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Manual de supervivencia a los medios: grandes mentiras de ayer y hoy

Manual de supervivencia a los medios: grandes mentiras de ayer y hoy

Por Colectivo Faldacorta
Ilustración: Isimosca

Como es costumbre desde que organizamos Faldacorta, nos reunimos en el GAM. Un lugar que está ni tan cerca ni tan lejos. El punto a medio camino de todas nosotras que habitamos todas las periferias posibles de Santiago. A las nueve de la mañana en las mesitas de siempre. Llevamos té y galletas. Íbamos a hablar de cómo los medios han influido en nosotras.

Desde que nos conocimos en la salita del tercer piso en Balmaceda 1215, viendo videoclips, comentando el cahuín popero o literario de la semana y, sobre todo, escribiendo y leyéndonos, nos dimos cuenta que había algo más que las letras en nuestra sintonía. A través de las referencias en los textos y un conocimiento fanático sobre las fechas y nombres de ciertas cosas, nos cachamos la onda como al segundo o tercer taller. Boybands, la hegemonía Disney y la influencia global del pop de occidente nos marcó la adolescencia y la memoria hasta el día de hoy. Éramos de las mismas. Y esa imaginería fanática de la revista y el amor platónico adolescente fue el empuje a todas nuestras conversaciones y recuerdos compartidos. La posibilidad de hablar con conocimiento de causa sobre la influencia y los efectos casi nocivos de esa ola pop plástica en nuestras vidas, en nuestro actuar y la forma en que deseamos y fantaseamos sobre esto y aquello. La industria del pop adolescente ha sido, por excelencia, la trinchera desde la que criticamos y nos cuestionamos hoy día tantas cosas.

El primer tema sobre la mesa sería hablar sobre la Revista Tú, la Miss 17 o la Seventeen, lecturas adolescentes que nos pertenecieron a todas. Pensamos también que quizás no era lo más pertinente hoy en día. Ya no las leemos ni las compramos, y el mundo comunicacional se ha encargado de renovar sus estrategias y maniobras en la actualidad. Nos sentamos allí y nos dispusimos a revolver la memoria de nuestra niñez, adolescencia y juventud, la construcción de nosotras como personas. Más bien como mujeres. Sobre todo como mujeres.

Quisimos -y aún queremos- entender de qué forma todo lo que hemos usado, escuchado y tragado día tras día a través de los medios de comunicación se nos ha presentado como una amiga incondicional que nos ayuda a elegir la ropa que usamos y la manera en que deseamos a otros y a nosotras mismas. Necesitamos recordarnos que la vergüenza, la envidia y las inseguridades no tienen que ver precisamente con nuestra personalidad ni porque así somos nosotras. Necesitamos, cada día, aprender y cuestionarnos aún más lo que damos por sentado respecto de ser mujer aquí y ahora. De cómo nos hemos plantado frente al mundo siendo mujeres imperfectamente reales y hemos sobrevivido para contarlo. De eso trata este texto.

Trágame Tierra. La no superación de la fabulosa inseguridad adolescente

Tal vez lo primero que haya que decir al respecto es que, por más vergonzoso que pudo parecer en algún momento, claramente no fuimos las únicas. Muchas entramos a esa confusa etapa llenas de miedo; un tanto tímidas, un tanto ansiosas. En la búsqueda de construirnos una identidad nos caímos de cara a la oferta más atractiva del mercado musical. Y entonces adoptamos el perfil fangirl. Comprábamos lo que hubiese sobre nuestra banda o cantante favorito y que el bolsillo infantil y la humilde mesada pudiera aguantar.

Los quioscos se llenaban de niñas o mamás buena onda comprando un ejemplar para sus hijas: la Seventeen, Revista Tú, Miss 17, TeenVOGUE, y cuantas más. El papel couché de fondos rosados, celestes o morados y la mejor pose en primer plano de la banda taquilla. Las portadas rezaban: “¿Eres la STAR de las redes sociales?”, “Sé la más guapa de la fiesta”, “Tips de belleza para conquistar a tu chico ideal”. Y la información sobre tu artista o su carrera musical pasaba a segundo y tercer plano. Y una no se daba cuenta. Una compraba y leía. Compraba y consumía y aprendía. Compraba y tomaba nota.

Porque nunca fue casualidad que te pusieran a los Jonas Brothers y a la princesa/diva del pop de turno en revistas con un contenido enfocado básicamente en la imagen y la exposición de determinados tipos de belleza. Una línea editorial convertida de lleno en el manual de supervivencia adolescente en un mundo de fiestas y chicos guapos. Y decimos chicos y no cabros, y decimos guapos y no ricos. Porque te lo vendían así; con doblaje. Sutilmente dañino. Fuimos entendiendo que la línea entre la industria de la música y la industria de la imagen era peligrosamente fina o ambigua, casi nula. De pronto, el sueño no era cantar como ellos sino lucir como ellos, y ser deseadas como nosotras los deseábamos. Ser superestrellas del colegio y no del escenario. Y en esa vulnerabilidad del deseo implantado, la filosofía del horóscopo amoroso y el trágame tierra hincó fuerte el diente.

En el recuerdo colectivo de nuestra adolescencia, la Revista Tú apareció como una de las más emblemáticas. Era como la amiga maldita, pero aparentemente buena onda y consejera. Era, por último, una versión más latina del Seventeen wannabe. Letras dedicadas a la elección de la mejor pinta, el consejo sobre cómo arreglar tu imagen y sobre todo, pero sobre todo, cómo gustarle al chico de tus sueños y hacer que se quede contigo hasta el fin de los tiempos. El tipo de revista que se esmera en convencerte de que tu única pega en el juego del amor es ponerte bonita, sacarte provecho y sonreír. Pero no todo era consejo y manual de conquista, la Tú también se la jugaba con una sección más lúdica e interactiva, el famoso Trágame Tierra.

El problema es que ahora nos damos cuenta que esas anécdotas chistosas sobre cabras anónimas eran básicamente: “Me caí en frente del niño que me gusta ¡ME MUERO!”, “Se me salió un chancho en la primera cita, ¡Qué oso!”. Trágame Tierra por ser torpe, por ser humana, por ser una persona que se tira peos, eructa y tira chuchás siendo mujer. Digamos entonces, que el Trágame Tierra era la máxima expresión de la vergüenza que implica que te descubran siendo tu misma. Que los hombres se den cuenta de quién eres detrás de toda esa femineidad fruncida y los kilos de base. De a poquito, fuimos entonces armándonos una coraza ondera y fortaleciendo un pudor que más tarde habría de explotarnos en la cara.

Y sucede que nos fuimos dando cuenta que aunque ya no compramos las revistas, ni soñamos ser la rubia o la flaquita o la cosa que fuera que nos pusieran por delante de las hojas de papel couché, que aunque superamos la manía adolescente y sus expectativas hiperpop idealizadas y plásticas, al crecer no nos fue mucho mejor. A final de cuentas, las cosas no han cambiado. Nuestros miedos y pudores fueron creciendo de a poquito con nosotras, y las violencias que creíamos superadas siguen allí. Solo se han transformado; se volvieron más sutiles, más tramposas. Increíblemente más violentas.

 

Feminismo con photoshop. El falso discurso del cuerpo inclusivo

A nosotras nos criaron bajo la violencia del sexismo. En la casa, en el colegio y ahora más grandecitas, en la cama. Pensamos en el sexismo e imaginamos, en lo concreto, los cuerpos reducidos a tetas y culos en Morandé con Compañía, a la absurda y sobreexplotada imagen de la mujer dueña de casa de los comerciales de electrodomésticos y artículos de limpieza. A las muñecas que incluyen guaguas y cocinas dentro del paquete. Pensamos, en lo abstracto, en la dicotomía de los roles pasivo-activo en las relaciones de pareja, de amistad, de la sociabilidad en general. Como diría el Me Llamo Sebastián, somos hijas del peligro porque, queramos o no, coexistimos con ese infame legado que la cultura machista nos bordó hasta en los calzones. Metafórica y literalmente hablando.

Sin embargo, habría que pensar más allá de los mensajes manoseados que entrega la publicidad burda de la señora Clorinda Gel trapeando la baldosa con la sonrisa de oreja a oreja. Una publicidad que encontró en nuestras abuelas y madres las mejores receptoras y que, para cuando nosotras crecimos, ya se quedó añeja. Los medios de comunicación también fueron transformándose y agudizando nuevas formas de persuasión que pudieran pasar piola, ocultas bajo el discurso abiertamente diverso y súper inclusivo del neoliberalismo. Sabiéndonos protagonistas de una nueva era caímos de cara a la oferta más atractiva  de la comunicación global: redes sociales. Y aquí la cartelera es prácticamente infinita.

Debido a las diferencias de edades entre nosotras, cada una vivió su propia experiencia con la red social de moda en una época determinada. Para las más abuelas, el Fotolog fue la máxima expresión de libertad en la presentación de tu imagen y estilo al mundo. Las más jóvenes, en cambio, se enfrentaron de lleno al prometedor universo social de Facebook.  Hoy en día, pareciera que todas llegamos al punto medio, y logramos coincidir en el uso de la red social que nos queda ni tan cerca ni tan lejos en el ejercicio de la representación de una misma y para otros: Instagram. Y si de discursos feministas contemporáneos, cuerpos diversos y trampitas neoliberales se trata, esta red se lleva el trending topic.

Lejos estamos de tragarnos –de nuevo- los patéticos intentos del consejo amoroso zodiacal o los tips de belleza y conquista renovados de los sitios web hipercomerciales y publicitados que ahora abundan en los inicios de Facebook o Hotmail (ahora OutLook). Mucho menos de angustiarnos por los kilos y piel de sobra que tenemos en comparación a las angelitas esqueléticas de Vicoria’s Secret. No, ahora nuestros desafíos tienen más que ver con esquivar las maravillosas campañas del feminismo con photoshop.

El ensalzamiento de la mujer económicamente independiente y la aceptación social de los cuerpos femeninos diferentes se han encargado de construir un feminismo de bolsillo para servir y llevar. La vanguardia del cuerpo plus size llegó para vendernos una apertura al mercado del cuerpo diverso, disidente y más real. La gorda curvilínea se subió al carro del deseo y la belleza socialmente aceptada. Gorda, pero ojalá blanca, bonita y heterosexual. Gorda, pero bien turgente, apretadita. Con sus cosas bien puestas. Y ese cuerpo perfectamente curvilíneo trajo la consigna del Feminism is Sexy en una polera de Ripley, y el Love Yourself en otra de Forever21. Pero todas en XXXS. Una diversidad al servicio de lo comprable, de la vanguardia. Inclusión, pero en la medida de lo posible. Inclusión de vestidor de retail, un pequeño espacio en donde no caben otros cuerpos de celulitis, estrías, pelos y espinillas.

Sentadas en nuestra mesita, tomando té de termo, pensamos todo esto como una metáfora del café público del GAM. Un punto de encuentro que se pinta de público y abierto a todas y todas, pero que si nos diéramos el lujo de acompañar las reuniones con una medialuna el presupuesto semanal se nos va a la cresta. Así pasa con esto. Nos maravillamos e identificamos con la nueva imagen mujeril, pero si nos diéramos el lujo de apostar a asemejarlas, nos quedamos cortas de tanto punto negro y rollos amorfos. Una gran trampa. Cafés a tres lucas. Y cuerpos hermosa y perfectamente curvilíneos.

Por Catalina Viera

Amor propio con filtro. La bella performance de la autenticidad

Internet entero es una construcción constante de imágenes y diversidades donde todo tipo de violencia tiene cabida. Violencias disfrazadas de moda: el tigh gap, blogs con dietas extremas o los Fotolog’s dedicados a Ana y Mía. Los versus Lais de Facebook, las calificaciones del 1 al 10 en Instagram o Ask.fm. Aquí cada una se crea un personaje, proyectamos lo que deseamos de nosotras mismos y buscamos la aceptación de otros seres virtuales e imaginarios. Como si de un Sim se tratase. Mostramos nuestras mejores fotos, más delgadas y con tus facciones resaltadas. Las llenamos de filtros y efectos de VSCOcam. Las subimos a toda red social posible, porque tiene que valer la pena pasar más de media hora sacándonos fotos, llenar el celular con más de 80 fotos con poses distintas y elegir solo una.

Pero uno acepta meterse ahí. Creamos un usuario, prestamos la información y nos sometemos a esa exhibición donde también podemos jugar un poco. Aceptamos entrar en este juego del anonimato y recibir todo tipo de respuestas, reacciones y valoraciones sobre nosotras mismas. Y aunque la era del Ask.fm y el Tumblr ya fueron superadas, de repente apareció Tinder para hacerle la segunda a estas trampas virtuales del montaje. Una de nosotras recuerda que uno de sus match de Tinder la invitó a salir: Tenía miedo. “No me aterraba el hecho de que pudiese ser un psicópata escondido tras un perfil inocuo en una red social. Me asustaba que al momento de concretar el encuentro él terminase decepcionado de mí, de mi figura. Intenté imitar las poses que utilizaba en mis fotos y recé la noche anterior para que los filtros de Instagram se pudiesen usar en la vida real. Desconfiaba de mi apariencia. Al momento de juntarnos noté una leve expresión de desagrado en su rostro. Cuando llegué a mi casa tenía un mensaje de él en mi celular. ‘Mh, no te parecías tanto a la de la foto’ fue lo último que salió de él”.

Finalmente es la tele, los programas de la Radio Carolina y la 40 Principales, los comerciales, pero también las campañas revestidas de nuevos feminismos comercializables de las redes sociales quienes nos han hecho compañía todo este tiempo. Una ya se da cuenta de que los medios de comunicación masivos no están preocupados de mostrar las distintas realidades de nuestra sociedad de una forma crítica y abierta. Una entiende, con pena y rabia, que la tortilla se dio vuelta hace mucho rato, y que esas realidades son pisoteadas por la construcción de un discurso hegemónico en cuerpos, formas, actitudes y pensamientos que todas hemos terminado por tomar como verdaderos. El control de los medios más tradicionales lo perdimos si es en algún momento, acaso, lo tuvimos. Pero sin embargo, donde se cerraron esas puertas, se abrió para nosotras una ventanita virtual. Le dimos click en maximizar y ya hace unos años venimos apropiándonos de ese espacio virtual cuándo y cómo podemos.

Como buenas hijas del Internet, proyectamos en el uso de las redes sociales una imagen travestida de nosotras mismas. Nos peinamos con el arte de la selfie y construimos perfiles con aires interesantes gracias a las frases cliché reapropiadas de Tumblr y Pinterest. Internet ha sido, en ese sentido, una terapia a las marcas que nos dejaron los prototipos manoseados de revistas y comerciales de tv. Nos beneficiamos de ese pseudo y mediocre control que tenemos sobre la información que se produce y producimos en el mundo virtual, porque podemos ser la Isabel Cáceres de Curicó con la imagen sobrepuesta de Kyle Jenner o la influencer de moda. Hacemos y deshacemos sin necesidad de enfrentarnos al consejo moralista del Sé Tú Misma.

Y es que los medios jugaron con nuestra mente, hasta con la forma en qué debemos querernos a nosotras mismas ¿Tan deslavadita, niña? Quiérase un poco po. Échese un poquito de sombra, póngase este poquito de labial, yapo, sáquese provecho. Nos hemos puesto a la fila del autocuidado y el amor propio como sinónimo de premisas prácticamente contradictorias. Son dos los caminos a seguir: amor propio como cuidado de tu imagen y la construcción de una belleza artificial con el maquillaje, la ropa y los accesorios como aliados. La búsqueda de la naturalidad y de tu autenticidad –siempre forzada- de la mano de productos naturales y atuendos simples, siempre alejados de la excentricidad.

Por Dadalú

La verdad es que por más revistas que leímos y más representaciones de nosotras mismas fantaseamos, nunca bajamos los kilos de sobra ni se nos puso el pelo más brillante. Nunca llegamos a comprarnos el outfit que promocionaban ni nos estucamos los rostros con el maquillaje de marca porque, aunque quisiéramos, nunca hubo plata para costearlo. Seguimos haciéndonos las mujeres apenas con lo que tenemos a mano, y tan mal no nos ha salido. “Una es más auténtica en tanto más se parece a lo que siempre soñó de sí misma”, nos aleccionaba la Agrado en Todo Sobre Mi Madre (1999). Y entendimos que la autenticidad ya no tenía que ser una enemiga ni un proyecto inalcanzable.

Fuimos comprendiendo que la autenticidad es, sobre todo, una construcción propia, alejada de la búsqueda infatigable de la originalidad prefabricada. La pequeña revolución sucedió cuando nos dimos cuenta y nos hicimos conscientes de ello. Desprendemos de las expectativas. Liberarnos de las etiquetas maltrechas de belleza y el deber-ser-mujer. Hay que hacerlo porque no queda de otra, y aun sabiendo que jamás quedaremos fuera del sistema capitalismo y sus pequeñas o grandes construcciones y representaciones de la mujer, tenemos, al menos,  la obligación de rechazar el canon de la mujer femenina, occidentalizada y heterosexual que históricamente nos han metido en la retina. Es el primer paso.

Los pequeños monstruitos que habitaban en nuestras adolescentes mentecillas no eran más que eso: la cuota inconsciente de las víboras hegemónicas de la Tú, el Instagram, y tantas otras venenosas más. Ahí fue cuando aprendimos también de nosotras mismas, de lo que nos nacía del deseo y las expectativas propias y no de las consecuencias opresoras. Comenzamos a buscar respuestas, otras alternativas, y en el camino salió el feminismo. Buscamos réplicas y modelos a seguir, per las que siempre estuvieron ahí para nosotras fuimos nosotras mismas.

Ahora se nos hace necesario, de corazón y razón, visibilizar y hablar de cómo el feminismo nos ayudó a entender qué algo andaba mal hasta en los mensajes más sutiles e inocentes de la comunicación global. De cómo nos ayudó a despreocuparnos de las restricciones y los requisitos para sentirnos bien con y entre nosotras. De cómo nos dimos cuenta que el apoyo entre todas es una de las salidas más honestas y funcionales. De cómo tenernos a nosotras mismas, en realidad, es la única salida.

*Revisa acá y descarga nuestro dossier: Por mí y por todas mis compañeras

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  • Las felicito cabras 😀 a todas, a las es mi fiesta a las falda corta (conozco a Isi como de lejos y la encuentra una mina muy power) encuentro que es bacan que las juventudes sean de 15 o de 35 estén pendientes de lo que pasa, de como nos sentimos, de lo que merecemos, que exista una lucha, me siento muy revolucionaria desde chica y me siento muy identificada con uds, vehemente, loca, libre, insegura, segura, mujer. Sigan con estas cosas, ojala mucha gente se sume, quiera aportar con historias, con sus vivencias y con sus opiniones, porque necesitamos mas de esto! Un abrazote <3

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