los guionistas, sobre todo cuando se trabaja en equipo. También es una de las cosas más arriesgadas creativamente, aunque si se hace bien, se puede llegar a resultados como este. 

Arelis Uribe dijo, a propósito de su libro “Quiltras”, que le interesaba mostrar la particularidad de ser mujer como una experiencia colectiva. Eso es lo que hace Fleabag, eso es lo que han hecho en el audiovisual mujeres como Pamela Adlon (Better Things), Isaa Rae (Insecure), Frankie Shaw (SMILF), Tig Notaro (One Mississippi), Ilana Glazer, Abbi Jacobson (Broad City), Lena Dunham (Girls), Malena Pichot (La loca de mierda) y también por estos lados, Javiera Pinto y Pamela Barboza (Psicóticas inseguras) y tantas otras. Decimos que Phoebe es nuestra reina, tanto como muchas otras lo han sido por el arrojo que significa, en el género y formato que sea, ponerle palabras e imágenes a experiencias colectivas. 

Un día le recomendé a un amigo esta serie y me dijo, muy a su estilo, que no le interesaba ver las peripecias de una gringa con sus white people problems. Chucha, dije yo mentalmente, ni siquiera me he preguntado cuántas películas, libros y series he visto de hombres gringos con sus white people problems. Para entender cosas de hombres hay que ponerse un poco en sus zapatos, sentir lo que uno de ellos sentiría. Lo hemos hecho toda la vida, ¿por qué eso no ocurre al revés? A mí no me hace ruido que Fleabag y su creadora pertenezcan a un sector de la clase alta, que sea físicamente hegemónica, heterosexual, cuando con lo que me identifico es sobre lo que expresa el espíritu de la serie: la sensación de ser transparente para la sociedad, la familia, incluso para una misma, ¿suena conocido? 

–¡Él es el único que la ve!– dijo mi hermana casi gritando, a propósito de Andrew Scott, el hot priest

Y luego enumeramos: el papá no la ve, los tira-migos no la ven, su hermana se tapa los ojos con la mano entreabierta, y Fleabag tampoco se ve, porque no hay cosa más difícil para nuestra generación que hablar en serio sobre la pena. La comedia, el cinismo, la ironía son herramientas que a veces usamos para no sentirnos melodramáticas con nosotras mismas. En el momento en que las cosas se ponen serias para Fleabag, donde ya no le sale el chiste fácil o la expresión facial irónica, ni siquiera es capaz de mirar a sus interlocutores al otro lado de la cámara. Ya no tiene donde esconderse, no quiere que nadie la vea, no hay palabras que la salven. 

Las palabras son inexactas, imperfectas, pero son lo único que tenemos dicen algunos. La gente que estudia cine o fotografía cree en las imágenes. A mí eso me confundió. Antes de las imágenes necesitaba algunas palabras. Buscar, como una niña exploradora, entre tanta maleza, algunas que me dieran confort. El silencio es maravilloso pero a veces violento. Suelo pensar en cómo darles sentido a las cosas que se quedan encerradas entre cuatro paredes, las buenas y las malas. No puedo evitar fantasear en cómo hubiese sido crecer con una hermana de mi edad, las historias que hubiese podido contar y escuchar. Ahora, por suerte, otras han inventado palabras por nosotras que han estrechado las distancias. 

Primer capítulo, segunda temporada, cena familiar, Fleabag dice: “nadie me ha preguntado nada en 45 minutos”. En ese momento interrumpe el hot priest y mirándola directamente le pregunta: “¿y tú a qué te dedicas?”. Una historia de amor empieza en el momento en que alguien te escucha de verdad. Tal como un día usé internet para agregar a una mujer hasta entonces desconocida y decirle un tímido “hola! :)”, una historia de amor fraternal comenzaba tal vez para nosotras, algo pequeño por todo el tiempo en que no supimos que la otra existía en este mundo. En un café, un día cualquiera, estábamos frente a frente hablando sobre nosotras con los referentes que teníamos de otras mujeres. No podíamos ser tan diferentes. Ambas, al final, habíamos crecido en la misma familia, una que no nos escuchaba porque no se escuchaba a sí misma, porque las palabras estaban, por así decirlo, vencidas. 

Vuelvo a Phoebe. 

Pienso en el monólogo que hizo en 2013 para el Fringe Festival de Edimburgo, donde la crítica no le dio muy buena calificación, señalándola como un poco artificial o desagradable. Pienso en el acto político que significa tener a una mujer hablando en un escenario -sin interrupción- acerca de las cosas que son significativas para ella. Pienso en que mi hermana y yo hacemos chistes cada tres oraciones y nos reímos mucho para poder decir otras palabras más en serio entre medio. Nos parecemos. Fue lo que aprendimos en casas en las que la pena, las crisis, la ansiedad, la frustración eran percibidas como algo incómodo de ver y escuchar. Después de varias recomendaciones de series nos despedimos con un abrazo torpe pero cálido. Mi hermana se fue y observé su andar por segunda vez hasta que se metió en el Metro. Apenas sabía algunas cosas de su vida, pero todo en ella me parecía familiar.

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