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Lee un adelanto de Los Accidentes de Camila Fabbri y mejora exponencialmente tu día

Lee un adelanto de Los Accidentes de Camila Fabbri y mejora exponencialmente tu día

Hoy es un gran día porque te queremos presentar un adelanto de Los Accidentes de Camila Fabbri. Se trata de un relato breve, preciso, lleno de imágenes y con un cierre muy latinoamericano (cuando lo lean entenderán porqué). La autora es una actriz, directora y escritora argentina y este es su primer libro, publicado al otro lado de la cordillera por Emecé, junto a notanpüan y en México por Almadía. En Chile, su casa es Elefante Editorial, que ya cuenta con un hermosísimo catálogo con títulos como Mátate Amor de Ariana Harwicz, Agosto de Romina Paula y Weiwei de Agostina Luz López.

El miércoles 3 de abril se presentará esta obra en Centro Arte Alameda a las 19.30 hrs. La conversación estará a cargo de la periodista y escritora Romina Reyes Ayala, autora de Reinos, y Juan Pablo Roncone, autor de Hermano Ciervo.

El adelanto, a continuación:


Matrimonio

Había una vez una pareja que se casó.

Convivieron aproximadamente cinco años. Ella se llamaba Maribet y tenía el pelo rubísimo, como de diez mil catálogos. Él se llamaba Ze pero no se destacaba por el alto contenido de tintura en la cabeza. Maribet y Ze vivían en las afueras de Lisboa. Campo puro. Esto no había sido decisión de Ze; más bien de la mujer, porque cuando era jovencita había empezado a tener problemas en los pulmones. Que los tenía muy planos, le había dicho un médico de por allá, especialista en tantas cosas. Que los tenía rasos, entonces el aire que le entraba era poquísimo. Encima Maribet era una mujer corpulenta. Gruesa y rubia como cuando los osos de peluche acaban de salir de sus fábricas. Ze y Maribet disfrutaban del aire libre; los pulmones de ella se llenaban lo justo y necesario, y entonces respirar no era prueba de riesgo.

Una tarde de luna que había salido temprano, Ze y Maribet tuvieron una discusión. Podría decirse que fue el primero de esos altercados en los que podrían rodar los ojos, pero no llegaron a tal punto. Ze insistía en que quería reintegrarse a la ciudad porque el campo lo aburría, que mucho árbol y poco lenguaje, que pura hoja y nada de intercambio. Maribet se desalmó. Le habló de sus pulmones. Que eso era inaudito. Que podía irse a vivir a la ciudad, el lugar más lindo del mundo, pero que no tendría entonces nunca más una mujer para besar por las noches. Que se llevaría un cuerpo fallecido.

Desde ese día, Maribet decidió darle la espalda a su marido. Y no fue solamente una forma de decir. Dedicarle la espalda todas las horas del día y de la noche. Del dormir y el estar vivo, se volvió realidad. Lo único que Ze veía, desde ese entonces, era la parte posterior de su esposa. Podía notar cómo el pelo crecía y le iba llegando más hacia las piernas, cómo perdían color esos brotes rubísimos, cómo se ensanchaban las caderas. Pero nada del rostro en este relato.

Se sentaban todas las tardes de Portugal a tomar café descafeinado. Ze mantenía largas conversaciones con la espalda de su esposa. Maribet hablaba desde ese lugar. Pasaron unos cuantos meses así, hasta que Ze empezó a olvidar sus facciones. En un cajón alto del placard antiguo que tenían en la habitación matrimonial, Ze buscó enérgicamente hasta dar con un baúl lleno de fotos. Se quedó un rato muy largo, horas quizás, dialogando con esas imágenes. Empezó a llevarse las fotografías con él, dentro de un folio viejo, en bolsillos de pantalones y camperas. Hablaba con su mujer y miraba las fotos, para imaginársela. Le comentaba esto a ella, pero a Maribet no le hacía gracia. No había manera de que ese enojo se diluyera. Ni siquiera con bromas. Las fotos de la ausencia y la espalda presente. Maribet aullaba de dolor muscular y contractura, sobre todo por las noches, pero no desarmaría su juramento.

Una noche de refucilos que anticipaban truenos, Ze se acostó más tarde que Maribet. No entendía cómo, pero acostada, ella siempre encontraba la manera de estar dándole la espalda. Como si, incluso dormida, estuviera presente el cálculo.

Ze no se podía dormir. Le había entrado algo del miedo. ¿Y si el amor se le estaba yendo? Ojos que no ven corazones que no sienten, le decía su madre mientras le tiraba del cuerito.

Ze estaba acurrucado entre la almohada rancia y el calor. Tomó la decisión brusca y lo hizo. Alcanzó el cuerpo de su esposa pero no pasó nada. La agarró de la espalda y la dio vuelta. Ella no acusó recibo. En el campo portugués también se dice así, acusar recibo.

Maribet se había vuelto eterna, o nula, porque al darla vuelta había otra espalda también. Ze transpiró hasta la lipotimia, siguió dándola vuelta; ese cuerpo tenía que tener un fin. Pero no.

Maribet se había convertido en una tabla rasa. Y la respiración seguía intacta.

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