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Cool Girl

Cool Girl

Lo  más difícil de Gone Girl no es hablar sin spoilers, un terror inútil como la mayoría de los terrores modernos, es hablar con la verdad. David Fincher basa su décima película en el (excelente) best seller de Gillyan Flynn y logra convertir a Rosamound Pike en una estrella desde su primer segundo en pantalla. Para quienes leímos Gone Girl la ansiedad por conocer a Amy Dunne no era menor. Cuando finalmente lo hicimos, fue todo lo que queríamos: el aura de poder y status de Amy estaban ahí, como la sombra de su tristeza constante, como la sensación innegable de que algo con ella esta definitivamente mal y la desesperación genuina de que jamás, pase lo que pase, vamos a lograr  que lo admita. ¿Es eso fortaleza? Amy parece negarse a la condena de sentirlo todo. Y hace bien.

Gillian Flynn tuvo una oportunidad única al quedar a cargo del guión de Gone Girl: mejoró su propia obra haciéndola más seductora, más sugestiva y mucho más compleja. Fincher estructura Gone Girl enlazando una serie de loops que son hijos de una sola pregunta ¿Dónde está Amy Dunne? Y a partir de esa pregunta, va a ir encadenando una serie de acontecimientos que por su potencia van a anular al anterior y así sucesivamente, hasta llegar al final. Lo que está por venir siempre es lo peor y lo que parece una metáfora dentro un caso policial, es la gran metáfora de la caída de la vida moderna y sus seguridades. Gone Girl es la historia del fin de un matrimonio, pero es el fin también de muchas otras cosas.

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Amy Dunne desaparece en la mañana del quinto aniversario de su matrimonio y su esposo Nick Dunne es el principal sospechoso. Amy y Nick tenían una buena vida en la ciudad y no en cualquier ciudad, tenían una buena, una excelente vida en New York. Ella era la protagonista de una de las más exitosas series de libros para niños “Amazing Amy” y él era un periodista de relativo éxito que había llegado para conquistar la ciudad y demostrar que es mucho más que un chico de pueblo.  “When I met Nick Dunne I knew he wanted cool girl” escribe Amy Dunne en su diario, única pista que deja detrás de su desaparición. Y eso es cierto, porque lo que le faltaba a Nick Dunne es dejarse proteger por el aura de Amy y lograr así, cualquier rastro de que él no es nada, ni será jamás, lo que pretende ser. Pero bajo el hechizo de otra persona – hechizo compuesto de gracia, clase y status social – quizás logre confundir a las personas, quizás logre mimetizarse con algo que le  fue negado de nacimiento: la marca de la ciudad. Entonces cuando Nick Dunne conoce en una fiesta a Amy ¿De quién se enamora realmente?

Todo lo sólido se desvanece en el aire es a esta altura casi un slogan pero cuando se trata de la realidad, es la llegada del terror. La seguridad económica que proveen los padres ya es un mito, pero en el caso de Amy los padres aparte de no representar seguridad son una condena. Las condenas que llevan los hijos únicos, Amy lo es representando la potencia que otorga haber crecido solo, sabemos son mayores. Apremiados por las deudas, que se generan a partir de no querer ceder en calidad de vida, los padres de Amy vacían su caja de ahorros.  Sin trabajo, tanto ella como su esposo son parte de la cadena de trabajo basado en lo simbólico por ende innecesarios, deciden o más bien él decide volver a Missouri, su pueblo natal, y acompañar de paso a su madre que esta muriendo de cáncer. Amy con lo que le queda provee: se hace cargo de una casa, le compra un bar a su esposo y se sienta a esperar que pase lo peor. Pero no pasa lo peor, lo peor esta por venir.

Nick Dunne esta enojado, le prometieron algo y ese acuerdo no se cumplió.  Su vida de periodista en New York fue cancelada con la misma brutalidad con la que se cancela una serie que no funciona. Atiende un bar y de clases en una universidad de cuarta, engaña a su esposa con una alumna y no sabe cómo separarse, debe dinero y no sabe cómo pagarlo, seguramente quiere escribir una novela y seguramente no sabe cómo hacerlo, su única amistad la mantiene con su hermana, su padre está loco o al menos se comporta como si estuviera loco y cada paso que dio para llegar a la vida que (cree) se merece no sirvió para nada. El mundo es un lugar muy brutal para alguien como Nick Dunne, pero alguien como Nick Dunne no puede preguntarse, sin que su psiquis se rompa, si este mundo es brutal y contra eso nada se puede hacer o si sencillamente él no es lo suficientemente fuerte como para reponerse. Al final del día se trata de tener agallas. Sobretodo si las oportunidades sobraron.

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Si de reponerse se trata, Amy Dunne parece estar más preparada que su esposo. Lo que se podría haber transformado en una sencilla demanda de divorcio se transforma en una novela que ella escribirá pacientemente en forma de diario íntimo, que se transformara en una desaparición, que se transformará en un caso policial, que se transformará en un caso de interés nacional, que se transformará en una construcción de la mass media, que se transformará en un posible asesinato, que se transformará en un secuestro seguido de muerte, que terminará con una redención ante el Dios de todos nosotros: las cámaras. En líneas generales sobre esos sucesos se monta Gone Girl, pero detrás de cada uno de ellos se esconden pistas a dolores que difícilmente alguien pueda soportar.

Amy Dunne tiene temple para soportar el dolor, fuerza para reponerse, inteligencia para planear una venganza y frialdad para saber esperar el momento indicado. Esa inteligencia no es hija absoluta del esquema de la venganza, es la demostración también de que ella es mejor y que el campo de acción de su inteligencia va mucho más allá de obra publicada en papel. Amy Dunne hace de su vida, su obra y en el camino de la venganza, logra quitarle a Nick toda esperanza de alguna vez sobresalir en esta vida. Logra que se humille frente a las cámaras confesando su affaire, logra que el país entero lo odie y lo culpe sin pruebas, logra que se piense de él las peores cosas y expone esa humillación en cada cadena de televisión y en cada portal de internet. Y aún cuando sabemos que ella sigue viva y planeo cada paso, Nick Dunne no nos deja de parecer despreciable y digno merecedor de cada golpe que ella le propina. El único que no cree merecer nada de lo que le pasa es el propio Nick Dunne, el resto presenciamos un acto de justicia.

Amy Dunne miente, mata, se auto secuestra y evalúa el suicidio en menos de dos semanas. Para lograr todo eso y no terminar presa estudió por más de un año y su fuentes fueron las novelas policiales, la construcción de los hechos por medio del periodismo y los programas de opinión. Su esposo Nick Dunne hundido en su propia miseria no se dio cuenta de absolutamente nada y no debería extrañarle a nadie: los hombres se consumen por lo social ignorando lo íntimo. En el medio de la vorágine pública de su desapración, Amy Dune experimentó por un tiempo muy breve algo que parece ser imposible hoy: el anonimato. Por un tiempo no fue absolutamente nadie y en esos días se otorgo a sí misma el lujo de relajarse, al fin, y dejar de ser cool. Nick  Dunne mientras tanto volvió a ser lo que era, que es aquello que lo avergüenza: un chico de pueblo sin mucha preparación para los duros golpes de la vida pública.

Gone Girl pone en palabras, y en pantalla, lo que el mundo ya puso en crisis. El esquema de familia y matrimonio ya no funciona, pero los sobrevivientes del siglo XX  no saben (¿no sabemos?) como salir. No es culpa de nadie (una manera elegante de decir que es culpa de todos), recurriendo a la admirable capacidad de síntesis del idioma inglés: shit happens. Quizás las reglas que tengamos que establecer o los acuerdos que queramos llevar adelante para estar juntos, sean otros y en el camino, que enlaza lo personal y lo social, iremos descubriendo cuales. ¿Es una vida de a dos posible en un mundo como este? ¿Es posible la fideldad con la tentación que representa internet? ¿Se quiebra la fidelidad de un matrimonio por un affaire online o hay cosas más improtantes? ¿Y si hay cosas más improtantes porque no pesaron más? ¿Se termina una pareja que funciona, entendiendo por funcionar un mecanismo acertado y reconocible que otorga seguridad, por una affaire? ¿En ámbitos sociales donde el tráfico de contactos sociales es todo hay realmente amor? ¿A dónde vamos? ¿Se puede considerar amor, un amor verdadero, proyectar perfección? ¿Pueden dos personas enamorarse sencillamente de lo que representan juntas, coolness, y dejar el resto, las pasiones, para aquellos que no tienen que lidiar con lo público? ¿En una actualidad en donde la imagen que proyectamos es todo y nos construimos exclusivamente bajo la visión del otro hay chances de un amor íntimo? ¿A dónde vamos?  ¿Es digno o indigno revisar el celular ajeno? ¿Qué es realmente revolucionario a futuro? ¿Enamorarse de lo inesperado transgrediendo todas las reglas? ¿Por qué razones y motivos queremos ser queridos? ¿Qué viene primero ser querido o ser deseado? ¿En finalmente este tipo de amor el resultado de años y años de desigualdad? ¿Es Amy Dunne la respuesta a un determinado comportamiento masculino? Y si es así ¿En eso nos han convertido? Y si en eso nos convertimos ¿Es tan malo? ¿A dónde vamos?

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Fincher y Flynn hacen algo mucho más grave que poner en duda el comportamiento de los medios, la paternidad descuidada o el clisé del hombre que engaña con una mujer más joven. Nos hacen preguntarnos qué tipo de amor es el del siglo XXI y si lo vamos a elegir a partir de lo que dice el corazón o lo que dice la frialdad cerebral. Me pueden decir que nada de esto es nuevo y puede ser cierto, pero el profundo dolor no sólo es nuevo, sino que los mecanismo de elección de pareja se han perfeccionado. El mundo occidental no parece tener que recurrir a la barbarie de arreglar sus matrimonios, sencillamente lo hace por propia voluntad. Porque el matromonio de Amy y Nick es un matrimonio arreglado y continúa siéndolo . Y lo peor de todo es que funciona, juntos funcionan y siguen funcionando. Solo la sensibilidad de Margo, Carri Coon como la hermana de Ben Affleck, parece darse cuenta que algo está mal. En una de las escenas finales, cuando Nick intenta explicarle que no puede dejarla, ella deja de llorar al fin para decirle: Es mentira, no quieres dejarla.  Y probablemente sea verdad, Nick Dunne nunca va a dejar a Amy Dunne, juntos van a disfrutar de las consecuencias de su matrimonio arreglado, de la renovación de su riqueza, de su acuerdo social, de su contrato, de su empresa, de las cámaras de televisión que ahora los aman. Y puede ser que el amor del siglo XXI en gran parte sea eso: reconvertirse a como de lugar y a cualquier costo al ritmo del capitalismo. Y los que no puedan: afuera.

No es casualidad que Amy Dunne sea hija única. La tragedia de haber sido el único resultado de un matromonio deriva, se ve con los años, en la fortaleza de la soledad. De aquellos que saben estar solos será el mundo. Ese es el sentimiento constante del hijo único: solo entre todos. Esa sensación ahora también la van a compartir aquellos que tienen familia, que se refugiaban en ella, que creían que era eso lo más importante: bienvenidos al siglo XXI. A nadie le importa.

Hay esperanza. No me cabe duda. O si, no estoy del todo segura. Mientras termino de escribir esto con toda honestidad confieso: me espera una hora de gimnasio, debo mejorar. Tengo que seguir comiendo pizza en las situaciones sociales que me demanda el  arte y no desbordar. Eso sí: nadie sabe exactamente que estoy pensando.

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