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Mi feminismo posible

Mi feminismo posible

Hace unos días una periodista publicó en su Facebook que se peleó con un tipo en la calle. El tipo la amenazó con un palo. Y ella salió corriendo, claro. De esas anécdotas tengo miles, sobre todo peleas de auto a auto, que no terminaron en tragedia porque soy hábil huyendo (y porque tuve suerte). Un tipo me rompió el retrovisor de una trompada, otro me persiguió hasta que logré perderme, otro me dijo *si no fueras mujer ya te hubiera matado*. Siempre hice de la resistencia física mi pequeño grito de libertad: a mi no me vas a pasar por arriba tan fácil, ni con tu fuerza ni por tu encanto. También me peleé con mujeres: le pateé tres veces el vidrio del auto a una, porque le robó el estacionamiento a una amiga que venía a cuidar a mi hijo. En un momento pensé en anotarme en un taller de control de la ira, pero después entendí que a la ira no hay que domesticarla, sino hacer un trabajo más fino de desandar todo ese camino insulso de las nenas con el rosa y los algodones, para descubrir qué parte de una nos robó la crianza patriarcal. Y gritar, siempre que sea posible y desoyendo al coro griego que nos dice LOCAS.

Hace poco un imbécil le tiró un cigarrillo encendido a mi perro, como un chiste supongo. Frente a un perro manso y viejo decidió lanzárselo como un proyectil en el lomo. Mi perro estaba atado, esperándome. Le dije al tipo que era una mierda, y él, que venía con sus amigotes, me contestó con la palabra y el gesto universal de respuesta a una mujer que reclama su lugar en una relación siempre desigual, atravesada en su esencia por la diferencia de fuerza física. LOCA. Obviamente no hice nada, pero empecé a obedecerlo: me enloquecí. En ese gesto, que lo tengo calcado en mi cabeza en cámara lenta, el tipo alejándose a las risotadas y en patota, moviendo el dedito apoyado en la sien y la boca modulando LOCA, en ese gesto está condensado tanto de las relaciones entre hombres y mujeres que podría ser un gif para todos los boludos que preguntan “¿pero qué es el patriarcado?”.

El patriarcado es eso que hace que un tipo pueda agredir a una mujer por la calle y la mujer se tenga que ir chita la boca y tragarse toda su furia. Por más rosita, brillito, maternidad edulcorada, coquetería y charme, las mujeres tenemos los mismos impulsos agresivos que los varones. Solo que esa energía supura sin encontrar un cauce, permanece años mal drenada y muchas veces se estanca en mugre y violencia habilitada: la que se ejerce contra otras mujeres.

Los talleres de defensa personal empoderan y generan tribus en quienes están pensando en estos temas y haciendo pasar un poco de militancia por el cuerpo, pero no van al corazón del problema que es qué hacemos las mujeres con nuestras violencias, y hasta tanto sea insoportable que una mujer pueda, por ejemplo, no desear a un hijo sin que eso se transmute en una decisión contra natura, hay algo del management de la ira que está muy mal basculado para nuestro lado. Celebro la locura de las mujeres y deploro la mala fama de la mala onda, otro yunque para la mochila femenina.

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Tengo amigas que no son feministas. Y me preguntan por qué yo si lo soy. La pregunta atrás de esa pregunta es por qué yo lo digo públicamente. Me cansé del argumento de la brecha salarial. Es evidente que a la mayoría de las no feministas no les importa, o mejor dicho, creen que eso pasa en el mundo pero no les pasa a ellas. La mayoría de las no feministas cree que las inequidades ocurren en Africa y que tienen que ver con la ablación del clítoris. Bueno, por eso también soy feminista (y creo que mientras haya una sola sufriendo, sufriremos todas), pero no hay que irse tan lejos, ni siquiera mirar a *las otras*. En vísperas del 8 de marzo, leo a mujeres decir que las generalizaciones son malas y que a ellas nunca las agredieron. Mentira.

No existe una sola mujer que no haya pasado por una experiencia de desamparo, terror, desigualdad física o indiferencia frente a su negativa. A las no feministas tampoco les importa la violencia machista porque, dicen, víctimas de violencia hay mujeres pero también varones, sin embargo ellas no hacen nada por ningún colectivo, ni el de las mujeres ni ningún otro. Ergo, a las mujeres no feministas, a las que piden por favor que no las confundamos con las viejas feministas lechosas que forman parte del lugar común que cobija el término, en general, el sufrimiento ajeno les es indiferente. Imposible hacerles entender el término femicidio: la mataron por ser mujer, sentencia que podemos aplicar, solo por poner un ejemplo, a Melina Romero. Para ellas Melina Romero estaba en el lugar equivocado, como si todas las mujeres no fuéramos, en menor o mayor medida, sobrevivientes (de viajar solas por el mundo, de circular libremente a la madrugada, de meterse en el auto de un desconocido, por poner ejemplos muy simples). Aceptan de mejor grado la homofobia (la lesbofobia más difícil) pero ¿morir por ser mujer? Si las mujeres somos sagradas, si nos ceden el asiento en el colectivo, si ponemos vocecita de bobas conseguimos lo que queremos… ¿cómo nos van a matar por ser mujeres?

A las que no entienden, pues, devolverlas a su vida. No hay que evangelizar, yo al menos, no lo hago más, porque la no feminista es la que ve el trazo grueso de la vida, que el piropo es halagador, por ejemplo, que a veces *no* es *sí* o que ser machista es irresistible, como se lee en el muro de una escritora canchera este domingo de casi otoño. O es la que está desesperada por agradar al sexo masculino. Créanme chicas, que los varones te quieran, ser la amiga de los varones, no es importante. Nunca te van a tratar como a uno de ellos, nunca vas a ser un amigote, nunca te va a crecer una poronga. El feminismo se ejerce. Y como regla para mi vida, jamás me peleo públicamente con mujeres porque no tengo ganas de sumar espectadores a ninguna cat fight.
Ser mujer es un factor de riesgo, y las clases sociales reproducen las vulnerabilidades, por eso ser pobre es ser vulnerable para todxs pero especialmente para las mujeres, sino pregúntenle a las mujeres pobres cómo es abortar (ya que les importan tanto lxs pobres).

Ser machista es fácil, sólo por eso es atractivo, pero normalmente me siento más cómoda en la incomodidad. Tip Cosmo de esta columna: no tratar de agradar a los tipos los calienta mucho más (y ser madre soltera, ni les cuento).

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Quiero aprovechar este espacio para destacar a la generación de nuestras madres. Ellas fueron criadas en el patriarcado duro y puro y aun así, muchas, como la mía, aunque sea desde la palabra y no del ejemplo, trataron de criarnos con consignas feministas, como *tu cuerpo es tuyo, disfrutalo*, *aprendé a decir que no*, *hacé lo que quieras no lo que debas* o *la verdadera independencia es la económica*. Esto me decía mi madre. Pero todavía sigue siendo la que lava los platos de la mesa familiar, siempre, sin excusas. No supo criar varones antipatriarcales pero intentó, con muchísima fuerza de voluntad y pensamiento, ejercer su feminidad desde otro lugar del que le inculcaron. La tuvo mas difícil cuando se divorció al año de tener a su primer hijo, que cuando yo le dije que iba a ser madre soltera. A mí nadie me dijo nada, nada de nada. Dice una amiga que nadie me dijo nada porque la gente, en general, me tiene miedo. Sigan así. Yo sé cuando es necesario bajar la guardia. Beneficios de la edad.

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La amistad entre mujeres vale millones de dólares. Amo las tribus de mujeres, la complicidad entre dos que no se conocen y a los cinco minutos de tratarse se cuentan los dramas. Ser madre me sumergió en esos mundos íntimos con pibas a las que en otra ocasión miraría de lejos. Amo a las mujeres. Celebro tenerlas cerca, siempre. Y las amo más que a los tipos, seguro. Me parece importante que reivindiquemos el 8 de marzo, un día donde pensamos en las quemadas de aquel 8 de marzo, pero también podemos pensar en las quemadas de ahora, en Wanda Taddei y en Fátima Catán. Su asesino, el que la roció con alcohol y le tiró un fósforo encendido, está siendo juzgado ahora, con nula cobertura periodística. Las hogueras son cotidianas, no las hagamos más difíciles odiando a otras.

Feliz día, porque la felicidad también cabe en la lucha.

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