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El pop es tonto porque es música para mujeres

El pop es tonto porque es música para mujeres

La mañana siguiente al concierto de Rihanna desperté, desayuné y comencé a buscar en redes qué estaban diciendo los asistentes. Había visto por streaming que lo de Rock in Rio había estado débil, pero pensé, bueno, no está en gira, no anda con toda la maquinaria encima.

Me sorprendí de igual forma cuando comencé a leer a fans algo tristes y desilusionados, porque esperaban mayor producción del show. Algunos estaban felices por haber visto a su artista favorita. Otros culpaban a la cantante por la poca parafernalia, ya que no venía de gira (no realiza una desde el 2013) y toda la información con la que contábamos era con ese streaming de Rock in Rio y con lo que publicó La Tercera, el 26 de septiembre, según una información entregada por Transistor, la productora a cargo:

“La tarima central (…) cuenta con una lengua que sale desde el centro hacia la cancha (de 4 x 2 metros), la que, como detalle más vistoso, remata en una larga pasarela que cruza todo el ancho del lugar, desde las localidades de Andes hasta Pacífico. De alguna manera, se trata de una de las escenografías más llamativas que han pasado por Santiago en los últimos años”. Según las personas que asistieron, eso no existió. De alguna manera, se vendió algo que no se concretó jamás.

Pero este post no es para hablar sobre el concierto. Yo no asistí y creo que no hay nada más irresponsable que publicar un comentario de un show que no viste. Quiero comentar una de las reseñas que fueron publicadas ayer sobre esta fecha. Puntualmente, esta. Un texto lamentable, por diferentes motivos.

“Canta FourFiveSeconds, aquel single que adelanta su octavo álbum donde le acompaña Kanye West y Paul McCartney (…) Rihanna sigue cantando y es muy probable que una buena parte del Nacional, de mayoría femenina y adolescente, no tenga mucha idea de quién es McCartney“, dice en el primer párrafo. En una sola línea, el autor de esta reseña sin asco está diciendo que el pop es una música hecha sólo para mujeres jóvenes y, además, para aquellas ignorantes o que viven debajo de una roca, porque no conocen a Paul McCartney. Porque claro, las mujeres jóvenes no son un público digno de conocer, hablar y reflexionar sobre música. Por otra parte, para él Paul McCartney es rock. En ningún caso Paul McCartney es famoso porque fue parte de la banda que prácticamente inventó el pop masivo en el siglo pasado. ¿Qué fue el legendario concierto de The Beatles en el Shea Stadium, en el que la música no se escuchaba debido al griterío de las (y los) jóvenes? Un invento, una fantasía, por supuesto.

¿El concierto fue mediocre? Está bien decirlo. Subestimar a un público sólo porque el autor menosprecia el género, es articular un argumento pobre. Es caer en un estereotipo básico y reproducir un prejuicio añejo. Es no querer pensar en la música.

Hace mucho rato que no existe la batalla (inventada por la prensa de alguna época y por los miopes de turno) rock versus pop. Tan sólo escribirlo, me da sueño.

“Para un tipo de audiencia que concurre a conciertos más preocupada de capturar selfies y filmar videos mediocres con sus aparatos móviles, que de bailar y mirar con sus propios ojos cuanto sucede al frente”. Porque, por supuesto, estas viles acciones que todos odiamos en un concierto -tanto como que nos hablen cuando sólo queremos escuchar canciones- están relegadas sólo a este público ignorante, en ningún caso es un síntoma de los tiempos en los que vivimos, de manera general. Recuerdo con mucho cariño un moretón en mi pecho izquierdo hace sólo un par de años en un concierto de Deftones, porque un tipo mecha larga me pegó un codazo tratando de sacarle un buen ángulo a Chino Moreno.

La crítica tradicional tiene un largo historial de misoginia, nada de esto es novedad. Hay muchísima evidencia en los tratamientos a entrevistas, reseñas de conciertos e incluso de discos de mujeres músicas, y por supuesto, a géneros musicales y los públicos que los siguen.

Un ejemplo reciente es el tratamiento que la crítica le ha dado a 1989, el disco de reversiones de Ryan Adams de las canciones de Taylor Swift. Aún cuando el propio artista ha asegurado que esto es un proyecto en serio, que nada tiene de ironía, que considera una excelente compositora a la cantante, la crítica decide pasarlo por alto. ¿Cómo? Metiendo un poco de mansplaining en sus reseñas, validando recién las composiciones de Swift por haber sido antes valoradas por un músico como Ryan Adams o, simplemente, explicando que el compositor logró hacer algo profundo de un producto que no lo era.

Para muchos críticos, hablar de pop comercial o masivo sigue siendo sinónimo de mala calidad musical, de falsedad, de construcciones totalmente inventadas para vender y sin un ápice de alma. Para esos mismos, los públicos que vibran con esta música son simples ignorantes que sólo han caído rendidos ante una imagen construida por publicistas, pero se equivocan.

¿Por qué una crítica musical debiera cuestionar el sentimiento de total euforia que alguien posee cuando ve a su artista preferido? ¿Por qué cuestionar motivaciones y hasta capacidades? Escuchar tu canción favorita en un concierto te acelera el corazón, te pone la piel de gallina, tu cuerpo tirita de emoción y muchas veces las lágrimas se escapan ¿por qué alguien cuestionaría la veracidad de todas estas respuestas de tu cuerpo sólo por intentar quedar por encima? Pensar en esto como motivos que debieran incluirse en una crítica a modo de juicio es, precisamente, dejar de pensar en la música. Dejar de sentir pasión por la música, incluso cuando no es la que te gusta a ti.

Uno de los ejemplos recientes que más recuerdo, es una crítica del 2014, sobre el concierto de One Direction en España. Lo recuerdo porque los fanáticos de la banda respondieron de la manera más graciosa que podrían hacerlo, a través de redes sociales, usando el hashtag #LosDelMundoNosVanAComerElCoño. Esto, en una acción en contra de lo que el crítico Darío Prieto explicaba en su reseña, publicada en El Mundo. Eso sí, hay formas de hacerlo bien. De hacerlo excelente. Acá está la prueba, una crónica inteligente del mismo concierto.

En los textos, además de ideas, hay otras cosas aún más valiosas que se traspasan. La frescura, la pasión, el hecho de ser lo suficientemente humilde para dejarte sorprender cada vez que estás frente a la música. Aún para decir que algo no se hizo bien. Todo eso se nota desde la primera hasta la última coma. De la misma manera, el desdén, el hecho de creer estar por encima de la música, los públicos y los proyectos, también se traspasa. Esto es algo que la gente tiende a atribuir a la edad, pero yo no estoy de acuerdo. El 14 de febrero recién pasado, Juan de Pablos -el John Peel español- celebraba el aniversario número 36 de Flor de Pasión, su programa, en el que se difundían incluso hasta maquetas, que comenzó en 1979, en Radio 3. La juventud no es sinónimo de perspicacia absoluta, pero tampoco de ignorancia inherente. Así como ni la adultez ni la madurez serán pedestales de superioridad moral, para criticar, encasillar y crear argumentos pobres y sin sentido, sólo para quedar por encima de la masa, para sonar más crítico.

Le mando muchos abrazos a Juan de Pablos, miren qué preciosidad su presentación:

Está de más decir que si escribo de esto, es porque como mujer periodista que se dedica a escribir de música popular (no soy, no seré y nunca he querido ser periodista de espectáculos, mi especialidad es música), estoy harta de leer en medios de todo el mundo, constantemente, reflexiones misóginas que se pasan los diferentes eslabones de las salas de redacción, sin problemas. Porque me importa. Porque me importa la música. Me importa lo que se escribe y cómo se escribe sobre ella. Porque quiero ver a más mujeres firmando, también. Porque creo que es posible hacer la crítica más punzante sobre un concierto sin sentirse superior que el resto. Porque creo que es posible hacer un texto increíble y decir frontalmente que algo estuvo malo, en vez de criticar puntos sin sentido.

Porque no creo que el pop sea un género sólo para mujeres (como también repudio que se catalogue de esta manera como si fuese una herramienta para denigrar algo). Porque no creo que el rock sea de hombres. Porque antes de todos, estaba Bessie Smith. Tampoco creo que los y las fanáticas de Rihanna sean jóvenes ignorantes. Menos aún, pienso que los cánceres conductuales que vivimos actualmente, sean sólo culpa de un sector de la población, del sector al que se le deshace el corazón con una canción pop escrita en un campamento de veinte productores, para una súper estrella. Un fan de Maiden pesa lo mismo que uno de Taylor Swift y el que decida argumentar sus columnas con lo contrario, es porque no se dedicó a escuchar la música, ni a observar los fenómenos más allá de sus gustos y prejuicios personales.

Lo mejor de un texto es oler la curiosidad. La curiosidad es la que entrega las ideas. Es lo que entrega las historias. Es eso lo que te obliga a pensar en la música. Y para hablar de música, es necesario pensarla.

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  • Totalmente de acuerdo con lo que escribes, porque nadie tiene derecho a cuestionar lo que te hace vibrar, ni menos a utilizar argumentos sexistas para poner sobre un pedestal a sus ídolos porque son “mejores” que el producto comercial de turno. PERO, esto se da en ambos “bandos” (si es que existe tal cosa como bandos en esto), tal vez no a través de la vejación, pero si a través de “invisibilizar” estilos en los medios. De verdad, también me gustaría saber que opinas tú, como periodista musical, sobre lo “uniformada” que se encuentra la difusión, respecto de estilos por ejemplo, en los medios nacionales.
    Me explico: soy una persona de 26 años que privilegia en su reproductor la música instrumental, del postrock, el ambient, y que se está lanzando recién con un humilde proyecto musical, y la verdad, me ha costado muchísimo interiorizarme sobre proyectos musicales de este estilo en mi propio país, porque los estilos más “alternativos” son prácticamente invisibles para los medios (a pesar de haber muchísimas bandas de muy buena calidad en el país). Me he logrado enterar de la existencia de sellos independientes, colectivos y artistas solo por sus propias redes sociales y porque soy “busquilla”, pero nada más. Por otro lado, cada vez que abro una página como potq, super 45 o humo negro, lo único que veo son las mismas caras, los mismos estilos, las mismas tenidas, las mismas marcas, las mismas “sobadas de lomo”, y todo lo que se lee sobre discos o conciertos parece ser más foros de relaciones públicas “músico-medios” que real crítica musical, de esa que habla más del fondo que de la forma (o de la marca). Son contadas con los dedos de una mano las críticas que he leído que realmente me motivan a escuchar un disco o que me provocan curiosidad de meterme a la página de un artista y escucharlo desprejuiciadamente, y creo que es porque los medios musicales están exacerbando los aspectos equivocados. ¿Se debe esta “invisibilidad” realmente a una política de “si no vende, o no tiene potencial (ya sea estético o musical) no vale la pena publicarlo”? Cual es tu visión desde la vereda del periodista musical? ¿Falta especialización por estilos? ¿es una consecuencia del mercado y de la “moda”?
    Saludos y felicitaciones por la página, no la conocía y la comenzaré a seguir.

  • El domingo fui al Santiago Gets Louder, un festival donde la mayoría de los asistentes eran hombres, el estereotipo de hombre rockero rudo multiplicado por miles.
    Cuando tocó Deftones un fanático en la primera fila tuvo la suerte de que Chino Moreno se parara a su lado, el pelado fanático no atinó a nada más que decir “i love you” y se puso a llorar de emoción, Moreno solo le devolvió el “I love you to”.
    Ahí lo primero que se me vino a la mente, fueron las infinitas veces que ese mismo tipo gente se burla de la adolescente fanática del grupo pop de moda y que llora por ellos.
    Ese pelado rockero demostró que la pasión que uno siente por un artista va más allá del género musical.
    PD: Mi hermana ama a Rihanna y quedo muy feliz con el concierto.

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