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Ya No Hablamos #4: Tu cuerpo con el mío

Ya No Hablamos #4: Tu cuerpo con el mío

Los Dioses han enviado las desgracias a los mortales para que puedan contarlas. No lo digo yo, lo dice Homero que nos explica por qué nos conocimos. Podemos comprobar así que el infortunado, pero a la vez inolvidable, hecho de habernos conocido excede la casualidad y no es otra cosa que el Olimpo jugando con nuestra suerte. No deberíamos entonces banalizar, no, nada de lo que nos pasó, nada de lo que nos pasa y mucho menos nada de lo que nos va a pasar. Porque la historia sucede en el pasado, en el presente y en el futuro; todo al mismo tiempo.

Basta que yo cierre los ojos para tenerte conmigo en el presente y basta con que deje pasar el tiempo para tenerte en el futuro. Después de haber leído semejante frase de parte de los Dioses, al quebrar mi galletita china de la buena suerte, no me queda otra opción más que creer. Lo sé mientras observo brillar en la heladera el papelito blanco casi de seda, con letras levemente rosadas y olor a vainilla que no me trajo buena suerte pero me trajo, sí, la seguridad de que todo, incluso el barrio chino, sigue conspirando para hablar de nosotros.

Entre a una librería, vos no estabas, pero en todo estabas vos. Estaba en retirada cuando una voz me detuvo. Como cualquier cosa que me distraiga me hace bien, decidí quedarme y escuchar. De espaldas escuché una voz cansada que me preguntaba si estaba buscando algo en especial, a lo que le dije no o en realidad ya no, ya no más.

Me di vuelta temiendo lo peor, que una proyección tuya se hiciera eco de mi realidad tan precaria, pero no. Era un anciano. Aunque ahora que lo pienso, vos también sos un anciano comiendo helado de chocolate con pasas de uvas. Definitivamente, un gusto que elegiría un anciano. Como paciente no soy, pero educada sí, me dispuse a hacer lo único que sé hacer bien. No eso, no, como podés ser tan degenerado. Me dispuse a hacer charla.

Los ancianos me hacen acordar a las tortugas y juntos conservan todos los secretos del mundo. En mis manos sostenía un libro de poesía en inglés Albatross Book Of Verse, de papel biblia, fechado, tapa dura. Se acerca el anciano, viene hacía a mí y en su lentitud, lo único que leo es que ya no hay por qué correr más. Entiendo perfectamente, mientras me reclino contra una de las grandes estanterías de madera. Toma el libro entre mis manos y con mucho cuidado deja correr las páginas hasta que llega a su objetivo y señala. Lea, me dice. Me trata de usted, dejando en claro que los dos nacimos en el siglo XX, pero él para fundarlo y yo para darle un fin.

Leo, mi inglés es excelente. Unica ventaja que mantuve siempre sobre vos y, probablemente, la única envidia que mantengas sobre mí, y finalmente dejo de leer. Pensando que las cosas funcionan como un oráculo, le pregunto por qué me dio a leer eso. Desde el fondo y siempre de espaldas me dice que era el poema favorito de su mujer. Avanzo, pensando que a los dos nos puede quedar el mismo tiempo de vida ya que la muerte es un azar, y le pregunto si el amor es una cosa de toda la vida. Sin darse vuelta y con total seguridad me contesta que el amor es una cosa de toda la vida y de toda la muerte también. Nos quedamos en silencio un minuto y finalmente se presenta. Él dice su nombre y yo digo el mío. Nadie entra en ningún momento a la librería más bonita del mundo, en dónde el misterio del amor finalmente ha sido revelado.

Un escritorio sostiene todo lo necesario, una caja registradora, boletas, una taza de café, libros sin marcar, lápices y algunas fotos. Señala una silla y me pide por favor, si no es molestia que le lea el poema favorito de su muer. Si tengo tiempo. Yo pienso que sin vos tengo todo el tiempo del mundo así que se lo leo. Empiezo a leer y me dice no, en inglés no, en castellano. Afronto entonces la tarea de traducir en el aire, entre los ácaros y una fauna completa gestada y criada entre el polvo, entre tantos libros que fueron de alguien y ahora no son de nadie, entre tus cosas que son el escenario de todo lo que me gusta, en un montaje perfecto para que mi vida siga siendo todo el tiempo tropezar contra lo que ya no tengo.

Me gusta mi cuerpo cuando está con tu cuerpo / Es algo tan pero tan novedoso / los músculos son mejores y tengo más nervios / Me gusta tu cuerpo / me gusta lo que hace / me gustan los cómos / me gusta sentir la espina dorsal de tu cuerpo / y los huesos / y el temblor / y la firme suavidad / que yo besaré una y otra vez una y otra vez una y otra vez / me gusta besar esto y también aquello de vos / me gusta acariciarte con lentitud y sentir en tu piel la descarga eléctrica/ y lo que sea que venga con la carne abierta / y tus ojos enormes llenos de miguitas / y también me gusta la posibilidad del estremecimiento / de vos debajo mío tan nuevo.

Cierro el libro y lo acaricio, que es como acariciarte, pero ya no es. Pienso en cortarme voluntariamente los dedos contra el filo de la hoja de papel, pero no lo hago. En estos momentos, es cuando dudo acerca de lo que es la vida y de lo que vinimos a hacer con ella. No hago nada, nunca hice nada, jamás pretendí hacer algo, pero al mismo tiempo siento que cada día estoy más en contacto con todo. Lejos de la gente, mucho más cerca del cosmos.

Le digo, le pregunto con amabilidad cuánto está el libro. No responde, distraído mirando la nada. Fingiendo que acomoda en este estante o en aquel estante libros que nunca van a ser tocados por nadie. Me apenan esas cosas y vos lo sabés. Pienso que ya estoy lista para retirarme del mundo y encerrarme en un lugar así. Él me pregunta como llegué ahí y yo le dije que caminando. Los enamorados fuman y caminan, me dijo. Asentí reconociendo con vergüenza que por las noches volví a fumar. Se da vuelta y me mira y yo lo miro y nos miramos y sostenemos ese momento honrando al siglo que nos vio nacer, honrando el hecho de efectivamente poner la cara, de no dudar en perderse en el color de los ojos del otro, en no temer ser reconocido en los rasgos de otra persona como un recuerdo del pasado.

Me dijo que la mujer no usaba el vos pero que el resto de la traducción estaba dentro de todo bien. Sonreí genuinamente agradecida. Un poco moderna, agregó, como si quisiera ser más música que poema. Nos quedamos en silencio, él trabajando y yo esperando que me dijera cuánto estaba el libro. Nunca entró nadie y esos momentos son los que me hacen pensar si el mundo finalmente se detuvo, explotó y en el big bang de aciertos con errores, terminé en un lugar repleto de magia. Pero no es así, porque finalmente el libro está en venta y yo pienso en todos los regalos que voy a ir acumulando para vos, a medida que pasen los días y el mundo me siga demostrando que en una tic tac de festividades en donde en cualquier lugar encuentro algo que fue fabricado nada más que para que la felicidad finalmente lleve tu nombre.

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